lunes, 27 de febrero de 2012

Beta tester

Siempre he pensado que el trabajo de beta tester tenía que ser la leche. Me imagino que, acuciado por la falta de tiempo para pasar unas cuantas horas con algún videojuego, he fantaseado a menudo con la idea de que ese sería el trabajo ideal. Luego, pensándolo más en frío -y con el recuerdo del picorcillo de alguna buena sesión de juego en los ojos- imagino que hasta de los videojuegos puede acabar uno hasta el gorro (aunque puedo asegurar que, por el momento, no es ese el caso. Un buen amigo me regaló hace un par de días un juego, "Deus Ex: Human Revolution", y a penas he podido instalarlo..., por lo que todavía estoy más que lejos de estar cansado...).

Hay otra cosa que siempre me ha gustado bastante: comer bien. Y este fin de semana, gracias a unos amigos, he podido ser, por una tarde, un beta tester un tanto especial: probador de menús de boda. Dichos amigos han tomado la decisión de dar un paso más en su relación y han resuelto organizar un buen bodorrio. Así que me sentí muy honrado cuando el novio, a la sazón compañero de trabajo, pensó en mi como el pobre desgraciado que aceptaría venir a comer a las cuatro y media de la tarde...

Tengo que reconocer que al principio me daba un poco de vergüenza, pero finalmente mi curiosidad venció a mi timidez y acepté. Nunca había estado en una prueba de menús -la de mi propia boda se limitó a cenar con mi mujer (entonces novia) en el restaurante en el que celebramos la boda, donde nos sirvieron, sin opciones ni parafernalia, el menú que previamente habíamos elegido...-. Además, la única persona a la que no conocía era la madre del novio -que me pareció encantadora-. A la novia la conozco desde hace lo menos quince años (casi lo mismo que a sus padres), y al novio hará ya seis (empezó siendo un compañero de trabajo de opiniones y actitudes interesantes y hoy ya puedo contarle entre mis amigos). Así que me dije: que demonios, con esta crisis no está la cosa para rechazar una buena comida... ¡Y que comida oigan!

A las cinco y pico de la tarde, ya había perdido la cuenta de los entrantes que habíamos probado -no sé, debieron ser catorce o quince-. Aún así intentaba mantener el tipo, aclarándome la boca con un sorbo de agua, para poder dar una opinión algo más elaborada sobre los matices concretos de cada delicia; a fin de cuentas confiaban en mí para ofrecer un dictamen objetivo que les ayudase a tomar una decisión. Hasta aquel día la comida, para mi, estaba buena o mala, punto. Así que fue un esfuerzo sublime elegir entre quince bocados cojonudos... Luego llegaron los primeros -cuatro cremas frías o tibias-, los pescados -otros cuatro finos platos-, las cuatro carnes -para chuparse los dedos- y cinco postres hipercalóricos -con los que la novia, y yo mismo, ya perdimos la compostura-... ¡Ah!, y tres buenos tintos para regarlo todo... Al final ni matices ni leches, estaba felizmente empachado, ligeramente ebrio y con el paladar hecho un lío... Fue una experiencia gratificante, no sé si para dedicarme a ello profesionalmente, pero desde luego gratificante...

Sólo resta decir una cosa: ¡Buena suerte chicos! Gracias por acordaros de mi para este evento y nos vemos en la presentación de la versión estable.

lunes, 6 de febrero de 2012

Energía

Aquella mañana se levantó un poco antes de las primeras luces del alba. Todavía estaba oscuro en su habitación pues el sol no había empezado aún a quebrar el horizonte. Pero al menos no había sido una de las peores noches. La luna, en avanzado estado creciente, se había aliado con un cielo despejado, y un contorno de luz blanca y mortecina dibujaba todos los objetos de aquella estancia. Además, hacía un par de días había tenido la feliz idea de reunir todos aquellos CDs y DVDs y prácticamente había forrado con ellos ciertas partes estratégicas de las paredes, para captar en sus superficies brillantes y policarbonatadas cada mínimo rayo de luz -solar o lunar- que entrase por aquella ventana. No era un sistema extremadamente eficaz, pero estaba seguro de que podría irlo mejorando y además le proporcionaba iluminación suficiente durante el día (y durante las noches en que la luna era generosa). Lo que fuera por ahorrar en linterna o mechero.

Ahora miraba con melancolía aquellos soportes ópticos, donde estaba toda su vida, inaccesible en forma microscópicas erosiones hechas por un láser. Habían pasado muchas cosas en las últimas semanas, pero aquella sensación de pérdida ante la inexorable certeza de no poder acceder a aquellos datos era angustiosa. Le resultaba algo ridículo pensar en aquello cuando llevaba semanas pasando frío, casi sin lavarse y alimentándose de latas y conservas caducadas (además sus reservas menguaban preocupantemente); pero recordaba de forma reiterada una conversación con un conocido que se negaba a renunciar a los libros y documentos escritos y a los tradicionales álbumes de fotos porque afirmaba que nadie podía saber lo que iba a pasar en un futuro...

... Y el futuro había llegado más pronto de lo que cabía pensar. Un buen día empezaron las caídas de tensión. Poco después llegó el reconocimiento oficial por parte de las administraciones de que serían necesarias ciertas restricciones en el abastecimiento de energía. La potencia máxima que se podría consumir en los hogares se redujo a mínimos indispensables y las cifras escritas en la factura de la luz empezaron a mostrar cantidades descabelladas. Luego llegaron también las dificultades con el agua (en principio no por escasez, sino por la dificultad en hacerla llegar a cada casa)... Todos pensaron que esta sería una situación temporal, que pronto llegarían los gurús de las renovables, pero esos gurús no llegaron porque, entre otras cosas, nunca tuvieron el apoyo y la confianza total de gobiernos y energéticas. La mayoría (entre ellos los más grandes) desaparecieron de la escena de las energías alternativas cuando dejaron de llegar las ayudas estatales y el beneficio ya no era suficiente; otros aguantaron algo más con exiguos márgenes; y sólo unos pocos continuaron investigando y desarrollando hasta que ya no pudieron más.

Algunos de sus vecinos soportaron mejor la tormenta durante un tiempo, gracias a sus generadores eléctricos, pero aquello duró hasta que comenzaron los recortes en el suministro de combustibles. Primero les sugirieron usar el transporte público, más tarde sólo se proporcionó carburante para aviones, trenes y un restringido grupo de servicios de transportes urbanos e interurbanos (por supuesto nunca dejaron de verse enormes coches negros con matrículas oficiales, aunque a estas alturas eso era meramente anecdótico). Finalmente sólo quedaron pueblos y ciudades aisladas, calles oscuras y silenciosas, adornadas por pequeños y distantes puntos de luz de fuegos y linternas.

Tal vez no debieron tomar tan a la ligera el hecho de que con cada depósito se quemaban miles de años de historia geológica...

jueves, 19 de enero de 2012

La gran excusa

Uno de los mejores inventos de la humanidad es la excusa. Quién no ha escuchado alguna vez eso de "Llego tarde porque había un atasco de mil demonios", "No he traído los deberes, porque se los ha comido mi perro", "iba muy borracho y no me di cuenta de que era tu novia" o aquella en una convención política: "No estaba dormido, estaba reflexionado gravemente sobre los problemas actuales del partido"...

Hoy un nuevo genio nos trae otra excusa para la historia:
Capitan Francesco Schettino, Crucero Costa Concordia

lunes, 16 de enero de 2012

Pinceladas Autobiográficas: SUP3IA por el mundo

Tengo un compañero de trabajo que es muy buena gente, pero al que envidio de una forma visceral y malsana. Se ha pegado unos viajes que ya los quisiera Willy Fog. Después de cada gran aventura me muestra con regocijo sus libros de fotos, los cuales yo miro ojiplático y envidioso, deseando, inexplicablemente, haber sido yo el que degustase esos gusanos, jugosos y gordos como el dedo pulgar de Bud Spencer, que algunos seres humanos consideran delicatessen... Pero en fin. Pienso que viajar es, probablemente, una de las experiencias que más enriquece al ser humano, y creo que si pudiera, pasaría gran parte de mi tiempo viajando y conociendo mundo y gente. Además, de ser posible, saldría de España frecuentemente. No es que rechace las bondades que ofrece nuestra patria, que son muchas y hermosas -y de las que desconozco la mayoría-. Pero desde que me bajé por primera vez de un avión en otro país, he sabido que la sensación -casi adictiva- de estar viendo mundo es completamente diferente cuando estás fuera.

Supongo que la cosa viene de lejos. Mis padres siempre han sido bastante viajeros -aunque principalmente de turismo nacional-. Hemos recorrido la península (por obligación y devoción) de este a oeste y de norte a sur, cuando la nota predominante eran carreteras nacionales y comarcales: modestamente buenas en el mejor de los casos, infernales en el peor. Viajábamos poniendo en riesgo nuestra vida, sin cinturones de seguridad, sin airbag, y con música cassettera de los 60 y los 70 (¡¡¡OH DIOS MÍO!!!). Mi hermano y yo, dormíamos tumbados en el asiento trasero, todo lo largos que éramos -que no era mucho-, de tal modo que cuando mi padre frenaba más de la cuenta, acabábamos encajados en el hueco entre los asientos delanteros y traseros, o sobre los bolsos y maletas que ocasionalmente ocupaban ese hueco. El primer coche que recuerdo (y quizás sea por la fotos) era un Seat 127. Luego vinieron un Renault 18 y un Renault 21, a los que, en un alarde de originalidad, llamábamos "León 1" y "León 2"..., no se muy bien por qué, ya que el león es más de Peugeot...

También viajamos en muchas ocasiones allende los mares, concretamente hasta Melilla -Sol de España en África-, en unos barcos a los que llamaban "canguros" porque solían ir con la panza llena de coches. Y mejor que fueran bien cargados, porque como la bodega fuera medio vacía aquellos cascarones cimbreaban hasta dar con tus hígados en la boca. Los meneos por las corrientes del estrecho eran legendarios y alguno de nosotros llegó a dar con sus huesos en el suelo al caer rodando de las literas en uno de esos zarandeos...

En cualquier caso, lo más extranjero que habíamos pisado era Elvas en Portugal (donde en otros tiempos íbamos a por toallas y sábanas) y el barrio chino en Melilla, que no era más que un suburbio sucio y lleno de tenduchas, donde comprar especias y té moruno a buen precio. Su mayor peculiaridad era que estaba justo al lado de la frontera con Marruecos, por lo que técnicamente no era otro país, aunque a los efectos prácticamente lo era (de hecho casi toda Melilla lo parece hoy día). Lo que todavía nadie me ha explicado es por que lo llamaban "barrio chino", cuando el chino más cercano debía estar en algún Todo a 100 de Málaga...

Los viajes de verdad para mí empezaron el año que Cris y yo nos casamos. Antes de aquello, los estudios y las apreturas económicas (y que éramos bastante pardillos) nos confinaros en esta santa tierra. Y no es que desde entonces hayamos viajado una barbaridad, pero sí lo suficiente como para querer un poco más.

El caso es que aquel año (2004) se abrió la veda. Primero -unos meses antes de la boda- estuvimos por Mallorca y Cataluña (casi el extranjero), y luego, ya casados, aterrizamos en Egipto... Aquella semana fue impresionante, pero como no podía ser de otro modo, estuvo salpicada de anécdotas. La más destacada fue, probablemente, el día que pensamos que un taxista salafista nos había secuestrado. No hablaba nada de español, inglés o francés y nos tuvo tres horas dando vueltas por El Cairo, más perdido que Tarzán en una boutique de Ágata Ruiz de la Prada. Además de no tener ni puñetera idea de cómo llegar al hotel, era miope como un topo, y aun así nos estuvo paseando, por el caótico centro de la capital cairota, sin gafas, de noche y sin luces ¡Con dos cojones!

Nuestro segundo gran viaje fue poco más de un año después. En enero de 2006 nos dio un pronto y nos fuimos unos días a Londres. Este viaje nos aportó nuevas experiencias -casi todas buenas-, ya que lo organizamos por nuestra cuenta (A Egipto fuimos con todo bien mascadito por la agencia de viajes). Además, nos fuimos con mis padres -su primer viaje al extranjero de verdad- lo que le añadió cierto interés morboso por ver que tal se valía mi padre con su inglés de Escuela Oficial de Idiomas. Las primeras horas en Londres, sin embargo, fueron bastante ingratas. Llegamos allí ya anochecido (¡a las cinco de la tarde!). Caía una fina y molesta llovizna y nos encontramos en una parada de bus, frente a la estación Victoria, mirando con cara de panolis los horarios, líneas y trayectos, sin saber muy bien qué demonios estábamos buscando, pues la calle del hotel no aparecía por ninguna parte. Mirábamos nuestro mapa, luego el croquis de los autobuses, luego el mapa otra vez... Y nada. Todavía sin los redaños suficientes para intentar comunicarnos con los lugareños, nos limitamos a dar vueltas erráticas por las que parecían calles aledañas al hotel, esperando encontrarlo, hasta que un buen rato después se obró el milagro. A partir de ahí las cosas mejoraron sustancialmente.

En octubre de 2007 estuvimos en Roma. Otro gran viaje que grabó imborrables imágenes en nuestra retina y alguna que otra batallita. Estábamos en un hotel a un pequeño paseo de la estación de Termini, donde convergen metros, trenes y todas las líneas de autobús. Movernos en bus se nos antojó tremendamente fácil, así que hicimos buen uso del transporte público. Pero el exceso de confianza a veces te juega malas pasadas, así que un día acabamos sentados en un autobús, los dos solos, de noche y a tomar por culo de todas partes, en una parada del extrarradio de la ciudad, esperando durante casi una hora el cambio de turno de los conductores...

El 2008 fue un buen año. En junio estuvimos en Dublín. Por desgracia a nivel de anécdotas fueron dos semanas bastante decepcionantes. Simplemente todo fue perfecto. Fuimos a hacer un curso de inglés y un poco de turismo y volvimos enamorados de la ciudad, de los paisajes y de la gente (estuvimos planteándonos bastante en serio irnos a vivir allí una temporada, pero luego llegó el rescate de la UE y las perspectivas ya no eran tan buenas...). Quizás, por mencionar algo, destacaría el desmedido apego que tenía nuestro anfitrión por el curry picante. Un par de semanas más y la úlcera gástrica habría sido un hecho.

Más tarde, en agosto, fuimos con unos amigos a Lisboa. Cris estaba ya embarazada, así que algunos se las prometieron muy felices pensando que sería un viaje tranquilo y relajado, porque ella no debía hacer sobreesfuerzos. Luego resultó que fue la premamá la que marcó un ritmo un poquito más frenético, acuciada por esa ansia de ver cosas que nos invade cuando viajamos...

Y así hemos llegado hasta nuestros días, días en los que, después de nacer Olga, hemos perdido un poco el compás (cuando empezábamos a coger carrerilla). Hemos viajado bastante por España, sí, pero un hotel familiar en Torremolinos no es la idea que yo tengo de ver mundo. Sin embargo, ya este año hemos hecho un primer ensayo exitoso con nuestro viaje a Aveiro y Oporto, así que la cosa mejorará a buen seguro (siempre y cuando políticos, sistemas financieros y sus santísimas madres nos lo permitan...). Si es que ya lo decían los entrañables payasos, Gaby, Fofo y Miliki: "El viajar es un placer, que nos suele suceder. En el auto de papá, nos iremos a pasear..." (y no sigo que me animo...)

jueves, 5 de enero de 2012

Carta a los Reyes Magos

Estimadas Majestades Orientales:

Hipotéticamente, esta noche vuecencias deben pasar por mi humilde morada. Se que es un poco tarde para mandarles la carta puesto que deben estar ya de camino; pero confío en que, con esto de la Internet y las nuevas tecnologías, tengan alguna APP en sus iphones, que les actualice los pedidos en tiempo real.

No he sido un mal tipo este año. Un poco cabroncete y cínico por momentos, pero creo que nada grave. Comprenderán sus ilustrísimas que, tal y como está el percal, sea normal que de vez en cuando se le vaya a uno la pinza. Pero en general, he hecho mis deberes, he respetado y cuidado a los míos y a los ajenos y sigo preocupado (por infructuoso que resulte) por el medio ambiente. Y desde luego no he robado, ni matado, ni mutilado (aunque a veces oscuros deseos hayan nublado mi juicio). De hecho, este año que acabó, ni siquiera he descargado un solo contenido con derechos de autor de la red (qué sí, que es verdad...).

Es por eso que creo que deberían atender mi carta. Y no se preocupen sus dignísimas majestades, no tendrán que hacer paradas de emergencia en Toys'R'Us o en Media Markt, porque no quiero cosas materiales. A continuación les detallo mis modestas pretensiones:

1) Lo primero y más importante: quiero un kit upgrade para parchear los bugs del sistema inmune de mi hija. Saben -porque sus reverendísimas lo saben todo- que los últimos tres años han sido muy duros en este sentido. No digo yo que su único punto débil vaya a ser la Kriptonita, pero una pequeña ayuda estaría de lujo, a fin de que su madre y yo no envejeciéramos cinco años con cada faringitis de la niña.

2) Si es posible, y les quedan existencias, me gustaría recibir una caja de "Virgencita que me quede como estoy". La situación actual está muy lejos de ser la mejor posible, pero entiendo que actualmente mis condiciones laborales son envidiables para cinco millones de españoles parados -y para otros tantos que, si bien trabajan, están bastante más jodidos (uy, perdón por el taco...).

3) Como lo que menos quisiera ahora es quedarme sin trabajo (a menos que decidieran sus preciosísimas magnificencias obsequiarme con un boleto ganador de los Euromillones, en cuyo caso cedería mi puesto gustoso), sí quisiera pedirles que traigan un par de bolsas de "cordura y buenas prácticas" al lugar donde trabajo. Llevo un año (más) haciendo minería de datos, ingeniería inversa, innecesarias e infernales tareas de explotación y chapuzas varias, en una base de datos desproporcionada, redundante y descontrolada. Si las cosas se hubieran hecho de otro modo, este proyecto podría haber sido un lugar agradable donde trabajar. Tampoco estaría de más el afamado curso a nivel mundial: "Cómo decir NO SE PUEDE HACER, en diez cómodas lecciones". Nos habríamos ahorrado mogollón de problemas si se lo hubieran traído a algunas personas hace unos pocos años.

4) Y ya para terminar -pues no me gustaría abusar de vuestra magnánima magnanimidad- quisiera pedir para mis amigos políticos, empresarios, banqueros, sindicalistas y demás colegas de cierta influencia económica, política y social, unos cuantos botes de "juicio y sentido común". Y si por vuestra magnífica providencia vierais que no les ilusiona tal presente, me conformo con que le dejéis caer a cada uno un buen pedazo de carbón en la puta cabeza (uy, perdón otra vez).

No son demasiadas cosas -aunque sí algo complicadas, sobre todo la última-. Pero sigo confiando ampliamente en el ilimitado poder de sus tres regias majestades... Aunque francamente espero que se les den mejor los regalos etéreos que los materiales, porque todavía estoy esperando el Fort Randall de los Playmobil...

Afectuosamente
SUP3IA

martes, 3 de enero de 2012

El año termina y comienza de cojones...

La verdad es que en casa ya deberíamos estar acostumbrados. Desde hace ya unos cuantos años, aguardamos las fechas navideñas con cierta desazón. Haciendo un rápido repaso puedo recordar que perdíamos a mi abuela Visi el día 31 de diciembre de 2007. El día 25 de diciembre de 2008 mi madre ingresaba de urgencias con una apendicitis y pasaba por quirófano por enésima vez en su vida. En diciembre de 2009, el día 22, no nos tocaba en la lotería ni un puñetero céntimo, eso sí, se iba mi otra abuela, Vicenta. En Nochevieja de 2010, justo después de las uvas, mi padre, que estaba bastante fastidiado con una bronquitis, se fisura una costilla con un brutal ataque de tos, y acabamos la noche en urgencias. Y finalmente, el 2011 lo hemos despedido llamando al 112 por un nuevo episodio de convulsiones febriles de la niña, el día 31 por la mañana. Así que hoy estoy de un humor de la leche. Casi mejor que ya haya pasado diciembre. En casa estamos pensando en borrarlo del calendario para ver si así nos escapamos. Y encima, por si fuera poco, los cabrones de los Mayas van y dicen que se nos acaba el tinglado el próximo día 21 de diciembre. Así que parece que este año tampoco acabará mucho mejor.

Por razones un poco menos dramáticas (al menos para mí), tampoco es que este bisiesto haya empezado de lujo. De momento, comienzo el año con mi sueldo congelado -y previamente reducido-. Además, el aumento de la jornada laboral está al caer; y las perspectivas de carga de trabajo no son nada alentadoras a tenor de la ausencia de, aproximadamente, un 40% de compañeros que han sido despedidos o reubicados. Por si fuera poco, pagaremos uno poquito más en impuestos, de momento IRPF e IBI, de momento... Pero es que tenemos que ser jodidamente solidarios porque nos hemos creído muy ricos y eso no puede ser...

Así que me perdonaréis que este años no os haya mandado mensajitos por móvil, correo electrónico o Facebook. Yo os quiero igual que siempre, pero es que no me sale. Estoy deseando que pasen estas fechas para quitar de en medio el Belén y el puto arbolito, y poder seguir con mi vida normal, con sus días buenos y sus días malos, pero sin la hipocresía y los buenos sentimientos enlatados de todo el mundo en general y de la mierda de la tele en particular.

miércoles, 21 de diciembre de 2011

Pinceladas Autobiográficas: El SUP3IA, un Don Juan nefasto

Vengo observando desde que escribo este blog, que contar los aspectos más ridículos y vergonzosos de mi vida, conlleva un curioso efecto liberador. Es como cuando le confiesas a un cura que has visto una revista guarrilla (sí, lo he hecho, las dos cosas, ver revistas guarrillas y confesárselo a un cura..., y creo que lo segundo es lo que me resulta más bochornoso). No se por qué, pero recordarme a mi mismo en situaciones absurdas y grotescas, me pone de buen humor y me ayuda a quitarle hierro a cualquier asunto (lo que dado mi estado anímico -léase el post anterior- viene francamente bien). Así que allá vamos de nuevo.

No se si los problemas para ligar son característica general de todos los SUP3IA, hasta ahora soy el único de mi especie que conozco en profundidad, por lo que se podría decir que el estudio no es concluyente. No soy quien para juzgarme a mi mismo en cuestiones físicas (a mi personalmente, el tío del espejo me parece un tipo bastante normal tirando a feillo, por más que mi mujer y mi hija digan que soy muy guapo). Por lo demás y siendo tan objetivo como es posible serlo al hablar de uno mismo, creo que, en general, siempre he estado en buena forma y he sido obsequiado con un razonable don de la palabra (bien es cierto que más escrito que hablado, pero bueno...)

Claro que también es un hecho, empíricamente demostrado, que un considerable número de tíos (y tías) objetivamente feos no han tenido problemas para comerse tantas roscas como se les han presentado por delante, y que en este hecho no tiene relevancia ni el dinero, ni la posición social, ni ningún otro aspecto mesurable del feo en cuestión, que pudiera decantar de su lado una posible conquista.

Por fortuna para mí, encontré la estabilidad emocional hace ya un buen puñado de años. Pero no siempre fue así. Mis conquistas exitosas se pueden contar con los dedos de una mano..., y sobran dedos. Y por si fuera poco dejé escapar algunas buenas oportunidades. Varios de mis intentos fueron estrepitosos fracasos y en unos pocos casos me quedé a las puertas del éxito.

Yo creo que mi principal problema es que soy un enamoradizo y un romántico. Ya hablé con anterioridad de ciertas moñerías que protagonizaba cuando caía "locamente enamorado" (hoy diría "locamente hormonado"). Concebía la conquista como un proceso lento y romántico, lo de los rollos rápidos no iba conmigo y por eso me estrellé unas pocas veces.

Al margen del instituto, donde tuve mi primer ligue y demasiados fracasos, el primer año de Universidad fue el que me ofreció las mejores oportunidades. Fue el único curso que salí, con cierta frecuencia, los fines de semana, y aunque heredé cierta responsabilidad de la época del instituto -cuando tenía hora de llegada a casa-, es cierto que podía recogerme un poco más tarde, y alcanzar así las horas de la madrugada donde las oportunidades parecen aumentar exponencialmente.

Una noche, ya bastante tarde, quedábamos un pequeño grupo en un bar rockero, de los pocos que, a mi juicio, ponían música decente. Una buena amiga me había presentado a una de las chicas un par de día antes y habíamos hecho buenas migas. Yo iba por mi segunda Coca-Cola, ella irían por su segundo cubata. A esas alturas se estaba acercando mucho, me hablaba más cerca de la boca que del oído y había rebasado, de forma muy evidente, el umbral de la insinuación sutil. Noté cierto olor etílico en su aliento y me pudieron mis principios caballerescos: No debía aprovecharme de la situación. Haciendo acopio de todas las fuerzas que da la sobriedad de la cafeína, recuperé cierta distancia. Fue muy duro, la chica estaba francamente bien. Tras perderla de vista un buen rato, la vi liada con un maromo cerca de la barra. La chica sólo quería pasar un buen rato y necesitaba un par de copas para lanzarse. Y yo estuve una semana repitiéndome mañana, tarde y noche: "Chaval, tú lo que eres es tooooonto...".

En otra ocasión la situación fue todavía más obvia. Me presentaron una muchacha estupenda (en todos los sentidos): simpática, alta, buen tipo y larga melena morena. Quedé con ella y otro par de amigos para toma un café una tarde. Saltándose todas las convenciones, pasó a buscarme por la pensión de estudiantes dónde yo vivía entonces. Mis compañeros incluso se asomaron al balcón para lanzarme vítores mientras la chica sonreía de forma maliciosa. Pasamos una tarde agradable de risas, tonteos y manitas. En algún momento la chica hizo alusión, muy de pasada, a un novio (algo del pasado o poco serio), pero durante un segundo me desconcertó e hizo saltar un chispazo en mi cabeza -Esto fue determinante en lo que pasaría un par de horas después-. El resto de la tarde siguió en la misma línea, y cuando ya había anochecido, tiré otra vez de mis principios caballerescos y la acompañé a casa. En la calle, al pie de su edificio, cruzamos unas últimas palabras y bromas, y cuando menos lo esperaba me plantó un largo beso que me nubló la vista. Entonces me miró unos segundos y fue y me preguntó: "¿Quieres subir?"...

Hagamos aquí una pausa dramática. ¿Qué habríais contestado? "Sí" ¿Verdad? PUES NO. Estaba dispuesto a olvidarme de todo ese rollo de la conquista y el proceso lento y romántico. Me hubiera encantado subir, pero durante un segundo se me vino a la cabeza la imagen de un novio cachas de 1’90, cornudo y cabreado (¿Por qué cachas y 1’90? ¿Por qué no 1’70 y tirando a canijillo? Pues yo que se, a aquella chica parecía pegarle más un novio de 1’90 y ya está…). Así que mi sentido común pudo más que las ganas -vamos que me acojoné-, rehusé con toda la entereza y cortesía que pude, y ahí se acabó todo. Me pegué noches sin dormir, con mi alter ego machacándome sin descanso: "De verdad que tú eres tonto, lo tuyo no tiene remedio, no te vas a comer ni un puñetero colín…".

Unas semanas más tarde, un día en el que ni siquiera tenía pensado salir (y eso que la ciudad estaba de fiesta con un festival de música), un compañero me convenció para ir a tomar algo. En un botellón conocí a una chica guapa y tímida, que no sabía como quitarse de encima a un moscón borracho que, precisamente, también era compañero mío. Intervine y de buena manera conseguí que el tipo la dejase tranquila. Charlamos y bebimos durante un buen rato, y al final, cuando dijo que se iba a casa, otra vez mis principios caballerescos hablaron por mí. Me ofrecí a acompañarla, pues sus amigas todavía se quedarían un rato. Aceptó con ciertas reticencias -no se si por timidez o desgana- y nos despedimos en el portal de su bloque con un casto beso en la mejilla. Yo pensaba que allí se había terminado todo, pero uno o dos días después coincidimos en el autobús yendo a clase. Le propuse acercarme a buscarla a su facultad para tomar un café y aceptó. Me dio su número de aula (a falta de teléfono móvil) y unas horas más tarde me planté allí. Cuando vi que todo el mundo salía de la clase y ella no estaba, se me cayó el alma al suelo y me morí de vergüenza -"Me ha dado un aula equivocada, que diablos, seguro que ni estudia aquí. Qué forma más cruel de dar calabazas..."- pensé. Por suerte, cuando ya me iba, apareció corriendo disculpándose por el despiste y nos tomamos ese café. Diez años después esa chica se convirtió en mi mujer. De modo que, al final, tengo que dar gracias por todos los fracasos que, de una forma u otra, me llevaron hasta ella.

Así que de ligar, lo que se dice ligar, ni puñetera idea oiga...

lunes, 19 de diciembre de 2011

Esta pieza no es de este puzzle

Un día un niño, rebuscando en un baúl lleno de juguetes y juegos olvidados (ya sabéis cómo son los chiquillos hoy día, tienen de todo y de todo se cansan rápido), redescubrió un viejo puzzle. La imagen de la caja mostraba una bonita e intrincada ilustración de un cuento infantil. Junto a la imagen ponía "puzzle 100, 26x39 cms". Debió recibir aquel regalo en alguno de sus primeros cumpleaños, o quizás era cosa de los Reyes Magos (había que reconocer que en ciertas ocasiones se complicaban poco la vida). El chico, con renovado interés, desperdigó las piezas en la moqueta de su habitación y comenzó la tarea. No llegó a resolver aquel enigma de fragmentos sinuosos, pero mantuvo un inusitado interés durante casi una semana. Poco antes de aburrirse, el niño encontró una pieza entre las demás, más pequeña y de unos colores que no cuadraban con el conjunto. -¿Qué hace esto aquí? Esta pieza no es de este puzzle...- Apartó el fragmento con desinterés y se olvidó de él. Unos días después, la madre del chico limpiaba la habitación y bajo la cama encontró la pieza. La introdujo indolentemente en una caja cualquiera, de las muchas que había en aquel baúl, y siguió con su labor.

Pasaron unos años y el niño ya era más bien un muchacho. Un día, después de hacer los deberes iba a sentarse frente al ordenador, pero entonces se sintió un poco hastiado de videojuegos y, por casualidad, sus ojos se fueron a posar sobre el viejo baúl, el cual no debía abrir desde hacía, por lo menos, tres años. Escudriñó entre la amalgama de una década de ocio olvidado y encontró una caja. La ilustración mostraba una épica escena de lucha entre dos criaturas sobrenaturales de algún cómic o película. Le llamaron poderosamente la atención sus colores oscuros y siniestros, y la maestría del dibujo. Una literatura acompañaba a la imagen: "Puzzle 500, 34x48 cms". Hacía años que no intentaba montar un puzzle, pero esparció las piezas sobre una mesa grande y comenzó a clasificarlas. Después de un rato, había montado el marco y tenía separadas las piezas por colores parecidos. Uno de los fragmentos le llamó la atención, el reverso era de un color diferente: -¿Qué hace esto aquí? Esta pieza no es de este puzzle...-. Abrió otra caja del baúl al azar y dejó la díscola pieza. Tras un par de horas el chico estaba nuevamente sentado frente al ordenador. El puzzle a medio hacer descansó en la mesa durante un par de días, después la madre lo recogería con resignación y lo devolvería al baúl de los juguetes.

Años más tarde, una angustiosa noche de estudio en época de exámenes, el ahora casi adulto chaval, buscaba con avidez algo en lo que distraer su atención, después de un par de horas eternas de estudio. Era tarde, ninguno de sus amigos estaba conectado y necesitaba urgentemente distanciarse un rato de los libros. Entreabrió la ventana de la habitación y se encendió un cigarrillo (Hacía como un año que su madre sabía que fumaba y era permisiva al respecto, pero odiaba que la habitación apestase a humo...). Después de un siglo, el viejo baúl de juguetes le llamó de nuevo la atención. Lo abrió e investigó en el interior. Sacó la caja de un puzzle: 1000 piezas, 48x68 cms. Un plácido paisaje era el protagonista de la escena. ¿Qué mejor forma de relajarse un rato que buscar una idílica campiña entre los fragmentos de aquella ilustración? Salió de la habitación y recorrió la casa silenciosa en dirección a la cocina. Se llenó de nuevo la taza de café y volvió a su cuarto para empezar su relajante cometido. Cuando los primeros rayos de sol entraron en la habitación, dos o tres cafés más tarde, una pieza apareció entre las demás y las palabras fueron nuevamente pronunciadas: -¿Qué hace esto aquí? Esta pieza no es de este puzzle...-. El muchacho suspendió su examen del día siguiente (y algunos más). El puzzle del paisaje lucía un marco y colgaba de una pared por obra y gracia de una madre orgullosa de la perseverancia de un hijo. Y una pieza reposaba, olvidada, maltrecha y ya sin caja, en el fondo de un viejo baúl de juguetes.
...


Hay que ver cuanta tontería puede llegar a escribir uno para expresar un estado de ánimo. Lo peor es que, aunque a veces me haya podido sentir como ellos, hoy no soy ni el chaval ni su madre. Hoy soy la puta pieza de puzzle que no encaja en ningún sitio… Pero podría decirse que después de escribir este tostón me siento un poco mejor (verbi gratia).

lunes, 12 de diciembre de 2011

Puente en Madrid y otra semana cojonuda

Como vengo haciendo los últimos cinco o seis años, hace unos días he acudido al curso nacional de aikido que el maestro Kitaura imparte en Madrid por estas fechas –habitualmente el primer fin de semana de diciembre-. Este año habíamos planeado irnos todos (Cris, la niña y yo) y prolongar un poco más nuestra estancia en la capital, de modo que Cris y yo pudiéramos hacer algo especial el día de nuestro aniversario, y al mismo tiempo, hacer las presentaciones oficiales entre Olga y Madrid; con luces navideñas, zoológico y toda la parafernalia de unos idílicos días en familia. Nos tomamos un par de días de vacaciones para hacer puente con la Constitución y la Inmaculada y cogimos un hotelito por el barrio de Salamanca, céntrico y a diez minutos del polideportivo donde tendría lugar el curso, de modo que durante las sesiones del mismo -sábado y domingo-, Cris y la niña pudieran moverse con comodidad. Luego, desde el domingo por la tarde hasta el martes, disfrutaríamos de un merecido descanso familiar.

Pero como viene siendo habitual se nos jorobó el plan. Con toda sinceridad, intento denodadamente apearme de mi pesimismo, pero hay ocasiones en que la única forma que tengo de conseguirlo es comparar mi sino con el de un pobre niño congoleño (mis disculpas por la insensibilidad, sólo es una forma de hablar). Desde el segundo día de estancia en Madrid -y hasta hoy mismo- tenemos a la niña enferma, sin que nadie tenga muy claro que le pasa más allá del socorrido "es un virus". Llevamos más de una semana desesperados, luchando contra la fiebre a golpe de Dalsy y Apiretal y baños tibios a las cuatro de la mañana.

El planazo del domingo 4, día de nuestro aniversario, fue intentar mantener baja la fiebre de la niña. El plan lo completamos por la tarde-noche yendo de urgencias al hospital Niño Jesús, donde tras una evaluación previa (en la que obtuvimos una baja prioridad) nos vaticinaron cinco horas de espera. Como en ese momento la niña estaba bien -Dalsy gratia-, y allí había docenas de niños enfermos, decidimos salir escopetados, no fuera que al final nos llevásemos más de lo que traíamos...

Esa noche fue bastante toledana, pero como quiera que la niña amaneciera bastante bien, y dado que llevaba un mes hablando de los animales de zoo, decidimos arriesgarnos y darle en el gusto.

La mañana y parte de la tarde transcurrieron con cierta normalidad. La niña bastante cansada y mimosa, y algún amago de febrícula, pero bastante bien. Disfrutamos lo que pudimos del zoo y a última hora de la tarde, ya oscurecido, dimos una vuelta por la Plaza Mayor, Sol y Preciados, para que la enana alucinase un rato con la iluminación navideña. Pero cuando llegamos al hotel Olga estaba con 39,8º. Antitérmicos, baños de agua tibia y agobios. La noche tampoco fue buena y por la mañana empacamos nuestras cosas y salimos disparados para casa.

Parecía que la niña estaba bastante entonada por la mañana, e hizo bastante bien la primera parte del viaje; pero cuando paramos a comer en un hostal, la fiebre empezó a subir de nuevo, se le cambio la cara y parecía que iba a perder el conocimiento, así que pedimos una habitación, dejamos la comida en la mesa y subimos a bañar a la pequeña.

Cuando pareció que se recuperaba, comimos rápidamente, montamos en el coche, lo puse a 140 y no paré hasta llegar al servicio de urgencias del hospital, en Cáceres. Me río yo de la Odisea de Ulises.

Hoy lunes, ya han pasado ocho días desde que la niña empezó con esta batalla. Esta noche ha vuelto a los 39,5º. Su madre y yo a penas hemos dormido. Yo he tenido que desplazarme para trabajar y Cris la llevará esta mañana al pediatra por enésima vez. Y ya que estamos, después de que la hayan visto media docena de doctores (entre pediatras y médicos de urgencias) a ver si alguno considera mandarle, por lo menos, una analítica de una puta vez. Es un virus dicen..., sí, el catarro común, la gripe A y el jodido Ébola lo son, para saber eso no hay que estudiar medicina...

P.D.: Me disculparéis que hoy no tenga ganas de "vídeo del lunes".

lunes, 21 de noviembre de 2011

El vídeo del lunes

Hoy es uno de esos días en los que, lo que toca, es hablar de política. Ayer domingo tuvieron lugar las elecciones de las que depende (o debería depender en gran medida) el futuro de nuestro país. Aunque tal y como están las cosas, y vistos los resultados, pocas cosas tengo claras. Así que de momento aquí pongo un vídeo de Pixar -que suele ser garantía de éxito-. Me mandaron el enlace la semana pasada y me regaló unos minutos divertidos... Luego, si eso, ya hablamos de política...