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miércoles, 30 de enero de 2019

Teletrabajador

En abril de 2018 se publicó en el DOE una resolución mediante la cual se reactivaba la posibilidad de que algunos trabajadores de la Administración pudieran realizar teletrabajo unos cuantos días de la semana. Digo "se reactivaba" porque ya se realizó una experiencia piloto de teletrabajo con algunos empleados hace varios años y que, según parece, resultó exitosa. Sin embago, por razones que desconozco (aunque supongo que fueron razones políticas), el tema quedó aparcado durante un lustro. El caso es que ahora, unos cuantos años después, el asunto se ha puesto otra vez en marcha (supongo nuevamente que por razones políticas..., y en este caso sí que me permito especular: tenemos elecciones en la primavera de 2019...).

Total que después de leerme y releerme el Decreto y cerciorarme de que mi trabajo y mi situación personal me habilitaban como candidato, entregué papeles, recibí infomes favorables y desde el 1 de octubre me convertí en teletrabajador a tiempo parcial. Ahora trabajo desde casa tres días por semana, y los otros dos días me desplazo a Mordor para honrar a todos con mi presencia y que no se les olvide mi jeta.

El teletrabajo lleva un montón de años funcionando en muchas empresas y en varias administraciones, y por fin ha llegado a nuestro recóndito ente público. Yo desde luego siempre lo he visto claro, al menos para mi tipo de trabajo, donde la mayoría del tiempo estoy programando, haciendo explotación de bases de datos o escribiendo documentación. A penas necesito reunirme con jefes, compañeros o gestores un par de veces al mes; es más, al final casi todo lo que se hace en las reuniones puede solucionarse por email o por teléfono. Así que por ahora, en lo que a mí respecta, sólo encuentro ventajas.

En algún sitio leí hace tiempo que teletrabajar requiere disciplina. Es totalmente cierto. Sobre todo cuando los días que trabajas desde casa te dan flexibilidad y libertad de horarios. Como los días que hacemos teletrabajo no tenemos horarios y trabajamos por objetivos puede pasar, dependiendo de si la carga de trabajo es mucha o poca, que echemos más horas de la cuenta o que estemos "demasiado" relajados... Para evitar esto, yo me he propuesto trabajar las mismas horas que cuando estoy en presencial. Independientemente de la carga de trabajo, procuro estar conectado y disponible a partir de las 7:30, y si algún día no puedo garantizar esa disponibilidad recupero el tiempo a primera hora de la tarde... Lo cierto es que la mayoría de los días prolongo mi jornada un poco más allá de la hora habitual de salida cuando estoy en presencial. Al estar en casa no me da pereza acabar y probar un script, o contestar un correo de última hora (no tengo a los compañeros de coche esperando, ni una hora de viaje por delante antes de dar por terminada la jornada...).

Los días que estoy en casa, levantarme un poco más tarde y quitarme horas de carretera desde luego ha sido un revulsivo (estoy más descansado y motivado), pero lo que de verdad he notado es la tranquilidad, el silencio y la ausencia de interrupciones. El servicio de Informática, en el lugar donde trabajo, es una sala grande con un montón de gente, donde las únicas barreras físicas (que dado el caso podrían proporcionar un poco de necesario aislamiento) son las de los despachos de los jefes. Muchos estimados compañeros tiene la mala costumbre de hablar a voces, entiendo que a veces es necesario hablar de trabajo (aunque muchas veces el trabajo no es el tema de la conversación...), pero ocasionalmente la mesura o el respeto brillan por su ausencia y el servicio parece más un bareto que un lugar de trabajo.

Otro problema es que la gente ajena al servicio se pasea por allí como Pedro por su casa: llegan (a veces también pegando voces) te plantan los papelotes encima del teclado y demandan atención inmediata sin importar lo que uno pueda estar haciendo...Y todavía se me ocurre algún otro hándicap, por ejemplo, habitualmente el factor ambiental por allí suele ponerse bastante hostil a medida que avanza la jornada (la ventilación y la climatización son terribles), En el mejor de los casos, se percibe ese aire enrarecido y cargado que abotarga los sentidos; en el peor, llega a oler a cloaca inmunda y se hace necesario salir de allí para no echar el desayuno... Todo esto no lo sufro en casa, lo que redunda no sólo en mi concentración y mi rendimiento, sino también en mi humor y mi salud.

A ver, trabajar en casa también tiene sus pequeños inconvenientes; y no hablo de la soledad, el aislamiento social, el factor humano del lugar de trabajo... bla, bla, bla... y todas esas tontadas que a mí, como ser ligeramente asocial, me traen bastante sin cuidado... Hablo, por ejemplo, de cierta falta de cultura en esta forma de trabajar. Algunas de las personas para las que trabajo tienen todavía mucho que aprender sobre cómo funciona esto. Tienen problemas para aceptar/entender, por ejemplo, que la forma que tienen mis jefes de evaluar mi desempeño y el buen funcionamiento de esta iniciativa, es que yo tenga tareas asignadas para cada trabajo que deba hacer (por pequeño que sea). Como ya he comentado, muchos están acostumbrados a llamar por teléfono y obtener tu atención de forma inmediata, a llegar al Servicio de Informática, sentarse a tu lado y ponerte los papeles encima de la mesa o, en el mejor de los casos enviar una tarea imprecisa y mal descrita en la que con un "hacer cosas" pretenden cubrir sus necesidades de tus servicios para los siguientes seis meses... Pero bueno, supongo que eso se irá corrigiendo con un poco de labor pedagógica o simplemente por la fuerza de la necesidad.

¿Qué queréis que os diga? Para mi es una situación -por el momento- ideal: descanso, motivación, rendimiento y salubridad. Cómo ya he dicho, ni siquiera echo en falta las relaciones sociales en la oficina. Mi vida personal es suficientemente rica fuera del ámbito laboral y, por lo general, cuando voy al trabajo lo que hago es trabajar. Tengo la suerte de tener un trabajo que no requiere de demasiadas interacciones personales, y en cualquier caso hoy día se hacen unas videoconferencias y unos videochats buenos buenos, así que podría habituarme a esta situación de manera indefinida...

... Aunque espera, ahora que lo pienso sí que hay otro pequeño inconveniente de trabajar en casa: la nevera y la despensa están a unos pocos metros... Bueno, por ahora lo llevo bien, después de cuatro meses todavía me mantengo en mi peso (incluso un poquito menos). Pero he observado que hacer pequeñas incursiones en la cocina es demasiado fácil. Por ahora lo estoy llevando bien con café, té o algo de fruta, pero a veces me sorprendo con una magdalena o un par de onzas de chocolate en la mano y eso sí puede ser preocupante...

lunes, 15 de octubre de 2012

Café largo de impunidad

Como cada mañana hemos bajado a desayunar a la cafetería de la Consejería pasadas las diez y media. La verdad es que al entrar ni siquiera he reparado en el cartel -probablemente alguien sujetaba la puerta o me cedía el paso-... El caso es que hace unos días algo me salió de ojo: dos de los camareros, que habitualmente se parten el lomo currando y yendo sin parar de un lado a otro con cafés y tostadas -para que nuestra estancia en la cafetería no se prolongue más de 20 o 25 minutos- estaban sentados en una mesa. Los vi así un par de veces la semana pasada, y hoy la situación se repetía... Alguien me había comentado de pasada que estaban teniendo problemas con su empresa, pero no le di importancia.

Mientras desayunábamos he estado observando a la gente que se acercaba a hablar con ellos. Entraban en la cafetería y, después de verles y cruzar algunas palabras, se iban sin tomar nada (además las mesas estaban casi todas vacías, lo que no es habitual a esa hora). Finalmente, al terminar nos acercamos a hablar con ellos. Se me atraganta el desayuno y me dan unas ganas tremendas de irme sin pagar, no lo hago, pero mañana desayunaré en otro sitio o me llevaré un bocadillo... Un insignificante gesto de solidaridad, pero si vale de algo ahí queda...

Buscando en Google el nombre de la empresa adjudicataria -para ciscarme en sus muertos a través de este blog- encuentro más información de la que necesito para indignarme en este artículo. Conozco a los protagonistas. La empleada de origen ruso de la que habla el periódico se llama Verónica, es simpática, tiene genio y un gracioso acento, lo que combinado tiene un curioso efecto cuando mete prisa a sus compañeros porque una comanda viene mal o tarda mucho. Es como si unos sicarios de la mismísima Russkaya mafiya se fueran a asegurar de que recibes tu café caliente...

¿Hacia dónde narices vamos cuando en un edificio público se dan estas irregularidades?¿Contratos falseados?¿Explotación?¿Trabajadores ilegales?...Todo en los mismísimos morros de la Administración. Y que conste que quiero pensar que en este caso la Junta también es parte perjudicada, y perjudicada por partida doble: por los 13400 euros que le deben y por la imagen que está dando... Perjudicada pero también culpable, porque lo cierto es que este atropello ya lleva dándose un tiempo y allí siguen sirviéndose cafés..., cuando lo que tenía que pasar es que este tipo de situaciones se zanjarsen a cuchillo y sin pasar por DOE..., a ver si de una vez por todas escarmentamos escarmientan en este puto país los cuatro (o cuatro mil) sinvergüenzas que nos están hundiendo en la miseria.


miércoles, 11 de julio de 2012

Llegar el primero a la oficina y encender las luces... Logro desbloqueado

Hoy es miércoles y desde el pasado lunes se ha hecho efectiva la ampliación de mi jornada laboral a 37,5 horas semanales. Hoy he sido el primero en llegar a la sala del departamento de Informática, he puesto mi dedo en el lector biométrico de la entrada y he visto, por primera vez, la enorme estancia vacía y a oscuras... Joder, que angustia...

Desde que estoy allí -y ya son unos pocos años- siempre que he llegado al trabajo, por temprano que fuera, había alguien en esa enorme sala: uno o dos pobres que habían llegado un par de minutos antes que yo (o que estaban currando desde las 7:30, cuando yo entraba a las 8); un par de señoras de la limpieza charlando relajadas apoyadas en alguna mesa o pasando afanosamente la fregona entre las papeleras (cuando he ido alguna tarde)... en fin no se, algún ser vivo. Pero hoy ha sido como en esas películas de terror en las que el prota entra en un lugar que conoce perfectamente pero que le resulta completamente ajeno y aterrador...

Con la ampliación de mi jornada laboral -en post de la eficiencia- todavía muy frequita, tengo que decir que, a mi juicio, se ha resuelto de la forma menos eficiente posible. Nos han dado casi libertad total para cumplir con esas dos horas y media adicionales. Podemos distribuir ese tiempo como mejor nos convenga: desde las 7:30 de la mañana hasta las 20:00 de la tarde... Lo mismo da que hagamos treinta minutos más a primera hora que a última; podemos hacer quince minutos antes y quince después; podemos hacer dos horas y media una tarde, o una hora una tarde y otra hora y media la siguiente..., y podemos ajustar nuestro horario cada semana de forma diferente... Qué alguien me lo explique.

¿Qué valor tiene, en términos de eficiencia de cualquier tipo, que yo pueda hacer todo eso? En términos energéticos se amplía de forma incompresible la franja de consumo eléctrico. En términos de trabajo no sirve de nada que yo venga a trabajar a las siete y media si, por ejemplo, el administrador de sistemas que tiene que arrancar y actualizar los servidores de pruebas no viene hasta las ocho, o si mi jefe decide venir a las ocho y media o las nueve porque prefiere hacer un par de tardes... De verdad que no lo entiendo. Si de todas formas había que hacer esto ¿No habría sido mejor establecer el mismo horario para todo el mundo?

miércoles, 30 de mayo de 2012

Soy ineficiente

Ahora lo entiendo todo. La actualización del software de nuestros sistemas es una secreta conspiración de los poderes fácticos para poder acusarme de ineficiente y justificar mi despido... Hace como un par de meses, alguien decidió que ya estaba bien de trabajar con el Framework de .NET 2003 y con SQL Server 2000. Estábamos prácticamente en el neolítico en lo que a tecnología de desarrollo se refiere, y nuestro rendimiento se estaba resintiendo por unas herramientas muy precarias, que ya no podían con sus huevos para manejar una aplicación tan sólidamente diseñada (una solución con 50 subproyectos y cientos de componentes y formularios) y una base de datos que sería la envidia de Boyce y Codd (con sus 2000 tablas y sus 11000 procedimientos almacenados nada redundantes)...

Llegó así la nueva era a nuestras vidas: un flamante .NET 2008 y un reluciente SQL Server 2008. Los que decían que a nuestras máquinas -de año 2004- les iba a costar un poco tirar con estas aplicaciones no eran más que unos alarmistas...

Eso no es todo. Nuestros equipos se restauraron a partir de una imagen que alguien montó para los programadores a finales del siglo XX, con toda la mierda que pensaron que podíamos necesitar y a eso le añadieron los nuevos programas. Después, no hace mucho, nos cambiaron los protocolos de subidas a Producción, hecho que casi ha duplicado nuestros tiempos de respuesta...

Total, que ahora hay días que cuando estoy escribiendo código en mi nuevo .NET tengo delays de teclado de uno o dos segundos. El Framework se me queda colgado al menos una vez al día (dependiendo de mi brío en pulsar "guardar" la cantidad de trabajo que perderé). Cada vez que inicio una depuración -en local- de los cambios en un formulario, me toca esperar unos cinco minutos. Cuando descargo la última versión de los proyectos puedo tocarme las narices diez o quince minutos. Y esto lo estoy escribiendo mientras alguien pone en un servidor de pruebas -al que antes podíamos acceder nosotros- las últimas modificaciones de una dll (cosa que pedí hace más de dos horas), y que es paso necesario antes de poder solicitar la subida definitiva a Producción...

Efectivamente, soy ineficiente...

miércoles, 21 de marzo de 2012

Medida ¿útil?

El Gobierno extenderá la semana de 37,5 horas para todo el personal público. Esta es una cuestión que lleva sonando bastante tiempo, algunas entidades públicas autonómicas y locales ya lo empezaron a aplicar hace meses, y otras muchas administraciones tienen jornadas de 37,5 horas -o incluso 40- desde hace ya años... Así que ¿cómo es de útil que todos los empleados públicos pasen media hora más al día sentados en su silla? Para esto hay opiniones de todos los colores y sabores, como, por cierto, manifiestan los cientos de comentarios de la noticia -no todos útiles, suficientemente razonados o simplemente con un mínimo de respeto, todo hay que decirlo-...

¿Y yo que opino? ¡Buf! La cuestión es complica, porque al margen de lo mucho o poco que me motive ir a trabajar media hora más al día, lo cierto es que me parece una medida inconsistente e inútil. Mientras no se habiliten mecanismos que permitan mesurar objetivamente el rendimiento de los trabajadores públicos, esto no es más que una decisión populista que generará -según mi modesta opinión- media hora más al día de gastos e ineficiencia.

No creo que extender la jornada laboral y reducir los sueldos (de cualquiera, no sólo de los funcionarios) sea la mejor medida anticrisis. Por norma general, empeorar las condiciones laborales de un trabajador -sea el que sea- y perder derechos adquiridos, sólo genera desmotivación (profesional y consumista), lo que, hasta donde yo sé, se da de bruces con la eficiencia en el trabajo o el crecimiento económico. Ojo, que esto no quiere decir que en las Administraciones Públicas no haya ya un importante problema de ineficiencia, o el cuestionable asunto del sobredimensionamiento (aquí podríamos hablar de otras cuestiones, como por ejemplo esta comparativa entre España y otros países europeos sobre los empleados públicos). Pero creo que no es ese el tema. Aunque tengamos aproximadamente el mismo número de funcionarios por habitante que Alemania, ellos crecen y nosotros estamos en recesión, ellos tienen un paro del 6% y nosotros tenemos un paro de 23%... Mi opinión es que la administración española no está sobredimensionada, la administración española, en muchos casos, es ineficiente, y eso no lo solucionarán haciendo que hasta el último de los auxiliares administrativos esté sentado en su mesa media hora más al día.

Paradójicamente, ese "para todo el personal público" que aparece en el titular de la noticia supondría, de ser cierto, un alivio para mí. Por mi condición de interino me encuentro bastante inquieto tras haber escuchado las previsiones más agoreras sobre nuestro futuro: desde reducciones de jornada y sueldo, hasta amortización de puestos de trabajo... Así que si tengo que levantarme a las 5:30 en vez de a las 6:00 para estar allí sentado media hora más -unos días tendré cosas que hacer, otros no- pues ya estoy programando el despertador... El debate está abierto

martes, 3 de enero de 2012

El año termina y comienza de cojones...

La verdad es que en casa ya deberíamos estar acostumbrados. Desde hace ya unos cuantos años, aguardamos las fechas navideñas con cierta desazón. Haciendo un rápido repaso puedo recordar que perdíamos a mi abuela Visi el día 31 de diciembre de 2007. El día 25 de diciembre de 2008 mi madre ingresaba de urgencias con una apendicitis y pasaba por quirófano por enésima vez en su vida. En diciembre de 2009, el día 22, no nos tocaba en la lotería ni un puñetero céntimo, eso sí, se iba mi otra abuela, Vicenta. En Nochevieja de 2010, justo después de las uvas, mi padre, que estaba bastante fastidiado con una bronquitis, se fisura una costilla con un brutal ataque de tos, y acabamos la noche en urgencias. Y finalmente, el 2011 lo hemos despedido llamando al 112 por un nuevo episodio de convulsiones febriles de la niña, el día 31 por la mañana. Así que hoy estoy de un humor de la leche. Casi mejor que ya haya pasado diciembre. En casa estamos pensando en borrarlo del calendario para ver si así nos escapamos. Y encima, por si fuera poco, los cabrones de los Mayas van y dicen que se nos acaba el tinglado el próximo día 21 de diciembre. Así que parece que este año tampoco acabará mucho mejor.

Por razones un poco menos dramáticas (al menos para mí), tampoco es que este bisiesto haya empezado de lujo. De momento, comienzo el año con mi sueldo congelado -y previamente reducido-. Además, el aumento de la jornada laboral está al caer; y las perspectivas de carga de trabajo no son nada alentadoras a tenor de la ausencia de, aproximadamente, un 40% de compañeros que han sido despedidos o reubicados. Por si fuera poco, pagaremos uno poquito más en impuestos, de momento IRPF e IBI, de momento... Pero es que tenemos que ser jodidamente solidarios porque nos hemos creído muy ricos y eso no puede ser...

Así que me perdonaréis que este años no os haya mandado mensajitos por móvil, correo electrónico o Facebook. Yo os quiero igual que siempre, pero es que no me sale. Estoy deseando que pasen estas fechas para quitar de en medio el Belén y el puto arbolito, y poder seguir con mi vida normal, con sus días buenos y sus días malos, pero sin la hipocresía y los buenos sentimientos enlatados de todo el mundo en general y de la mierda de la tele en particular.

martes, 13 de septiembre de 2011

La vuelta al "cole"

Existe un dicho popular, algo políticamente incorrecto, que dice que tener un coche es como tener un hijo tonto. Como lo último que quiero es ser irrespetuoso con la enfermedad mental, quisiera que esto se leyese en tono peyorativo para referirse a la desgracia de tener en casa, por ejemplo, un vago redomado, o uno de esos ni-ni tan de moda, que de enfermedad mental no tienen un ápice, pero que es igualmente una tragedia para una familia, al menos en lo tocante a la economía doméstica, que es lo que pretendo ilustrar en estos párrafos... ¡Uf! Es agotador ser políticamente correcto, no quiero ni pensar lo que tendría que sufrir hoy Arévalo para contar uno de sus chistes de tartamudos...

En fin, gracias a Dios, mi hija de momento parece bastante lista (lo que sin embargo no es ninguna garantía para el futuro), y pese a las cuotas mensuales de la guardería y un gasto moderado a principio de curso, todavía come poquito, y la cosa no llega a ser un drama. Sin embargo hijos tontos, es decir coches, tengo, por desgracia y necesidad, dos. Y encima de ser tontos, parece que este verano les haya tenido que pagar un master en la Universidad Europea de Madrid... Desde luego el año no comenzó demasiado bien, porque además de un par de revisiones rutinarias tuvimos que cambiar varios neumáticos y un par de amortiguadores, pero fue llegar el verano y la cosa se puso realmente dura y desgarradora.

Desde hacía un tiempo veníamos observando que uno de los coches, en ocasiones muy contadas, parecía dejar una pequeña manchita bajo el motor. Lo llevamos a revisar y en principio no le dieron demasiada importancia, le cambiaron un tapón que parecía estar flojo y me dijeron que lo observara... y como lo observé, al final resultó que el radiador estaba jodido y tuvieron que cambiarlo. En aquella ocasión la fortuna estuvo de mi parte y la reparación entró en garantía. Me libré de pagar unos 400 €. Pero entonces el otro coche -el más pequeño- que ha perdido protagonismo en los últimos años, dijo muy dolido: "¿¡Qué!? ¿Le cambiáis el radiador a ese y a mi que llevo mucho más tiempo, fiel como un pastor alemán, no me echáis ni agua para el limpiaparabrisas?...". Así que, herido en su orgullo, dejó tirada a mi mujer camino de Coria. Mira por donde, el radiador también. Ése sí que tuvimos que pagarlo, y encima dando gracias de que no jorobamos la junta de la culata (me encanta este nombre, aunque no se ni que forma tiene la pieza), porque en ese caso habríamos frito el motor y ahora tendríamos un coche menos (lo que bien pensado igual no sería tan malo...).

Pasó una nefasta primera quincena de agosto, nos fuimos de vacaciones y fuimos felices durante un breve periodo de tiempo con nuestros radiadores nuevos. Y entonces llegó la vuelta al cole, mi vuelta al cole. Ayer día 12 de septiembre, me tocaba incorporarme a mi poco amado -pero enormemente valorado- puesto de trabajo en Mordor, y ayer, día 12 de septiembre, tuve una revelación: Dios existe y además tiene un sentido del humor irritante… Iba yo pensando en mis cosas, a punto de salir a la autovía cuando un deseo cruzó fugazmente mi mente: "ojalá no tuviera que ir hoy a trabajar...". En ese momento se empezaron a encender luces en el salpicadero. Primero la de la batería, luego la del ABS, la del motor y algunas más. Finalmente la dirección se puso durísima, me acojoné, me fui al arcén y paré el motor. Cuando intenté volver a arrancarlo no hizo ni intención… Cualquiera que entienda algo de coches dirá: "Ah, eso es que se te ha ido el alternador...". Yo sin embargo no tengo ni puñetera idea de mecánica, así que tuve que esperar, con mi chaleco reflectante, mis triángulos perfectamente ubicados y mi estupefacción, al señor de la grúa, por cierto muy amable, para que me hiciera tal observación. El diagnóstico me fue confirmado en el taller, y mi deseo, atendido de forma tan peculiar por la Providencia, nos ha costado la friolera de 600 pavos… Encima me pasé la mañana intentando contactar con compañeros del trabajo y de recursos humanos; y la tarde encabronado practicándole la reanimación cardio-pulmonar a mi tarjeta VISA; así que ni siquiera disfrute de mi deseo. La frase "Cuidado con lo que deseas" hoy se me antoja especialmente esclarecedora.

viernes, 5 de agosto de 2011

Anda que no queman pasta esos informáticos...

Notición del Periódico de Extremadura: La Junta prevé ahorrar entre 100 y 200 millones con unificación informática... Pues sí, cien kilos arriba, cien kilos abajo..., la diferencia estará en si me echan a mi o no... Ya les vale...

Eso sí, si alguien (que no es de Informática) no revisa una puta carta de seis páginas antes de lanzar 14.000 copias -unos 84.000 folios, a unos dos céntimos la copia, calculo que algo menos de 1.700 €uros (ignoro el coste en árboles) -, aquí no pasa na'...

Esto es la monda...

jueves, 28 de abril de 2011

El Follonero

Un buen día, a principios de abril, a primerísima hora de la mañana, recibimos un correo del jefe de servicio, en un correctísimo lenguaje no sexista lleno de arrobas. Se nos pedía desde instancias superiores que permaneciéramos en nuestros puestos a partir de cierta hora, porque una televisión local iba a venir a realizar una grabación (por enésima vez). El Servicio de Informática es especialmente proclive a ser objetivo de estas filmaciones, y ello debe ser porque como estamos más apiñados que en ningún otro sitio, colocan la cámara en la puerta y, con el ángulo adecuado, pillan a mogollón de gente que además ofrece buenas secuencias de trabajadores abnegados y ojos enrojecidos.

Como fuera que aquel día me pilló de especial mala leche, mi primera reacción del momento estuvo plagada de vilipendios y exabruptos que no citaré textualmente, para que no se me acuse de utilizar de forma desmedida tan duro (aunque estimable) recurso literario. En un lenguaje algo más moña y políticamente correcto fue algo así: "Después de haber sido penalizado en mi estipendio y de haber soportando inicuas tropelías, no me sale de la hombría que me exhiban otra vez como a un prostituido cuadrumano…" -y el que quiera que lo traduzca-. El caso es que probablemente hubiera bastado con una afirmación un poco más moderada, un simple "tengo derecho a que no me graben" habría bastado, pero como digo, ese fue un día un poco malo, y lo primero que me paso por la cabeza, así como lo primero que seguramente anuncié a mis compañeros de mesa sin pensarlo demasiado, fue digno del Bruce Willis más chungo de La Jungla. El caso es que me propuse desaparecer con cualquier excusa. Luego resultó que me surgió una reunión en otro servicio y que la tele ni siquiera subió a nuestra sala, cosa que después de todo, no hubiera estado tan mal.

Resulta que al final no fue un canal local de televisión el que se estuvo paseando por las oficinas, sino el programa del polémico y afamado Follonero. La verdad es que habría estado bien que se hubieran pasado por en Servicio de Informática. Así hubiera podido sacar en la tele el estado de hacinamiento en el que trabajamos, o las deficientes vías de evacuación. El adorable y cabroncete Jordi Ébole podría haber inhalado unas bocanadas de este aire cargado y apestoso que respiramos a menudo, y le habríamos ofrecido gustosos un primer plano de un pequeño termómetro que tenemos sobre la mesa, donde a eso de la una y media se veían unos refrescantes 28ºC...

Claro que lo más probable es que haga otro de esos programas que tanta fama le han dado, donde ofrecerá los cortes adecuados, acompañados de ingeniosos comentarios, para poner a caer de un burro a los empleados públicos, justificar que nos hayan bajado el sueldo porque nos lo merecemos (sugiriendo que, si es posible, nos lo bajen un poco más) y aportar su mediático granito de arena a la ya de por sí deteriorada imagen de las Administraciones. Lo gracioso es que lo hará con toda la justificación y razón del mundo a juzgar por el comportamiento de muchos de los trabajadores de esta santa casa.

Estando yo de reunión, pude ver y escuchar a un buen montón de personajes corriendo en tropel por los pasillos: "Ha venido el Follonero vamos a verlo...", "A ver si nos saca...", "Corre, corre, vamos a ver si lo pillamos...". Como si hubiera vendido a vernos una estrella de rock y ellos fueran gruppies descontroladas. Más tarde, a la hora de salir, junto a las máquinas de control horario donde fichamos, otro comentaba entusiasmado cómo el bueno de Jordi había entrado por sorpresa en su Servicio, saludando amistosamente antes de que las cámaras entrarán a saco para pillar a alguno con el culo al aire... Parecía que acababa de darle un beso a Hannah Montana... Pero a ver tontazos ¿No veis que ha venido a poneros a caldo? ¡Por Dios mostrad un poco de dignidad! Lamentablemente esto no viene si no a demostrar, una vez más, que tenemos lo que nos merecemos. Amantes del famoseo. De los de hay que asomar la geta en la tele aunque sea para que te la partan y en definitiva, de nuevo, el pan y el circo.

No he visto el reportaje (creo que se emite este viernes), pero me temo que no voy a equivocarme demasiado a tenor del enlace con la premier de los próximos reportajes de Jordi Ébole.

miércoles, 13 de abril de 2011

Desayunando en el bar

Son las nueve y media de la mañana. Ahí en frente un par de tipos hablan de su último partido de frontenis. Ese otro canturrea distraído los últimos éxitos de los 40 mientras está a lo suyo. A unos pocos metros un corrillo comenta el último partido de fútbol y esos tres de allí discuten acaloradamente sobre Formula 1. Detrás de mi uno cuenta divertidas anécdotas que a todos entusiasman entre carcajadas, y un poco más allá hay unos tíos que hablan de sus cosas como si estuvieran solos. Ahí llega un habitual, silbando y hablando a voces desde la puerta. Y por supuesto no podía faltar el orondo y desenfadado cuponero, que se obstina en hacernos millonarios, al menos una vez por semana... El murmullo es habitual, el bullicio frecuente, como corresponde a cualquier bar que se precie, lleno de parroquianos y contertulios, frente a cafés, infusiones, carajillos y algún que otro sol y sombra... El problema es que esto no es un bar, yo no estoy tomando un café tempranero, y ellos tampoco. Este es el lugar donde trabajo y yo estoy frente a la pantalla del ordenador intentando escuchar mis propios pensamientos. Además es un poco temprano y aún no me apetece ponerme los auriculares a toda pastilla...

Mucha gente trabajando apiñada, una falta generalizada de educación y empatía, y la desidia de unos jefes que antaño paseaban ocasionalmente por el departamento, dejando a su paso un rastro de silencio moderado y conversaciones sosegadas, pero que hoy se aíslan en sus despachos, dejando a la anarquía campar a sus anchas... Supongo que estos son los motivos por los que muchas veces me llama mi mujer y me pregunta:-"¿Qué haces? ¿Desayunando en el bar?"-.

domingo, 16 de enero de 2011

Pinceladas Autobiográficas. El SUP3IA y el Trabajo (y III)

En los dominios del Señor Oscuro

Desde el principio me negué en rotundo a vivir en las tierras del Señor Oscuro. De entrada no tenía nada personal contra aquel pueblo, salvo que siempre me había dado la impresión de que el adjetivo "capital" le venía un poco grande, por mucho que alguien hubiera decidido meter un montón de dinero para hacer de él una ciudad de verdad, por el mero hecho del centralismo geográfico. Como lugar turístico no está nada mal, personalmente me encanta la historia y la arqueología. Pero a partir de las cinco de la tarde aquello está más muerto que el pájaro dodo... Y además ¿Por qué narices allí no levanta la niebla a medio día como en todas partes?... Lo que yo digo, aquel lugar tiene algo maligno. Así que decidí hacer el sacrificio, y durante un par de años en autobús y unos cuantos más en coche compartido, he estado yendo y viniendo. Ahora, después de un lustro de madrugones, carretera y comidas a deshora, tengo que reconocer que algo de inquina sí que le he cogido...

Como operador trabajé casi un año en el Servicio Regional de Tiritas y Fonendos. Estaba en la sección de Redes y Comunicaciones y tuve buenos jefes y mejores compañeros. Ya no hacía tantas salidas a servicios periféricos, aunque las idas y venidas diarias lo compensaban con creces. El trabajo tampoco era ingrato, básicamente consistía en gestionar y monitorizar las comunicaciones. Desde armarios de conexiones hasta configuración de proxys y firewalls. Pero sin grandes apreturas. La verdad es que el sistema estaba muy bien montado cuando yo llegué y había gente que pilotaba de sobra, con lo que no puede hacer mucho más que aprender de ellos unas cuantas cosas mientras estuve allí. Así que muchas mañanas las pasábamos optimizando configuraciones, leyendo documentación y curioseando en los proxys las páginas que visitaban algunos personajes confiados en sus acogedores y privados cubículos. Era una sensación de poder muy gratificante y, para que negarlo, nos echábamos unas risas; sobre todo al imaginar la cara de más de uno cuando al día siguiente intentaba emprender su sexual aventurilla del día anterior y se encontraba con el pantallazo de turno llamándole poco menos que viciosillo salido. La pena es que todo era demasiado aséptico: "La web que está intentando acceder ha sido bloqueada por el Servicio de Informática por su contenido inapropiado...". ¡Qué ganas de haber terminado el mensaje con un "GUARRO, DEJA DE TOCARTE" en Arial 72, negrita y rojo parpadeante...!

Tras casi cuatro años desde que terminara la carrera, se me presentó la oportunidad de volver al desarrollo. Sin que llegara a peligrar mi puesto en el Servicio Regional de Tiritas, me llamaron de la última de las bolsas, la de Técnico. En términos prácticos era el grupo laboral más alto al que podía acceder debido a mi titulación. Era en los Servicios Centrales de mi anterior destino, la Consejería de Asuntos Rurales. Tendría que seguir en Mordor, pero cobraba un poco más y además me destinaban a un ambicioso proyecto de .NET: ASP, Visual Basic y SQL.

Me costó un poco tomar la decisión porque estaba muy a gusto con mis compañeros. Pero las redes no terminaban de llenarme y prefería probar fortuna en un entorno del que a penas sabía nada. Para cuando tuve que incorporarme a mi nuevo puesto, ya había repasado mis apuntes de SQL, ojeado un manual de .NET y programado hábilmente un par de "Holas Mundos" bastante resultones. Estaba dispuesto a enfrentarme a los avatares de la programación de objetos y los frameworks de desarrollo. Llegué allí dispuesto a aprender y a comerme el mundo (después de decirle hola). Tuve una entrevista con mis nuevos jefes y me mostraron mi nuevo puesto..., en la sección de Infraestructuras y Comunicaciones. ¡Mierda!, más cables y redes...

Trabajar para la Administración tiene estas cosas. Te ofrecen un puesto que te interesa y aceptas, luego, si eso, ya te colocan ellos donde mejor les vienes. Ser informático en el ente público implica que todo te suene bastante y luego te especialices sobre la marcha, si es que te dejan. Sólo hay que ver el temario de una oposición: dominio de cinco lenguajes de programación, conocimientos de otros tantos sistemas operativos, abstracción y concreción de sistemas y modelos de datos, redes físicas y virtuales y, por supuesto, legislación sobre protección de datos, seguridad de comunicaciones telemáticas… (Vamos cien temas de puro infierno). Y como parece ser que mi año en el Servicio Regional de Tiritas había hecho de mi un experto en redes, mis servicios en esa sección eran poco menos que imprescindibles. Menos mal que no terminé en la asesoría jurídica por mis conocimientos sobre la Ley 59/2003 de Firma Electrónica. Yo creo que no se enteraron de que estaba saliendo con una abogada, si no me lo encasquetan fijo...

Durante casi otro año estuve haciendo prácticamente el mismo trabajo (aunque cobrando un poco más), pero finalmente el jefe del Servicio de Informática me llamó a su despacho y me dijo “Tú, a trabajar a Desarrollo...”. Por fin, mi oportunidad de hacer lo que quería.

Desarrollando espero

Desde que dejé atrás la Sección de Infraestructura y Comunicaciones han pasado ya casi tres años. Desde entonces trabajo en la que podría llamarse la aplicación insignia de esta santa casa. En realidad se trata de una aplicación monstruosa a la que se le está exigiendo mucho más de aquello para lo que fue concebida y que jamás estará terminada. Actualmente debe haber unas 2.000 tablas, 9.000 procedimientos almacenados, y no se cuantos cientos de formularios web y windows. Es una aberración tentacular descontrolada y con un nivel de elementos redundantes e inútiles que matarían de un infarto a los mismísimos Boyce y Codd.

Debido a mi inexperiencia (en desarrollo en general y en el framework de .NET en particular) estuve un año programando formularios web en ASP y formularios windows en Visual Basic. También me puse al día con el lenguaje de consulta Transact SQL hasta que fui capaz de montar procedimientos de cierta complejidad. Después, como resulta que ya era un experto (otra vez) y el análisis de alto nivel ya no tenía secretos para mi, me convertí, de la noche a la mañana en jefe de proyecto (pero claro, con el sueldo de un programador). Hasta entonces, desde mi humilde e infantil percepción del mundo, yo no concebía como era posible que una aplicación tan grande e importante, en la que trabajaba tanta gente capacitada, podía haber crecido de manera tan deforme y descontrolada. Pero cuando me otorgaron mi pequeña porción de marrones, en forma de subproyecto, y empecé a trabajar con gente de otros servicios ajenos a Informática (nosotros los llamamos gestores, en otros sitios los llaman clientes, pero su función es siempre la misma: tocar las pelotas), recibí una buena dosis de realidad marrón y pestilente en toda la boca.

El parcheo y el copy-paste son un arte, y este mundo está lleno de artistas. La desgracia de esta profesión es que muchas veces ni siquiera tienes otra opción y no hay más remedio que hacerlo así. Al cliente le importa tres narices cómo se hacen las cosas. Sólo quiere que funcione, que se vea como él quiere y que esté listo para ayer o antes de ayer. Total, eso no es más que cruzar un par de tablas en base de datos, y así hacen algo esos melenudos informáticos (léase en tono peyorativo) que se están rascando las bolas todo el día y viendo porno en Internet.

En fin, que en estos derroteros discurren mis días en el mundo laboral. Entre unas cosas y otras ya han  pasado casi 15 años desde que aquel pollo desorientado se echó a la calle con una carpeta llena de fotocopias del más triste de los currículum. Estoy muy lejos de haber logrado (al menos por ahora) el trabajo de mi vida, pero todavía soy joven y me quedan muchas cosas por hacer (al menos eso espero, que la vida es muy perra…). A ratos echo mis cuentas para ver cuando podría preparar una oposición. Otras veces conjeturo con mi futuro en la empresa privada. Y en ocasiones incluso jugueteo con la idea del autoempleo… Lo que sí es cierto es que me agobia bastante no sentirme preparado para ninguno de los tres caminos. Sólo tengo clara una cosa: quiero que mi trabajo sea un medio y no un fin. Quiero disfrutar de mi familia y de mis amigos, por encima de ganar más dinero o prestigio. Valoro tremendamente cada minuto de mi tiempo libre y aun así, en ocasiones, lo uso para seguir formándome, aunque procuro apuntar hacia cosas que me llaman la atención pese a que no me reporten un beneficio inmediato o quizás no me sirvan nunca en mi trabajo. Por lo demás todavía, a estas alturas de la vida, no tengo claro dónde acabaré. Aunque imagino que estos tiempos de incertidumbre casi nadie lo sabe.

viernes, 14 de enero de 2011

Pinceladas Autobiográficas. El SUP3IA y el Trabajo (II)

De la empresa privada al monstruo público

Después de aquella experiencia en Rotonda, y una vez que hube terminado la carrera, mi trabajo se fue encaminando cada vez más hacia aquello para lo que había estudiado (después de tantos años, yo y los ordenadores éramos uno, en perfecta simbiosis y conjunción). Durante unos meses estuve contratado como informático en una pequeña consultora para la que ya había hecho algunos trabajos de estraperlo. Cualquiera que conozca este negocio, comprenderá lo amplia que es la acepción "informático". Desde una red de ordenadores para impartir cursos hasta modestas páginas web con alguna osadía en flash, pasando por asesoramiento experto a la hora de comprar una nueva centralita telefónica. Afortunadamente por aquellos días, Internet ya había llegado a mi vida a la vertiginosa velocidad de 56k lo que me permitía complementar satisfactoriamente mi, ya de por sí, impresionante formación académica. El volumen de negocio de aquella pequeña empresa era más que cuestionable y sus jefes andaban algo dispersos en otros proyectos, así que esa aventura duró a penas seis meses.

La casualidad quiso que llegase a mis manos la convocatoria de una serie de bolsas de trabajo para el sector público. Fueron tres exámenes, uno por cada grupo: auxiliar, operador y técnico, todos ellos en la especialidad de Informática. La suerte, la tranquilidad y, nuevamente, mi portentosa formación universitaria arrojaron un resultado inevitable: aprobé los tres exámenes.

En el año 2003, me llamaron de la bolsa de auxiliar. Fueron buenos tiempos, principalmente porque trabajaba en la misma ciudad dónde vivía. Se trataba de un mastodóntico y céntrico edificio público donde coexistían varios organismos públicos distribuidos por sus diez plantas. Concretamente yo estaba destinado en la sede de los servicios territoriales de la Consejería de Asuntos Rústicos y Medio Campestre. De aquella sede dependían un montón de oficinas y dos o tres laboratorios de I+D. Todos estos centros estaban distribuidos a lo largo y ancho de la geografía de la región, así que no era raro que mi compañera (otra auxiliar) y yo tuviéramos que viajar a menudo, y muchas veces por los motivos más peregrinos. Pese a todo, aquellos días en los que teníamos que hacer alguna salida eran, posiblemente, los más interesantes. Cogíamos un coche oficial y frecuentemente acabábamos en algún pueblo a tomar por culo de todas partes, donde alguien se había aturullado enchufando una impresora.

Nuestros principales cometidos eran la implantación y configuración de nuevos sistemas en las diferentes sedes y la resolución incidencias "informáticas", lo que abarcaba desde parcheos en bastidores y armarios de comunicaciones hasta curiosos episodios con insolentes fotocopiadoras.

¡Anda que no instalé PCs por aquellos días! Más que informático parecía encargado de un acuario. Periódicamente la sede central, sita en la ilustre capital de la Comunidad Autónoma, nos enviaba docenas de nuevos equipos y un listado de oficinas que había que actualizar. Y allí que íbamos, mi compañera y yo, con el coche oficial cargado hasta las trancas, a pasar la mañana instalando y configurando ordenadores ante la atónita mirada de los trabajadores locales. Algunos de ellos inquietos y entusiasmados por las nuevas tecnologías, otros apolillados y nerviosos ante la perspectiva de enfrentarse a ese nuevo engendro tecnológico tan alejado del ábaco, o simplemente preocupados por si perdían sus documentos de güindous, lo que solía incluir unos cuantos documentos de texto y hojas de cálculo (de los que nunca nadie hacía copias de seguridad), un buen puñado de powerpoints chorras, unas pocas fotos de la última cena de Navidad y algún que otro vídeo guarrillo.

Ocasionalmente nos encontrábamos con verdaderos retos, como conseguir que un programa de consola de línea de comandos de principios de siglo (que debía haber implementado el mismísimo Von Newman) funcionase en Windows XP. Ya que era la única forma de que un señor septuagenario, reenganchado por una necesidad enfermiza de sentirse útil (o de alejarse de la parienta) pudiera desarrollar su vital cometido.

Fue una nueva época de chico para todo. En las jornadas más tranquilas, nos dedicábamos al cacharreo y al reciclaje. Cuando implantábamos los nuevos equipos en las delegaciones más importantes, las máquinas que retirábamos se reutilizaban en las oficinas más recónditas, donde había un par de administrativos añejos y poco volumen de trabajo. Formateo de discos, una modesta ampliación de memoria, un lavado de cara con cristasol y a correr. Aún así, por más analfabetismo digital que sufriera el destinatario del cacharro, era bastante triste encasquetarle un procesador 386 como la panacea de la era digital. Sobre todo a sabiendas de que en otras ubicaciones más privilegiadas se habían cambiado los equipamientos informáticos tres veces en dos años…

Aquello duró un par de años. Era un trabajo fácil, a veces incluso un poco rutinario y castrante. Una carrera profesional no crecía con ese tipo de cometidos. Yo siempre había querido dedicarme al desarrollo y al diseño, y aquello no me ayudaba a realizarme precisamente. Tanto era así, que me fui alejando de la programación paulatinamente, aunque mantuve un fino hilo de contacto gracias a que seguí haciendo algunas webs y enredando un poco en casa por mi cuenta. A cambio, tenía una jornada bastante cómoda y trabajaba a diez minutos de casa. No nos pagaban las horas extra, pero ocasionalmente, cuando tardábamos más de la cuenta en alguna salida, podíamos pasar modestas dietas o acumular horas para cogernos algún día libre. Con los años he aprendido a apreciar la vida tranquila y sin complicaciones, con lo que no me hubiera importado seguir en esa situación: haciendo lo mejor posible un trabajo que no requería una cualificación excesiva y dejando que mi mente inquieta me diera algún toque de vez en cuando para realizarme por otras vías. Pero las cosas buenas (o aceptables) se acaban. Haber aprobado unos exámenes no hacía de mi persona un empleado público de carrera. Yo era interino, lo que viene a ser como un trabajador temporal en las empresas privadas, pero con peor reputación. Con algunas ventajas de los funcionarios vale, pero también con todos sus inconvenientes y, por añadidura, con una situación de temporalidad igual de jodida que en la empresa privada (o peor). Y me explico:

Como ventaja, el horario era quizás lo mejor, oficialmente de 8 a 3, aunque ocasionalmente acabáramos algunos días a las cinco o las seis de la tarde, pero bueno, eran situaciones puntuales. Otra ventaja podría ser que mi permanencia en la "empresa" no dependía de mi buen rendimiento ni de un trabajo bien hecho (lo que como diré más adelante es también una gran desventaja). Salvo en casos extremos, a menos que la líes muy gorda, mantienes el trabajo mientras la silla que ocupas no la reclame un funcionario con plaza por cualquiera de los medios posibles: vueltas de bajas, concursos de traslado, oposiciones… Esto es, puedes tener suerte y que te llamen para cubrir un puesto por mucho tiempo, como en el caso de plazas de nueva creación o plazas que pertenecen a gente que está con comisiones de servicio en otros destinos… O te pueden llamar para una mierda de sustitución de quince días por una operación de apendicitis… Y a mi juicio, se acabaron las ventajas.

Cuando uno entra a trabajar en la Administración como trabajador temporal, sabe cuando empieza, pero no siempre cuando acaba. Da igual que te pegues quince días que quince años defendiendo un puesto (a uno no le hacen indefinido por ley como ocurre en las empresas). Cuando te llega el momento, te pueden decir de hoy para mañana: "oye, que tu plaza se ocupa, recoge tus cosas y suerte". Y ni hablar de indemnización por despido. Por esto decía que el hecho de no tener que rendir cuentas no siempre es una ventaja. Si eres un poco perro, está bien que te dejen tranquilo y no te exijan demasiado, pero si tienes iniciativa, te esfuerzas y eres, como se dice hoy día, proactivo, a todo el mundo se la trae pendulante. Este es a mi juicio uno de los mayores cánceres del empleo público. No existe un sistema eficaz que quite de en medio a los gorrones y las sanguijuelas o incentive a la gente más capaz, salvo quizás el dedo índice del director general de turno. Recuerdo el caso de un compañero que trabajaba en explotación de bases de datos. Llevaba trabajando aquí más años que la máquina de café, y había poca gente en el servicio que dominase Transact SQL la mitad de lo que él controlaba. Sin embargo le echaron a mediados de un mes de diciembre frío como los testículos del Yeti, a las puertas de la Navidad. Bonita forma de acabar un año: entregándole tu currículo a Papa Noel. Así despacha la Administración, defensora del empleo estable, a sus empleados temporales.

El sueldo tampoco es la panacea. Si tienes una plaza fija vale, no te haces rico pero tranquiliza bastante. Pero cuando eres interino, cobras 900 euros y te largas a la calle, después de cinco años, sin indemnización, es un poco más inquietante. Por no hablar de cuando vienen las vacas flacas, entonces eres tan empleado público como los demás, y nadie se corta un pelo en congelarte o bajarte el sueldo y soplarte 500 euros de la paga extra de Navidad.

Y por último, aunque no menos importante, el prestigio. No hace falta ni decir, lo que la mayoría de la gente piensa de la lacra de los empleados públicos (incluso yo lo pienso de muchos de los tipos que me he cruzado). A la hora de formarse un perfil profesional, haber trabajado para papá Estado en cualquiera de sus variantes, resta más que suma. A veces me pregunto qué coño hago yo aquí, cuando ni siquiera me veo con fuerzas para estudiar una oposición. La respuesta llega rápido. Tuve la suerte de empezar a trabajar pronto sin necesidad de emigrar. Esto era un buen primer trabajo, me acomodé en los pros y acepté los contras. Luego formé una familia y se resintió mi movilidad. Algunos necesitamos que la vida nos de un buen par de leches para emprender nuevos caminos. Tengo que reconocer que peco de cierto inmovilismo, y teniendo trabajo y mis necesidades cubiertas, a veces prefiero quejarme en lugar de actuar. Claro que vista como está la situación cualquiera deja un trabajo, levanta el campamento y la familia y se va de aventuras a Dubai.

El caso es que hasta ahora yo he tenido suerte en la Administración, y cuando le vi las orejas al lobo y me iba a echar a la calle (porque alguien reclamaba la plaza que yo disfrutaba) me llamaron de nuevo, esta vez de operador. Esto ya era un grupo superior, una ligera mejora en el sueldo y un cambio de destino, esta vez fuera de casa. Ahora me tocaba hacer dos horas de viaje para desplazarme, había que ir a la capital del imperio y volver, tenía el mismo horario (de 8 a 3) pero además había que sumar los desplazamientos. Empecé a levantarme a las seis y comer a las cuatro. Mi calidad de vida se redujo un par de horas. Comenzaba mi historia de amor y odio con Mordor.

miércoles, 12 de enero de 2011

Pinceladas Autobiográficas. El SUP3IA y el Trabajo (I)

Los inicios

Ya hace un buen puñado de años que empecé a hacer mis primeros pinitos en el mundo laboral acuciado por un padre que me ponía las pilas y amenazaba con cortarme el grifo de la subsistencia en mi espartana vida universitaria. La verdad es que razón no le faltaba, tuve un par de años nefastos y parecía que la Universidad, o al menos la Informática, no eran para mí.

Si bien no me eché al monte tan pronto como generaciones anteriores a la mía (mi padre salió de casa de sus progenitores con 18 primaveras a buscarse la vida y ya no volvió, salvo por vacaciones), a los 20 años (debía correr el año 96 o 97) empecé la ardua tarea de buscarme las habichuelas. Me parecía muy importante adquirir algún tipo de experiencia antes de terminar la carrera y pretendí simultanear estudios y trabajo. El problema es que, como yo no soy ninguna lumbrera, al final mis estudios se eternizaron, y terminar una ingeniería técnica casi acabó asemejándose a estudiar una licenciatura en Astrofísica con doctorado y master en computación cuántica de Feynman...

Los comienzos no fueron fáciles. Empecé trabajando un verano de camarero. Primero en un bar: diez horas, sin contrato y con un gordo cabrón con pinta de mafioso por jefe, que me pagaba una miseria semanalmente. Después en otro restaurante, con un jefe algo más "buenrollista" que se empeñaba en que no comentase con los compañeros la mierda que me pagaba: las mismas diez horas y el mismo "contrato". Al mes de estar allí, justo después de deslomarme subiendo dos barriles de cerveza de 70 kilos del sótano, me dijo: "Oye, que la cosa está chunga y ya no te vamos a necesitar. Mañana no vengas...".

Claro que mi breve paso por el digno y sacrificado mundo de la hostelería me regaló unas cuantas anécdotas para animar las reuniones con los amigos. Como aquella vez que estuve a punto de partirle la cara a un cliente borracho que me tiró una cerveza enterita a la cara. O aquella otra en que, justo al pasar por la puerta de un prostíbulo, se me rajó un saco de pollos congelados que traía de un almacén que estaba a dos calles del restaurante. Mira tú por donde, casualmente había una chica de vida alegre en la entrada de la mancebía... Jamás olvidaré aquella estampa de película de Almodóvar: La puta y el camarero recogiendo pollos congelados del suelo...

Desde entonces decidí que, mientras pudiera evitarlo, no iba a servir más copas ni comida, salvo en todo caso, para agasajar a los invitados de mi casa (tampoco iba a volver a comer pollo en restaurantes).

Subsistí una temporada haciendo pequeños trabajos que cobraba bajo cuerda para una pequeña consultora y para una aún más pequeña agencia de publicidad: modestas páginas web y CDs más o menos multimedia, algunos diseños para campañas publicitarias, algo de maquetación y mi favorito: un curso de Photoshop para amas de casa desempleadas, que se mostraron entusiasmadas ante el abanico de posibilidades que se abría ante ellas con el catálogo de filtros y una foto de sus maridos. Para empezar no estuvo mal, pese a que debía cobrar al cambio, más o menos, tres céntimos por hora de trabajo. Por aquel entonces mi padre aun me mantenía una modesta paga mensual.

El primer trabajo de verdad

Un buen día del año 2000, me llamaron para una entrevista de trabajo en un gran centro comercial de la ciudad, llamémosle "Rotonda". Rotonda, era una cadena internacional de centros comerciales que había crecido hasta dimensiones monstruosas tras la fusión de dos grandes grupos europeos. Más de 16.000 centros distribuidos por cuarenta países, medio millón de empleados… ¡Joder, iba a trabajar para una empresa multinacional! Dieron conmigo a través de la Concejalía de Juventud, donde meses antes había rellenado uno de esos formularios para acceder a una bolsa de trabajo. Buscaban a alguien con conocimientos de Informática y diseño gráfico. Así que allí me fui yo, con mi amplia experiencia en cacharreo informático doméstico, mi nociones de Corel y Photoshop y mi carrera a medio acabar (bueno, más bien a medio empezar).

Rotonda exudaba corporativismo por los cuatro costados: cursillos de concienciación de empresa, bucólicas convivencias campestres, cenas de Navidad y cálidos y paternales abrazos de la gran familia sistémica cada mañana.

Estuve trabajando con ellos durante nueve meses, aguantando a base de contratos trimestrales. Luego, cuando llegó la hora en que, por ley, debían ofrecerme un contrato indefinido, se acabó el corporativismo y el abrazo de la gran familia y me echaron a la puta calle.

Aun así, no fue una mala época. Me dieron un puesto de auxiliar de decoración, lo cual era bastante para mí, un pipiolo, sin experiencia demostrable, que esperaba empezar colocando latas de champiñones en el pasillo 12. Y en lugar de eso, mi trabajo colgaba en las alturas del centro, a la vista de todo el mundo. Yo estaba entre los "privilegiados". Yo ponía bonita la tienda. Yo traía la alegría y la ilusión en Navidad, en San Valentín y en la Vuelta al Cole, Yo alegraba el día a los clientes ofreciéndoles tres cajas de Choco-galletas por el precio de dos, en carteles de metro y medio… Yo subía el puto Papá Noel de metro ochenta y poliespan a diez metros de altura…

La experiencia en general fue bastante llevadera. Teníamos muy buen ambiente entre los compañeros, pese al jefe que, sin llegar a ser un haragán impenitente, se desmarcaba del trabajo con una destreza impropia de su orondez. Caminaba fatuo como aquel hombre que, sin haber terminado el bachillerato, se enorgullece de haberse hecho a sí mismo hasta verse convertido en un "experto" en Informática. Pero bueno, no era mala persona, al menos eso creía yo hasta que mucho tiempo después, cuando he ido al Rotonda para hacer la compra mensual, he observado, no sin cierta tristeza, que la mayoría de los que trabajaban allí se acuerdan de mi y me saludan, mientras mi jefe, por quien más de una vez estuve a punto de electrocutarme a diez metros de altura y por quien casi me descuerno al caerme desde lo alto de las estanterías del almacén, pasaba por mi lado mirándome por encima de la cabeza (pues además de fuertecito era bastante alto el tipo).

Teníamos horarios rotativos de mañana y tarde, y una o dos veces al mes nos tocaba quedarnos toda la noche para montar toda la parafernalia que acompañaba a las grandes campañas o hacer inventario (y más de una vez tuvimos que enganchar el turno de noche con el de mañana, por necesidades del centro). Aunque la mayoría del tiempo mi trabajo consistía en imprimir, cortar y montar carteles de ofertas en tienda, correr de un lado a otro con la grapadora y los vinilos de colores, y limpiar la nave que hacía las veces de oficina de decoración, durante esos nueve meses hice algunas cosas más, y ocasionalmente tuve la oportunidad de hacer algunos diseños para campañas locales. Esos días caminaba orgulloso por la tienda, pasando varias veces por los pasillos donde se exhibían mis obras de "DVDs a 9,95".

Trabajar de noche en una gran superficie era toda una experiencia. Entrábamos a la hora de cierre, pasadas las diez. En aquel entonces yo, estudiante, pobre, sin carné de conducir, y en mejor forma que ahora, solía ir en bicicleta al trabajo (quizás había tres o cuatro kilómetros). Vivía en una de las zonas más elevadas de la ciudad, por lo que bajar al trabajo era prácticamente un dejarse llevar. Pero volver a casa a las nueve o las diez de la mañana, después de estar trabajando toda la noche (un trabajo, por cierto, más físico que intelectual) podía convertirse en una tortuosa proeza.

El mejor momento de aquellas noches era cuando, a eso de las cuatro o las cinco de mañana, tomábamos por asalto la sección de pastelería, donde, con el beneplácito de la empresa, nos avituallábamos para un nada frugal desayuno. Luego, en la sala de descanso, lo regábamos todo con un capuchino de máquina mientras veíamos rascarse la barriga (y otras cosas), en riguroso directo, a aquellos diez primeros descerebrados que poblaron la casa del entonces novedoso estudio sociológico del "Gran Fulano".

Por las noches nos solíamos quedar sólo dos compañeros. En todo el centro comercial podía haber, además de nosotros, dos o tres guardias de seguridad, a los que a veces no nos encontrábamos en toda la noche. En ocasiones, teníamos que trabajar por separado en diferentes zonas de la nave, y pasábamos largos ratos solos, en pasillos silenciosos y en penumbra. La sección de juguetería, con sus peluches y muñecas mirándote desde las estanterías, acojonaba a aquellas horas. Desde entonces no puedo ni ver a Winnie the Pooh ni a las Bratz… Por desgracia, no conseguí ver realizada mi fantasía de correr en pelotas desde el pasillo de automoción hasta la sección de charcutería. Las cámaras de seguridad nunca dormían y uno no estaba nunca demasiado seguro de dónde se escondían, ni quién podía llegar a revisar las grabaciones nocturnas. Así que en los momentos de mayor relajación me conformaba con dar una vuelta por el pasillo de lencería, para examinar, sin sentirme atravesado por las miradas reprobatorias de las señoras, alguna prenda que me hubiera gustado regalar (sin atisbo de lascivia claro), si me hubiera atrevido a pasar por caja con eso en la mano y con la tienda llena de gente. Ocurría más o menos lo mismo cuando pasaba por la parafarmacia y me sorprendía la amplia variedad de preservativos que, durante el día, veía de soslayo y mirando de reojo. Me detenía pensando:-"debería probar estos"-, a sabiendas de que jamás podría atravesar las cajas, ocupadas frecuentemente por chicas agraciadas, mientras una cola de quince personas me clavaba los ojos al pasar una caja de condones Descontrol de color Burdeos, con espermicida, estrías y sabor a frambuesa, entre un brick de nata para repostería y un kilo de plátanos… Estaba seguro de que pensarían: "¡Hala va a follaaaaar!"...

En una ocasión, una de esas noches de diciembre en la que a uno se le encogía el escroto hasta la boca del estómago, yo había ido a trabajar, como de costumbre, en bicicleta. En la calle debíamos estar a cinco o seis grados bajo cero, así que cuando llegué al Rotonda tenía más similitudes con un pingüino que con un ser humano. En el centro comercial, en el que por las noches no había ni aire acondicionado ni calefacción, no estaríamos a más de diez grados. A las dos o las tres de la mañana, yo no había conseguido entrar en calor. Estaba encogido de frío, subido en un elevador, colgando carteles de una viga, y tuve una idea feliz… Me fui a la sección de ropa interior masculina a buscar unos buenos calzones largos o unas mallas, porque tenía las piernas congeladas. Total, si podíamos atiborrarnos de napolitanas y croissants ¿Por qué no iba a poder abrigarme un poco para que me llegara sangre a los pies mientras trabajaba? El caso es que en la sección de caballeros no encontré nada que me sirviera, así que no se me ocurrió otra cosa que irme a la sección femenina y pillar unos panties bien gordos para cubrirme las piernas... Yo, que nunca había estado en contacto con mi parte femenina ni en Carnaval (porque soy muy macho... y bastante cortado), no me podía hacer ni la más mínima idea (hasta ese momento) de lo complicado que es travestirse cuando pesas 85 kilos y tienes las piernas como columnas de Corinto. Varios años practicando atletismo en mi juventud me han dejado esta secuela que me obliga a comprar los pantalones dos tallas más grandes. Al final siempre hay que meterles del bajo y por la cintura casi me cabe una garrafa de agua de cinco litros...

En fin, que después ir al baño y de embutirme en mis panties XXXL, el resto de la noche transcurrió de forma mucho más llevadera y calentita. El problema es que cuando me iba para casa, a eso de las diez y media, descubrí que esas piezas de plástico que llevan algunas prendas de ropa como sistema antirrobo, tiene una versión más pequeña, discreta y cabrona, que pasa desapercibida. Fue a penas un hilo, un pequeño filamento, el que hizo saltar la alarma del arco de seguridad cada vez que intenté salir... No fue fácil darle una buena explicación de la historia al cariacontecido compañero de seguridad, pero al final le convencí de que eran unos panties que mi novia me había dejado para combatir el frío. El tipo debió imaginar que yo salía con una chica con el culo del tamaño de una mesa camilla y el acontecimiento no debió trascender porque seguí trabajando allí varios meses y no fui objeto de mofa.