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miércoles, 21 de diciembre de 2011

Pinceladas Autobiográficas: El SUP3IA, un Don Juan nefasto

Vengo observando desde que escribo este blog, que contar los aspectos más ridículos y vergonzosos de mi vida, conlleva un curioso efecto liberador. Es como cuando le confiesas a un cura que has visto una revista guarrilla (sí, lo he hecho, las dos cosas, ver revistas guarrillas y confesárselo a un cura..., y creo que lo segundo es lo que me resulta más bochornoso). No se por qué, pero recordarme a mi mismo en situaciones absurdas y grotescas, me pone de buen humor y me ayuda a quitarle hierro a cualquier asunto (lo que dado mi estado anímico -léase el post anterior- viene francamente bien). Así que allá vamos de nuevo.

No se si los problemas para ligar son característica general de todos los SUP3IA, hasta ahora soy el único de mi especie que conozco en profundidad, por lo que se podría decir que el estudio no es concluyente. No soy quien para juzgarme a mi mismo en cuestiones físicas (a mi personalmente, el tío del espejo me parece un tipo bastante normal tirando a feillo, por más que mi mujer y mi hija digan que soy muy guapo). Por lo demás y siendo tan objetivo como es posible serlo al hablar de uno mismo, creo que, en general, siempre he estado en buena forma y he sido obsequiado con un razonable don de la palabra (bien es cierto que más escrito que hablado, pero bueno...)

Claro que también es un hecho, empíricamente demostrado, que un considerable número de tíos (y tías) objetivamente feos no han tenido problemas para comerse tantas roscas como se les han presentado por delante, y que en este hecho no tiene relevancia ni el dinero, ni la posición social, ni ningún otro aspecto mesurable del feo en cuestión, que pudiera decantar de su lado una posible conquista.

Por fortuna para mí, encontré la estabilidad emocional hace ya un buen puñado de años. Pero no siempre fue así. Mis conquistas exitosas se pueden contar con los dedos de una mano..., y sobran dedos. Y por si fuera poco dejé escapar algunas buenas oportunidades. Varios de mis intentos fueron estrepitosos fracasos y en unos pocos casos me quedé a las puertas del éxito.

Yo creo que mi principal problema es que soy un enamoradizo y un romántico. Ya hablé con anterioridad de ciertas moñerías que protagonizaba cuando caía "locamente enamorado" (hoy diría "locamente hormonado"). Concebía la conquista como un proceso lento y romántico, lo de los rollos rápidos no iba conmigo y por eso me estrellé unas pocas veces.

Al margen del instituto, donde tuve mi primer ligue y demasiados fracasos, el primer año de Universidad fue el que me ofreció las mejores oportunidades. Fue el único curso que salí, con cierta frecuencia, los fines de semana, y aunque heredé cierta responsabilidad de la época del instituto -cuando tenía hora de llegada a casa-, es cierto que podía recogerme un poco más tarde, y alcanzar así las horas de la madrugada donde las oportunidades parecen aumentar exponencialmente.

Una noche, ya bastante tarde, quedábamos un pequeño grupo en un bar rockero, de los pocos que, a mi juicio, ponían música decente. Una buena amiga me había presentado a una de las chicas un par de día antes y habíamos hecho buenas migas. Yo iba por mi segunda Coca-Cola, ella irían por su segundo cubata. A esas alturas se estaba acercando mucho, me hablaba más cerca de la boca que del oído y había rebasado, de forma muy evidente, el umbral de la insinuación sutil. Noté cierto olor etílico en su aliento y me pudieron mis principios caballerescos: No debía aprovecharme de la situación. Haciendo acopio de todas las fuerzas que da la sobriedad de la cafeína, recuperé cierta distancia. Fue muy duro, la chica estaba francamente bien. Tras perderla de vista un buen rato, la vi liada con un maromo cerca de la barra. La chica sólo quería pasar un buen rato y necesitaba un par de copas para lanzarse. Y yo estuve una semana repitiéndome mañana, tarde y noche: "Chaval, tú lo que eres es tooooonto...".

En otra ocasión la situación fue todavía más obvia. Me presentaron una muchacha estupenda (en todos los sentidos): simpática, alta, buen tipo y larga melena morena. Quedé con ella y otro par de amigos para toma un café una tarde. Saltándose todas las convenciones, pasó a buscarme por la pensión de estudiantes dónde yo vivía entonces. Mis compañeros incluso se asomaron al balcón para lanzarme vítores mientras la chica sonreía de forma maliciosa. Pasamos una tarde agradable de risas, tonteos y manitas. En algún momento la chica hizo alusión, muy de pasada, a un novio (algo del pasado o poco serio), pero durante un segundo me desconcertó e hizo saltar un chispazo en mi cabeza -Esto fue determinante en lo que pasaría un par de horas después-. El resto de la tarde siguió en la misma línea, y cuando ya había anochecido, tiré otra vez de mis principios caballerescos y la acompañé a casa. En la calle, al pie de su edificio, cruzamos unas últimas palabras y bromas, y cuando menos lo esperaba me plantó un largo beso que me nubló la vista. Entonces me miró unos segundos y fue y me preguntó: "¿Quieres subir?"...

Hagamos aquí una pausa dramática. ¿Qué habríais contestado? "Sí" ¿Verdad? PUES NO. Estaba dispuesto a olvidarme de todo ese rollo de la conquista y el proceso lento y romántico. Me hubiera encantado subir, pero durante un segundo se me vino a la cabeza la imagen de un novio cachas de 1’90, cornudo y cabreado (¿Por qué cachas y 1’90? ¿Por qué no 1’70 y tirando a canijillo? Pues yo que se, a aquella chica parecía pegarle más un novio de 1’90 y ya está…). Así que mi sentido común pudo más que las ganas -vamos que me acojoné-, rehusé con toda la entereza y cortesía que pude, y ahí se acabó todo. Me pegué noches sin dormir, con mi alter ego machacándome sin descanso: "De verdad que tú eres tonto, lo tuyo no tiene remedio, no te vas a comer ni un puñetero colín…".

Unas semanas más tarde, un día en el que ni siquiera tenía pensado salir (y eso que la ciudad estaba de fiesta con un festival de música), un compañero me convenció para ir a tomar algo. En un botellón conocí a una chica guapa y tímida, que no sabía como quitarse de encima a un moscón borracho que, precisamente, también era compañero mío. Intervine y de buena manera conseguí que el tipo la dejase tranquila. Charlamos y bebimos durante un buen rato, y al final, cuando dijo que se iba a casa, otra vez mis principios caballerescos hablaron por mí. Me ofrecí a acompañarla, pues sus amigas todavía se quedarían un rato. Aceptó con ciertas reticencias -no se si por timidez o desgana- y nos despedimos en el portal de su bloque con un casto beso en la mejilla. Yo pensaba que allí se había terminado todo, pero uno o dos días después coincidimos en el autobús yendo a clase. Le propuse acercarme a buscarla a su facultad para tomar un café y aceptó. Me dio su número de aula (a falta de teléfono móvil) y unas horas más tarde me planté allí. Cuando vi que todo el mundo salía de la clase y ella no estaba, se me cayó el alma al suelo y me morí de vergüenza -"Me ha dado un aula equivocada, que diablos, seguro que ni estudia aquí. Qué forma más cruel de dar calabazas..."- pensé. Por suerte, cuando ya me iba, apareció corriendo disculpándose por el despiste y nos tomamos ese café. Diez años después esa chica se convirtió en mi mujer. De modo que, al final, tengo que dar gracias por todos los fracasos que, de una forma u otra, me llevaron hasta ella.

Así que de ligar, lo que se dice ligar, ni puñetera idea oiga...

miércoles, 9 de febrero de 2011

Pinceladas autobiográficas: El SUP3IA también anhelan un cuerpo danone.

Aunque en nuestro país aún estamos algo lejos (aunque cada vez menos), de la típica americanada del quarterback y la cheerleader super-ideales y mega-populares de la muerte, está archidemostrado que el deporte, a lo largo de la vida de una persona, es un factor sociabilizante de bastante peso. Ya en mis tiempos, la popularidad de los chavales era directamente proporcional a turno en el que eran elegidos para jugar al fútbol en el patio de la escuela... Así que imagino que en mi infancia eso también debió determinar el tipo ligeramente asocial que soy hoy. No es que yo fuera de los más torpes, pero mi condición de gafotas precoz me hizo estar casi siempre entre los últimos en ser elegidos, y más de una vez fui el último que quedaba de pico.

Un año me hice amigo de un chico de apellido italiano. Era nuevo en el colegio y le recuerdo con cariño porque me pareció un chaval majo y humilde. El tío era bueno jugando al fútbol, de hecho, para los críos que éramos entonces era un crack. Un día se marcó una chilena que ha quedado grabada en mi retina todo este tiempo; ni Hugo Sánchez habría pegado semejante espaldarazo en aquella pista de cemento... No se que tal acabaron sus costillares, pero su popularidad se disparó.

Mientras mi amigo lograba (por meritos propios) el puesto de delantero titular del "Patio Escuela F.C.", yo pasé casi todo el tiempo en la portería esperando los trallazos de los más animales de la clase. Los muy cabrones llegaban a meta con la cara desencajada y le arreaban al balón con tanta mala leche como puntería, lo que hizo que al menos en un par ocasiones llegase a casa con los morros reventados y las gafas rotas. Alguna otra vez el cañonazo acertó un poco más abajo, lo que afortunadamente no comprometió mi capacidad para procrear. En el cole la portería no era un lugar glorioso defendido por gente guapa y exitosa. Allí íbamos a parar los últimos en ser elegidos, aquellos a los que nadie quería en su equipo. Seguro que si Iker Casillas hubiera ido a mi colegio nunca habría sido portero.

Tuvo que ser en el instituto cuando descubrí que los deportes de equipo no eran lo mío. Por aquel entonces intenté entrar en el equipo de baloncesto, pero las pruebas fueron un desastre. Yo ya había dado el estirón y, aunque no era demasiado alto, tenía una constitución física aceptable y me veía bien jugando de alero. Por desgracia allí me encontré con gente que jugaba muy bien y encima el aro de las narices conspiró contra mí y rechazó todos mis balones, así que me fui de aquel pabellón bastante frustrado. Más tarde, por casualidad, leí en uno de los tablones del instituto que el equipo de atletismo estaba buscando gente, así que decidí probar.

La prueba de los 1500 metros lisos fue un infierno. No recordaba haberme cansado tanto en toda mi vida (hasta que más tarde la asignatura de Educación Física me descubrió el maravilloso test de Cooper). Tenía tantas pulsaciones que a los quince segundos de ponerme la mano en la carótida ya había perdido la cuenta. Sin embargo las pruebas de velocidad no se me dieron mal y obtuve buenos resultados en los 100 metros lisos y en salto de longitud. Así que de esa forma, casi por casualidad, acabé de velocista en uno de los mejores equipos cadete de atletismo en la región. Parecía que había dado con la horma de mi zapato. Cuando me calzaba las zapatillas de clavos era rápido y conseguí varias medallas (pocas de oro, todo hay que decirlo). Estaba en un equipo pero no jugaba en equipo (salvo alguna genial carrera de 4x100 que recuerdo con especial cariño), así que pude disfrutar de mi individualidad y ganar algunos puntos de sociabilidad.

Cuando llegué a la Universidad me encontré con que no había un equipo de atletismo con el que seguir entrenando y como no me apetecía partirme la crisma jugando al rugby, estuve un tiempo yendo a diferentes gimnasios y pistas de atletismo para no perder el hábito. Después de varios años federado, entrenando y compitiendo, fue muy duro dejar todo aquello. Creo que con el atletismo alcancé mi mejor momento físico y además el ambiente en los entrenamientos y las competiciones era algo especial. Todo el mundo iba y venía, cada uno a su aire, pero todos formando parte del mismo equipo. A ratos me acercaba a ver cómo le iba al compañero que saltaba pértiga o al que lanzaba jabalina. Luego ellos estaban a pie de pista gritando ánimos cuando era yo el que disputaba las eliminatorias de los 100 metros... Era un ambiente genial, saludable y distendido, y después de muchos años la nostalgia todavía me asalta cuando veo una pista.

Más o menos en la época del instituto (quizás algo antes) ya me había dado también por las artes marciales. Conocí a un par de chavales autodidactas que me pasaron algún libro de karate y sobre todo películas, muchas películas. Supongo que cualquier crío de 14 o 15 años flipaba con Bruce Lee o con Jean Claude Van Damme, pero muy pocos estuvieron a punto de joderse los abductores por culpa de este último, eso seguro...

Durante mucho tiempo estuve haciendo el gamba en mi habitación (por desgracia para alguna desafortunada lámpara) y en lugares solitarios como garajes y azoteas (al más puro estilo de Connor McCloud). Estuve en un tris de provocarme varias lesiones genitales y cráneo-encefálicas, primero con jo y nunchaku caseros, luego con un nunchaku de verdad que compré a través de la revista Dojo (de la que fui fan declarado durante una temporada). Todo él de madera maciza, con cadena y remates de hierro...

El caso es que ya en la Universidad sí estuve recibiendo clases de forma "oficial" durante algunos años. Fue con un instructor de la Facultad de Ciencias del Deporte que había sido seleccionador nacional de la Federación Española de Karate. Y aunque no llegué a competir, si que estuve federado, lo que me dio la posibilidad de examinarme de varios grados (y de tener cobertura médica en caso de que algún animal me partiera la cara). Después aquel profesor se marchó y yo ya no encontré una escuela que me gustase, así que tuve que continuar mi camino de Karate Kid sin mi señor Miyagi particular.

Hoy día mi forma física subsiste gracias a un par de viejas pesas y a un banco de abdominales, y sobre todo a la práctica del Aikido, arte marcial que me acompaña desde hace ya bastantes años. Desde que naciera la niña y tras dejar el gimnasio, ando siempre a la búsqueda de minutos perdidos en los que seguir presentado batalla a los michelines y al sedentarismo impuestos por esta vida y esta suerte de trabajo que me ha tocado. Y eso que andar todo el día a la zaga de una enana revoltosa también debe quemar calorías (y la sangre algunas veces...). La niña se ha convertido en toda una experta en fuga de cochecito, y a la mínima que nos despistamos, se nos escapa corriendo por las tiendas y centros comerciales. Además mis riñones y mi espalda están acusando los continuos súbeme, bájame, cógeme, déjame, a volar, a caballito, a correr, a pillar… y un largo etcétera de expresiones imperativas irrenunciables.

Por fortuna todavía consigo mantener a raya mi línea de flotación, la cual no ha crecido demasiado en los últimos años. Claro que con esta vida que llevamos, en ocasiones, el único deporte que me apetece es caidita a plomo en el sofá, con mando de tele y portátil sobre barriga... Pero bueno, a estas alturas ya no me van a llamar para hacer la última película de Jason Bourne así que tal vez pueda permitirme el lujo de engordar con cierta dignidad...

miércoles, 19 de enero de 2011

Pinceladas Autobiográficas. EL SUP3IA como animal cultivado

Me considero un tío inteligente, para que negarlo. Me gusta mantener inteligentes conversaciones con mis inteligentes amigos sobre temas inteligentes que, al parecer, a un porcentaje lamentablemente alto de mis conciudadanos no les importan una hez (por cierto, qué fea es esta palabra, uno intenta no ser un ordinario, pero lo cierto es que "mierda" tiene muchísima más sonoridad). La prueba evidente está, por ejemplo, en la brillante iniciativa del grupo Prisa, que no hace mucho tiempo sustituyó su canal de noticias CNN+ por una emisión de 24 horas del Gran Fulano. Total ¿A quién le importan los índices bursátiles, el golpe de estado en Tenochticlan o los diez mil muertos del último terremoto en Uagadugu? Lo importante es ver si el Chuky se ha zumbado ya a la Vane y a la Jessi en el jacuzzi mohoso.

Paso bastante tiempo pensando, conjeturando, divagando sobre temas trascendentes (y no fumo nada). Me encanta leer todo tipo de cosas sobre ciencia o historia inaplicables, por lo general, a mi vida diaria. Me gusta buscar soluciones ingeniosas para problemas cotidianos y por supuesto no me aburren los documentales de la dos. Todos los días lamento que aún no se haya inventado algún dispositivo, tipo disco duro, que pueda conectar a algún orificio de mi cuerpo (sí ¿Qué pasa?, CUALQUIERA. No me importa demasiado la dignidad de dicho orificio) donde poder almacenar todas las cosas interesantes que leo y que me gustaría no olvidar… Por que ese es mi gran problema: tengo una memoria nefasta que durante toda mi vida me ha traído de cabeza. Una vez, al poco tiempo de estar saliendo con la que hoy es mi mujer, olvidé que había quedado con ella para salir a cenar con motivo de su cumpleaños. Y encima me presenté con unos amigotes como si tal cosa para ir a tomar algo. Aquello estuvo a punto de costarme un disgusto... Y como esta muchas otras.

También, aunque no sea un signo incuestionable de inteligencia, me encanta leer y escribir (y no hacerlo de cualquier manera), y aunque el estilo de Ken Follet me cae algo lejos, sí que tengo cierta chispa. Por desgracia en los días que corren, eso de leer y escribir bien está bastante infravalorado, y mucha gente que conozco culminó su obra literaria con los cuadernillos Rubio. Nadie es más inteligente que otro por leer más, aunque desde luego es un signo de inquietud intelectual. Y eso que en mi caso ni siquiera puedo hablar de tener más conocimientos, ya que si bien he leído bastante (aunque menos de lo que me gustaría), también olvido con bastante facilidad lo que otra gente no tiene problemas en recordar (por mi preocupante problema memorístico). Igual muchas veces tendría más paz interior mirando a Carmele Marchante y María Patiño en la tele como un zombi, pero es que no me sale.

A lo largo y ancho de toda mi vida de estudiante, mi memoria siempre se me ha antojado una limitación. Desde que tengo conocimiento, no he sido capaz de memorizar grandes cantidades de información sin más. Es por eso que probablemente nunca he sido un estudiante brillante. Sólo lograba destacar en aquellas asignaturas en la cuales el profesor conseguía captar mi atención y en las que comprendía, antes de asimilar, lo que me estaban contado (lo cual no ocurría con la necesaria frecuencia). De otro modo, con suerte lograba memorizar algunos datos (a veces insuficientes) unas horas antes de los exámenes para, inmediatamente después, desterrarlos de mi conciencia. Me llevó tiempo entender que una memoria prodigiosa unida a mi deslumbrante intelecto era un lujo que la naturaleza no podía permitirse, así que me conformé con estar ligeramente por encima de la media aritmética en mis actividades extracurriculares (se me está desparramando el ego por las costuras...).

Mis primeros recuerdos académicos evocan a un niño más bien pequeñajo, gafotas y con cara de no haber roto un plato, en un colegio público algo marginal. No se me daba mal el cole. Sacaba buenas notas y con mi cara de angelito tenía a la mayoría de los profes en el bolsillo. La verdad es que no lo recuerdo como una época tortuosa, porque no recibí demasiados palos de mis compañeros por mi condición de empollón de tipo estándar. Curiosamente, tuve buena relación con la mayoría de los matones y los repetidores, y algunos se contaron entre mis protectores cuando, por algún giro inesperado del destino (o por algún imbécil) me metía en una pelea. Recuerdo con bastante cariño a un par de profesores y a varios de estos compañeros problemáticos, y a veces me pregunto que habrá sido de sus vidas, pues quedaron atrás, en otra ciudad a 700 kilómetros y nunca más recuperamos el contacto.

Ya entonces se me daba bastante bien escribir, también dibujaba decentemente y gané varios concursos de literatura y de dibujo que me reportaron cierto prestigio en el centro y algunos beneficios en forma de premios, de los que el colegio también sacó tajada. De hecho, el primer ordenador y la primera fotocopiadora que entraron en aquel reducto de la enseñanza se compraron con un premio que yo gané. Fue un concurso de dibujo nacional, organizado por el Ministerio de Sanidad y Consumo. El premio en metálico se dividía en tres partes: una parte para el alumno, otra parte para el centro y una tercera, por alguna extraña razón, para el profesor. Con el dinero que me tocaba compré mi primer PC: Un flamante 8088, con una disquetera de 3’5 pulgadas y otra de 5 y ¼, sin disco duro y con un monitor CRT en blanco y negro. El colegio, como he dicho, compró un ordenador y una fotocopiadora. Y la profesora, que por cierto, no me daba dibujo sino lengua (?) y ni siquiera era mi tutora (pero curiosamente sí la directora del colegio), se compró una flamante cámara fotográfica… Ya entonces no lo entendí, pues me pareció mucho más lógico que hubiera destinado su parte para algún fin común de la escuela o, al menos, para invitarse a una juerguilla en el claustro de profesores. Supongo que debió ser uno de mis primeros encontronazos ideológicos con esta puñetera sociedad.

Fueron días de vino y rosas para un preadolescente: premios, viajes, entrevistas en la tele, encuentros con ministros, actores y presentadores de televisión... Conocí al entonces ministro de Sanidad Julián García Vargas, a Jesús Hermida (un enano ajado y estúpido) y a Pedro Ruiz (igualmente enano, pero más simpático). También me hicieron un par de entrevistas en teles locales (mucho antes de que existiera YouTube, afortunadamente). De hecho, de haber cultivado más esa faceta igual hubiera llegado a ser alguien en el mundo del dibujo... O bien habría acabado durmiendo bajo un puente en el arroyo, pues sólo unos pocos privilegiados (que no siempre son los mejores) consiguen vivir de eso. Hay que decir que hay gente muchísimo más buena que yo viviendo de su arte, pero también hay otros tantos igualmente buenos que, con suerte, están trabajando en una pizzería. Como no podía ser de otra forma, también hay muchos que no pintan (literalmente) una mierda (me niego a usar otra vez la palabra "hez") y viven (muy bien) de sus obras a costa de cuatro gilipollas snobs y pseudos-intelectuales que ya no saben en que gastar el dinero... Supongo que es el precio que hay que pagar por vivir en una sociedad tan diversificada y harta de todo, que es capaz de meter un cagajón con dos palitos y una pinza de la ropa dentro de una urna y exponerlo en un museo. Así que, en lugar de potenciar mi habilidad, me conformé, una vez más, con estar ligeramente por encima de la media...

Acabé el colegio e ir al instituto me pareció el paso lógico. Parecía lo más útil e interesante (y tampoco es que tuviera muchas más opciones). Continué dibujando y escribiendo, e incluso gané algún otro concurso, pero mis días de gloria habían pasado y fueron efímeros. Los estudios, ahora un poco más serios, soterraron mi esplendor y allí, entre libros, deporte y hormonas -las niñas ahora eran adolescentes y algunas empezaban a estar bien buenas...- me difuminé entre la multitud.

El instituto resultó ser otro mundo. La cercanía y la humanidad del colegio eran cosas del pasado. Allí la mayoría de los profesores llegaban, soltaban su rollo y se largaban. Supongo que es por eso que no recuerdo casi nada de ninguno de ellos, y los pocos recuerdos que tengo no pasan de ser meras anécdotas. Como aquella vez que un profesor de inglés me lanzó un borrador por estar hablando con mi compañero. Cuando le miré espantado me dijo: "La próxima vez te daré...". Recuerdo un poco a aquel tipo, principalmente por aquel incidente, y también porque resultó ser tío de una de las pocas compañeras de clase con la que tenía cierta amistad. Al final fue incluso un buen profesor de inglés y hasta me cayó bien.

Estuve en aquel centro un par de años y me resulta muy triste no recordar casi nada. A penas soy capaz de fijar alguna cara de los profesores, y no recuerdo casi a ningún compañero ni sus nombres. Al menos sí que me vienen a la memoria muchas imágenes de situaciones y personas del club de atletismo del instituto, donde estuve federado esos dos años. Especialmente de cierta compañera morena de ojos azules con un culo con el que debía poder cascar nueces. Bastante inaccesible por cierto, aunque simpática y por ende buena corredora de fondo (o al menos eso me parecía a mi cuando me ponía a entrenar con ella y yo acababa medio mareado, doblado de dolor y sudando como un cerdo, mientras ella me miraba condescendientemente con su encantadora sonrisa…). También me acuerdo de mi primer ligue, una chica de clase con la que debí salir uno o dos meses antes de que volvieran a trasladar a mi padre. Quedamos para estudiar unas cuantas veces y al final hubo un poco de roce, pero la cosa no fue muy bien, pues la chica no entendía como yo, con 15 primaveras y más verde que una ensalada de espinacas, no me quedaba con ella y dejaba que mi familia se marchase al otro lado del país (cuanto daño han hecho las películas de amor adolescente...). El caso es que al final nos despedimos de forma amigable e incluso le escribí en cuanto nos hubimos mudado; pero un día me llegó una carta de ella que me ponía a caer de un burro, a mí y por extensión a mi familia y amigos, así que tome la determinación de olvidarme sin más del asunto.

A nivel intelectual siempre parecieron dárseme bien las letras, Mis mejores notas generalmente fueron en Historia, Geografía o Filosofía. No es que fuera un repositorio de nombres, fechas y acontecimientos como otros compañeros (a los que por lo general superé en calificación). Pero se me daba bien dar forma y cohesión a las cosas que escribía, y haciendo uso de unos pocos datos bien afianzados construía unos relatos bastante resultones y más breves que los de la mayoría de mis coetáneos de clase. Solía entregar menos folios y en menos tiempo, y por lo general obtenía mejor puntuación. Esto sacaba de quicio a más de uno de los que lograban meterse en la cabeza cada fecha con sus nombres y apellidos y entregaban 40 folios de datos a cajón, inconexos y con faltas de ortografía. Al menos mis exámenes podían ser leídos enteros y sin encontrarse con chirriantes cagadas semánticas, sintácticas y gramaticales, lo que supongo que al final era de agradecer...

No puedo decir lo mismo, sin embargo, de mis habilidades para la ciencia. Se da la circunstancia de que me encantan la física y la química, incluso las matemáticas, pero desde siempre me han supuesto un mayor esfuerzo y cuando tenía que clavar codos durante los largos y calurosos veranos siempre era por culpa de una o más de estas disciplinas. El problema no era tanto el hecho de no entender como el hecho de no memorizar (como siempre). Nunca llegué a memorizar ciertos teoremas o demostraciones, y los elementos de la tabla periódica se me amontonaron y se me hicieron una bola intragable… La verdad es que es un poco deprimente, porque desde bien temprano tuve claro que quería ir por el camino de la tecnología. Así que me lié la manta a la cabeza y, cuando me llegó el momento de elegir, me empantané hasta las cejas tirando por ciencias puras ¡Con dos cojones!... Desde entonces he recibido más palos que una piñata, pero bueno, aquí estoy, viviendo decentemente (sin grandes alardes) de esto.

Si el instituto era otro mundo, la Universidad resultó ser como una dimensión paralela y surrealista. Llegué allí, con cara de pardillo y antes de poder darme cuenta, había acabado el primer curso, y yo miraba, con la misma cara de pardillo, pero con unos cuantos tonos de piel por debajo de lo saludable, la lista de asignaturas y mis correspondientes calificaciones. Estuve a nada de mandarlo todo al cuerno, pero tras muchos quebraderos de cabeza, llanto y rechinar de dientes, decidí aceptar la segunda oportunidad que me dio mi padre y volver a intentarlo. Lo que desde luego vi muy claro en aquel momento es que, si quería trabajar antes de empezar a tener problemas de próstata, debía dejar la ingeniería superior y matricularme en la ingeniería técnica.

Aproveché aquella segunda oportunidad y me deslomé estudiando, el resultado fue modestamente satisfactorio y pude continuar mi carrera a trancas y barrancas. Pese a un segundo año moderadamente grato en lo académico, el camino estuvo lleno de escollos y decepciones. Al final me habían curtido tanto el lomo que ya ni me dolía y después de unos años eternos conseguí salir con bien de aquello. Una vez más busqué evadirme y destacar en actividades paralelas, esta vez en forma de revistas universitarias.

Estuve un par de años dibujando en una publicación de la facultad con la que no estaba especialmente comprometido, pero les hacía llegar mis cómics regularmente, lo que constituía una buena vía de escape para mi torturado artista interior. Mi ego se vio alimentado durante un tiempo cuando averigüé que, desde el momento en que yo empecé a dibujar para ellos, los mil o mil quinientos ejemplares se agotaban en cuestión de minutos. Me enorgullecía saber que algunas personas incluso coleccionaban mis historietas y se deshacían del resto poco aprovechable. La verdad es que no podía quitarles razón, la revista, que había nacido como medio de expresión independiente para los alumnos, acabó convertida en un panfleto aburrido y politizado a cargo del consejo de alumnos. Esta circunstancia, sumada a un nuevo curso nefasto, hizo que dejase de dibujar para pegar otro apretón en los estudios. Poco después ese fanzine murió.

Un día en la cafetería, probablemente mientras nos escaqueábamos de alguna clase, unos amigos y yo decidimos poner en marcha una nueva publicación. Conseguimos los permisos necesarios y con el beneplácito de nuestra querida escuela universitaria nos hicimos fuertes en un despacho junto al consejo de alumnos. Dirigí aquella revista durante dos años, volvía a dibujar y escribí bastantes artículos. Lo bueno de aquel proyecto es que lo pusimos en marcha un puñado de amigos que teníamos en común cierto tufillo a marginales sociales con talento, con lo que hicimos un opúsculo muy a nuestra medida. La verdad es que, como todos teníamos algo de bichos raros, no pensamos que la cosa fuera a funcionar. Simplemente nos encantaba pasar tiempo en aquel despacho. Casi siempre había allí alguno de nosotros (generalmente más de uno), entre las clases y durante las mismas, como si defendiéramos un fuerte. Nos reuníamos frecuentemente para planificar los contenidos, hablar de patrocinadores y poner a caldo a todo el mundo. Contra nuestros pronósticos, la revista ganó pronto a su público y empezamos a tener más notoriedad que el consejo de alumnos (al que logramos mantener a raya). Saboreamos durante un tiempo el que llamaban cuarto poder y entendimos su significado: El consejo nos respetaba (o temía), estábamos pared con pared y no era difícil enterarse de sus tejemanejes. Los profesores empezaron a medir sus palabras en clase para que no les sacáramos punta (o nos regalaban alguna agudeza para aparecer en nuestras "pizcas de genialidad"). La tirada se agotaba incluso antes que en la anterior publicación, y la gente ahora coleccionaba la revista completa. Nos embriagamos de la ambrosia de los poderosos (a muy pequeña escala) y lo disfrutamos… Aunque me siguieron dando por culo en Estructuras de Datos…

Por desgracia mis necesidades de manutención eran inversamente proporcionales a mis ingresos y me tuve que proponer muy en serio terminar mi vía crucis e intentar simultanearlo con el trabajo. La revista molaba mucho sí, pero era gratuita y aunque no lo hubiera sido, una tirada de 1500 ejemplares no habría dado de comer ni a un gorrión. Una vez más tuve que abandonar una actividad que me encantaba para enfrentarme al mundo cruel. Así que fui delegando poco a poco mis responsabilidades, hubo una cruenta lucha de sucesión y al final el proyecto murió, en su mejor momento, como las grandes estrellas de rock.

En ocasiones añoro mis tiempos de la Universidad. Eso suele pasar casi siempre cuando nos juntamos a comer o a cenar algunos de los amigos de entonces. El vino y la cerveza suelen nublar los sentidos y nos hacen volver con nostalgia a aquellos días que aparecen envueltos en una bruma de idealismo. Pero al final se impone el sentido común. Yo no digo que no se viva bien de estudiante, sobre todo cuando puedes vivir enganchado a la yugular de papá si que nadie te ponga pegas. En mi caso, los buenos recuerdos se limitan a hechos puntuales, algunos realmente significativos, otros meramente anecdóticos, aunque la mayoría poco tienen que ver con el ámbito estudiantil. Académicamente hablando las cosas no fueron, ni de lejos, de color rosa. Claro que yo no salía de botellón de jueves a domingo. No me recorrí las fiestas de todas las facultades a la búsqueda del coma etílico. Tuve muchos problemas para aprobar ciertas asignaturas (además me preocupaba no hacerlo). Y por si fuera poco había meses que no tenía dinero ni en la caja del Monopoly... Así que, sinceramente, la Universidad no es para tanto. Claro que si algún día tengo dinero de sobra y muchas ganas, igual vuelvo al campus para estudiar algo de humanidades y mejorar mi opinión al respecto... O mejor me voy de crucero hasta que se me quiten las ganas de hacer semejante gilipollez…