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miércoles, 21 de diciembre de 2011

Pinceladas Autobiográficas: El SUP3IA, un Don Juan nefasto

Vengo observando desde que escribo este blog, que contar los aspectos más ridículos y vergonzosos de mi vida, conlleva un curioso efecto liberador. Es como cuando le confiesas a un cura que has visto una revista guarrilla (sí, lo he hecho, las dos cosas, ver revistas guarrillas y confesárselo a un cura..., y creo que lo segundo es lo que me resulta más bochornoso). No se por qué, pero recordarme a mi mismo en situaciones absurdas y grotescas, me pone de buen humor y me ayuda a quitarle hierro a cualquier asunto (lo que dado mi estado anímico -léase el post anterior- viene francamente bien). Así que allá vamos de nuevo.

No se si los problemas para ligar son característica general de todos los SUP3IA, hasta ahora soy el único de mi especie que conozco en profundidad, por lo que se podría decir que el estudio no es concluyente. No soy quien para juzgarme a mi mismo en cuestiones físicas (a mi personalmente, el tío del espejo me parece un tipo bastante normal tirando a feillo, por más que mi mujer y mi hija digan que soy muy guapo). Por lo demás y siendo tan objetivo como es posible serlo al hablar de uno mismo, creo que, en general, siempre he estado en buena forma y he sido obsequiado con un razonable don de la palabra (bien es cierto que más escrito que hablado, pero bueno...)

Claro que también es un hecho, empíricamente demostrado, que un considerable número de tíos (y tías) objetivamente feos no han tenido problemas para comerse tantas roscas como se les han presentado por delante, y que en este hecho no tiene relevancia ni el dinero, ni la posición social, ni ningún otro aspecto mesurable del feo en cuestión, que pudiera decantar de su lado una posible conquista.

Por fortuna para mí, encontré la estabilidad emocional hace ya un buen puñado de años. Pero no siempre fue así. Mis conquistas exitosas se pueden contar con los dedos de una mano..., y sobran dedos. Y por si fuera poco dejé escapar algunas buenas oportunidades. Varios de mis intentos fueron estrepitosos fracasos y en unos pocos casos me quedé a las puertas del éxito.

Yo creo que mi principal problema es que soy un enamoradizo y un romántico. Ya hablé con anterioridad de ciertas moñerías que protagonizaba cuando caía "locamente enamorado" (hoy diría "locamente hormonado"). Concebía la conquista como un proceso lento y romántico, lo de los rollos rápidos no iba conmigo y por eso me estrellé unas pocas veces.

Al margen del instituto, donde tuve mi primer ligue y demasiados fracasos, el primer año de Universidad fue el que me ofreció las mejores oportunidades. Fue el único curso que salí, con cierta frecuencia, los fines de semana, y aunque heredé cierta responsabilidad de la época del instituto -cuando tenía hora de llegada a casa-, es cierto que podía recogerme un poco más tarde, y alcanzar así las horas de la madrugada donde las oportunidades parecen aumentar exponencialmente.

Una noche, ya bastante tarde, quedábamos un pequeño grupo en un bar rockero, de los pocos que, a mi juicio, ponían música decente. Una buena amiga me había presentado a una de las chicas un par de día antes y habíamos hecho buenas migas. Yo iba por mi segunda Coca-Cola, ella irían por su segundo cubata. A esas alturas se estaba acercando mucho, me hablaba más cerca de la boca que del oído y había rebasado, de forma muy evidente, el umbral de la insinuación sutil. Noté cierto olor etílico en su aliento y me pudieron mis principios caballerescos: No debía aprovecharme de la situación. Haciendo acopio de todas las fuerzas que da la sobriedad de la cafeína, recuperé cierta distancia. Fue muy duro, la chica estaba francamente bien. Tras perderla de vista un buen rato, la vi liada con un maromo cerca de la barra. La chica sólo quería pasar un buen rato y necesitaba un par de copas para lanzarse. Y yo estuve una semana repitiéndome mañana, tarde y noche: "Chaval, tú lo que eres es tooooonto...".

En otra ocasión la situación fue todavía más obvia. Me presentaron una muchacha estupenda (en todos los sentidos): simpática, alta, buen tipo y larga melena morena. Quedé con ella y otro par de amigos para toma un café una tarde. Saltándose todas las convenciones, pasó a buscarme por la pensión de estudiantes dónde yo vivía entonces. Mis compañeros incluso se asomaron al balcón para lanzarme vítores mientras la chica sonreía de forma maliciosa. Pasamos una tarde agradable de risas, tonteos y manitas. En algún momento la chica hizo alusión, muy de pasada, a un novio (algo del pasado o poco serio), pero durante un segundo me desconcertó e hizo saltar un chispazo en mi cabeza -Esto fue determinante en lo que pasaría un par de horas después-. El resto de la tarde siguió en la misma línea, y cuando ya había anochecido, tiré otra vez de mis principios caballerescos y la acompañé a casa. En la calle, al pie de su edificio, cruzamos unas últimas palabras y bromas, y cuando menos lo esperaba me plantó un largo beso que me nubló la vista. Entonces me miró unos segundos y fue y me preguntó: "¿Quieres subir?"...

Hagamos aquí una pausa dramática. ¿Qué habríais contestado? "Sí" ¿Verdad? PUES NO. Estaba dispuesto a olvidarme de todo ese rollo de la conquista y el proceso lento y romántico. Me hubiera encantado subir, pero durante un segundo se me vino a la cabeza la imagen de un novio cachas de 1’90, cornudo y cabreado (¿Por qué cachas y 1’90? ¿Por qué no 1’70 y tirando a canijillo? Pues yo que se, a aquella chica parecía pegarle más un novio de 1’90 y ya está…). Así que mi sentido común pudo más que las ganas -vamos que me acojoné-, rehusé con toda la entereza y cortesía que pude, y ahí se acabó todo. Me pegué noches sin dormir, con mi alter ego machacándome sin descanso: "De verdad que tú eres tonto, lo tuyo no tiene remedio, no te vas a comer ni un puñetero colín…".

Unas semanas más tarde, un día en el que ni siquiera tenía pensado salir (y eso que la ciudad estaba de fiesta con un festival de música), un compañero me convenció para ir a tomar algo. En un botellón conocí a una chica guapa y tímida, que no sabía como quitarse de encima a un moscón borracho que, precisamente, también era compañero mío. Intervine y de buena manera conseguí que el tipo la dejase tranquila. Charlamos y bebimos durante un buen rato, y al final, cuando dijo que se iba a casa, otra vez mis principios caballerescos hablaron por mí. Me ofrecí a acompañarla, pues sus amigas todavía se quedarían un rato. Aceptó con ciertas reticencias -no se si por timidez o desgana- y nos despedimos en el portal de su bloque con un casto beso en la mejilla. Yo pensaba que allí se había terminado todo, pero uno o dos días después coincidimos en el autobús yendo a clase. Le propuse acercarme a buscarla a su facultad para tomar un café y aceptó. Me dio su número de aula (a falta de teléfono móvil) y unas horas más tarde me planté allí. Cuando vi que todo el mundo salía de la clase y ella no estaba, se me cayó el alma al suelo y me morí de vergüenza -"Me ha dado un aula equivocada, que diablos, seguro que ni estudia aquí. Qué forma más cruel de dar calabazas..."- pensé. Por suerte, cuando ya me iba, apareció corriendo disculpándose por el despiste y nos tomamos ese café. Diez años después esa chica se convirtió en mi mujer. De modo que, al final, tengo que dar gracias por todos los fracasos que, de una forma u otra, me llevaron hasta ella.

Así que de ligar, lo que se dice ligar, ni puñetera idea oiga...

domingo, 16 de enero de 2011

Pinceladas Autobiográficas. El SUP3IA y el Trabajo (y III)

En los dominios del Señor Oscuro

Desde el principio me negué en rotundo a vivir en las tierras del Señor Oscuro. De entrada no tenía nada personal contra aquel pueblo, salvo que siempre me había dado la impresión de que el adjetivo "capital" le venía un poco grande, por mucho que alguien hubiera decidido meter un montón de dinero para hacer de él una ciudad de verdad, por el mero hecho del centralismo geográfico. Como lugar turístico no está nada mal, personalmente me encanta la historia y la arqueología. Pero a partir de las cinco de la tarde aquello está más muerto que el pájaro dodo... Y además ¿Por qué narices allí no levanta la niebla a medio día como en todas partes?... Lo que yo digo, aquel lugar tiene algo maligno. Así que decidí hacer el sacrificio, y durante un par de años en autobús y unos cuantos más en coche compartido, he estado yendo y viniendo. Ahora, después de un lustro de madrugones, carretera y comidas a deshora, tengo que reconocer que algo de inquina sí que le he cogido...

Como operador trabajé casi un año en el Servicio Regional de Tiritas y Fonendos. Estaba en la sección de Redes y Comunicaciones y tuve buenos jefes y mejores compañeros. Ya no hacía tantas salidas a servicios periféricos, aunque las idas y venidas diarias lo compensaban con creces. El trabajo tampoco era ingrato, básicamente consistía en gestionar y monitorizar las comunicaciones. Desde armarios de conexiones hasta configuración de proxys y firewalls. Pero sin grandes apreturas. La verdad es que el sistema estaba muy bien montado cuando yo llegué y había gente que pilotaba de sobra, con lo que no puede hacer mucho más que aprender de ellos unas cuantas cosas mientras estuve allí. Así que muchas mañanas las pasábamos optimizando configuraciones, leyendo documentación y curioseando en los proxys las páginas que visitaban algunos personajes confiados en sus acogedores y privados cubículos. Era una sensación de poder muy gratificante y, para que negarlo, nos echábamos unas risas; sobre todo al imaginar la cara de más de uno cuando al día siguiente intentaba emprender su sexual aventurilla del día anterior y se encontraba con el pantallazo de turno llamándole poco menos que viciosillo salido. La pena es que todo era demasiado aséptico: "La web que está intentando acceder ha sido bloqueada por el Servicio de Informática por su contenido inapropiado...". ¡Qué ganas de haber terminado el mensaje con un "GUARRO, DEJA DE TOCARTE" en Arial 72, negrita y rojo parpadeante...!

Tras casi cuatro años desde que terminara la carrera, se me presentó la oportunidad de volver al desarrollo. Sin que llegara a peligrar mi puesto en el Servicio Regional de Tiritas, me llamaron de la última de las bolsas, la de Técnico. En términos prácticos era el grupo laboral más alto al que podía acceder debido a mi titulación. Era en los Servicios Centrales de mi anterior destino, la Consejería de Asuntos Rurales. Tendría que seguir en Mordor, pero cobraba un poco más y además me destinaban a un ambicioso proyecto de .NET: ASP, Visual Basic y SQL.

Me costó un poco tomar la decisión porque estaba muy a gusto con mis compañeros. Pero las redes no terminaban de llenarme y prefería probar fortuna en un entorno del que a penas sabía nada. Para cuando tuve que incorporarme a mi nuevo puesto, ya había repasado mis apuntes de SQL, ojeado un manual de .NET y programado hábilmente un par de "Holas Mundos" bastante resultones. Estaba dispuesto a enfrentarme a los avatares de la programación de objetos y los frameworks de desarrollo. Llegué allí dispuesto a aprender y a comerme el mundo (después de decirle hola). Tuve una entrevista con mis nuevos jefes y me mostraron mi nuevo puesto..., en la sección de Infraestructuras y Comunicaciones. ¡Mierda!, más cables y redes...

Trabajar para la Administración tiene estas cosas. Te ofrecen un puesto que te interesa y aceptas, luego, si eso, ya te colocan ellos donde mejor les vienes. Ser informático en el ente público implica que todo te suene bastante y luego te especialices sobre la marcha, si es que te dejan. Sólo hay que ver el temario de una oposición: dominio de cinco lenguajes de programación, conocimientos de otros tantos sistemas operativos, abstracción y concreción de sistemas y modelos de datos, redes físicas y virtuales y, por supuesto, legislación sobre protección de datos, seguridad de comunicaciones telemáticas… (Vamos cien temas de puro infierno). Y como parece ser que mi año en el Servicio Regional de Tiritas había hecho de mi un experto en redes, mis servicios en esa sección eran poco menos que imprescindibles. Menos mal que no terminé en la asesoría jurídica por mis conocimientos sobre la Ley 59/2003 de Firma Electrónica. Yo creo que no se enteraron de que estaba saliendo con una abogada, si no me lo encasquetan fijo...

Durante casi otro año estuve haciendo prácticamente el mismo trabajo (aunque cobrando un poco más), pero finalmente el jefe del Servicio de Informática me llamó a su despacho y me dijo “Tú, a trabajar a Desarrollo...”. Por fin, mi oportunidad de hacer lo que quería.

Desarrollando espero

Desde que dejé atrás la Sección de Infraestructura y Comunicaciones han pasado ya casi tres años. Desde entonces trabajo en la que podría llamarse la aplicación insignia de esta santa casa. En realidad se trata de una aplicación monstruosa a la que se le está exigiendo mucho más de aquello para lo que fue concebida y que jamás estará terminada. Actualmente debe haber unas 2.000 tablas, 9.000 procedimientos almacenados, y no se cuantos cientos de formularios web y windows. Es una aberración tentacular descontrolada y con un nivel de elementos redundantes e inútiles que matarían de un infarto a los mismísimos Boyce y Codd.

Debido a mi inexperiencia (en desarrollo en general y en el framework de .NET en particular) estuve un año programando formularios web en ASP y formularios windows en Visual Basic. También me puse al día con el lenguaje de consulta Transact SQL hasta que fui capaz de montar procedimientos de cierta complejidad. Después, como resulta que ya era un experto (otra vez) y el análisis de alto nivel ya no tenía secretos para mi, me convertí, de la noche a la mañana en jefe de proyecto (pero claro, con el sueldo de un programador). Hasta entonces, desde mi humilde e infantil percepción del mundo, yo no concebía como era posible que una aplicación tan grande e importante, en la que trabajaba tanta gente capacitada, podía haber crecido de manera tan deforme y descontrolada. Pero cuando me otorgaron mi pequeña porción de marrones, en forma de subproyecto, y empecé a trabajar con gente de otros servicios ajenos a Informática (nosotros los llamamos gestores, en otros sitios los llaman clientes, pero su función es siempre la misma: tocar las pelotas), recibí una buena dosis de realidad marrón y pestilente en toda la boca.

El parcheo y el copy-paste son un arte, y este mundo está lleno de artistas. La desgracia de esta profesión es que muchas veces ni siquiera tienes otra opción y no hay más remedio que hacerlo así. Al cliente le importa tres narices cómo se hacen las cosas. Sólo quiere que funcione, que se vea como él quiere y que esté listo para ayer o antes de ayer. Total, eso no es más que cruzar un par de tablas en base de datos, y así hacen algo esos melenudos informáticos (léase en tono peyorativo) que se están rascando las bolas todo el día y viendo porno en Internet.

En fin, que en estos derroteros discurren mis días en el mundo laboral. Entre unas cosas y otras ya han  pasado casi 15 años desde que aquel pollo desorientado se echó a la calle con una carpeta llena de fotocopias del más triste de los currículum. Estoy muy lejos de haber logrado (al menos por ahora) el trabajo de mi vida, pero todavía soy joven y me quedan muchas cosas por hacer (al menos eso espero, que la vida es muy perra…). A ratos echo mis cuentas para ver cuando podría preparar una oposición. Otras veces conjeturo con mi futuro en la empresa privada. Y en ocasiones incluso jugueteo con la idea del autoempleo… Lo que sí es cierto es que me agobia bastante no sentirme preparado para ninguno de los tres caminos. Sólo tengo clara una cosa: quiero que mi trabajo sea un medio y no un fin. Quiero disfrutar de mi familia y de mis amigos, por encima de ganar más dinero o prestigio. Valoro tremendamente cada minuto de mi tiempo libre y aun así, en ocasiones, lo uso para seguir formándome, aunque procuro apuntar hacia cosas que me llaman la atención pese a que no me reporten un beneficio inmediato o quizás no me sirvan nunca en mi trabajo. Por lo demás todavía, a estas alturas de la vida, no tengo claro dónde acabaré. Aunque imagino que estos tiempos de incertidumbre casi nadie lo sabe.

viernes, 14 de enero de 2011

Pinceladas Autobiográficas. El SUP3IA y el Trabajo (II)

De la empresa privada al monstruo público

Después de aquella experiencia en Rotonda, y una vez que hube terminado la carrera, mi trabajo se fue encaminando cada vez más hacia aquello para lo que había estudiado (después de tantos años, yo y los ordenadores éramos uno, en perfecta simbiosis y conjunción). Durante unos meses estuve contratado como informático en una pequeña consultora para la que ya había hecho algunos trabajos de estraperlo. Cualquiera que conozca este negocio, comprenderá lo amplia que es la acepción "informático". Desde una red de ordenadores para impartir cursos hasta modestas páginas web con alguna osadía en flash, pasando por asesoramiento experto a la hora de comprar una nueva centralita telefónica. Afortunadamente por aquellos días, Internet ya había llegado a mi vida a la vertiginosa velocidad de 56k lo que me permitía complementar satisfactoriamente mi, ya de por sí, impresionante formación académica. El volumen de negocio de aquella pequeña empresa era más que cuestionable y sus jefes andaban algo dispersos en otros proyectos, así que esa aventura duró a penas seis meses.

La casualidad quiso que llegase a mis manos la convocatoria de una serie de bolsas de trabajo para el sector público. Fueron tres exámenes, uno por cada grupo: auxiliar, operador y técnico, todos ellos en la especialidad de Informática. La suerte, la tranquilidad y, nuevamente, mi portentosa formación universitaria arrojaron un resultado inevitable: aprobé los tres exámenes.

En el año 2003, me llamaron de la bolsa de auxiliar. Fueron buenos tiempos, principalmente porque trabajaba en la misma ciudad dónde vivía. Se trataba de un mastodóntico y céntrico edificio público donde coexistían varios organismos públicos distribuidos por sus diez plantas. Concretamente yo estaba destinado en la sede de los servicios territoriales de la Consejería de Asuntos Rústicos y Medio Campestre. De aquella sede dependían un montón de oficinas y dos o tres laboratorios de I+D. Todos estos centros estaban distribuidos a lo largo y ancho de la geografía de la región, así que no era raro que mi compañera (otra auxiliar) y yo tuviéramos que viajar a menudo, y muchas veces por los motivos más peregrinos. Pese a todo, aquellos días en los que teníamos que hacer alguna salida eran, posiblemente, los más interesantes. Cogíamos un coche oficial y frecuentemente acabábamos en algún pueblo a tomar por culo de todas partes, donde alguien se había aturullado enchufando una impresora.

Nuestros principales cometidos eran la implantación y configuración de nuevos sistemas en las diferentes sedes y la resolución incidencias "informáticas", lo que abarcaba desde parcheos en bastidores y armarios de comunicaciones hasta curiosos episodios con insolentes fotocopiadoras.

¡Anda que no instalé PCs por aquellos días! Más que informático parecía encargado de un acuario. Periódicamente la sede central, sita en la ilustre capital de la Comunidad Autónoma, nos enviaba docenas de nuevos equipos y un listado de oficinas que había que actualizar. Y allí que íbamos, mi compañera y yo, con el coche oficial cargado hasta las trancas, a pasar la mañana instalando y configurando ordenadores ante la atónita mirada de los trabajadores locales. Algunos de ellos inquietos y entusiasmados por las nuevas tecnologías, otros apolillados y nerviosos ante la perspectiva de enfrentarse a ese nuevo engendro tecnológico tan alejado del ábaco, o simplemente preocupados por si perdían sus documentos de güindous, lo que solía incluir unos cuantos documentos de texto y hojas de cálculo (de los que nunca nadie hacía copias de seguridad), un buen puñado de powerpoints chorras, unas pocas fotos de la última cena de Navidad y algún que otro vídeo guarrillo.

Ocasionalmente nos encontrábamos con verdaderos retos, como conseguir que un programa de consola de línea de comandos de principios de siglo (que debía haber implementado el mismísimo Von Newman) funcionase en Windows XP. Ya que era la única forma de que un señor septuagenario, reenganchado por una necesidad enfermiza de sentirse útil (o de alejarse de la parienta) pudiera desarrollar su vital cometido.

Fue una nueva época de chico para todo. En las jornadas más tranquilas, nos dedicábamos al cacharreo y al reciclaje. Cuando implantábamos los nuevos equipos en las delegaciones más importantes, las máquinas que retirábamos se reutilizaban en las oficinas más recónditas, donde había un par de administrativos añejos y poco volumen de trabajo. Formateo de discos, una modesta ampliación de memoria, un lavado de cara con cristasol y a correr. Aún así, por más analfabetismo digital que sufriera el destinatario del cacharro, era bastante triste encasquetarle un procesador 386 como la panacea de la era digital. Sobre todo a sabiendas de que en otras ubicaciones más privilegiadas se habían cambiado los equipamientos informáticos tres veces en dos años…

Aquello duró un par de años. Era un trabajo fácil, a veces incluso un poco rutinario y castrante. Una carrera profesional no crecía con ese tipo de cometidos. Yo siempre había querido dedicarme al desarrollo y al diseño, y aquello no me ayudaba a realizarme precisamente. Tanto era así, que me fui alejando de la programación paulatinamente, aunque mantuve un fino hilo de contacto gracias a que seguí haciendo algunas webs y enredando un poco en casa por mi cuenta. A cambio, tenía una jornada bastante cómoda y trabajaba a diez minutos de casa. No nos pagaban las horas extra, pero ocasionalmente, cuando tardábamos más de la cuenta en alguna salida, podíamos pasar modestas dietas o acumular horas para cogernos algún día libre. Con los años he aprendido a apreciar la vida tranquila y sin complicaciones, con lo que no me hubiera importado seguir en esa situación: haciendo lo mejor posible un trabajo que no requería una cualificación excesiva y dejando que mi mente inquieta me diera algún toque de vez en cuando para realizarme por otras vías. Pero las cosas buenas (o aceptables) se acaban. Haber aprobado unos exámenes no hacía de mi persona un empleado público de carrera. Yo era interino, lo que viene a ser como un trabajador temporal en las empresas privadas, pero con peor reputación. Con algunas ventajas de los funcionarios vale, pero también con todos sus inconvenientes y, por añadidura, con una situación de temporalidad igual de jodida que en la empresa privada (o peor). Y me explico:

Como ventaja, el horario era quizás lo mejor, oficialmente de 8 a 3, aunque ocasionalmente acabáramos algunos días a las cinco o las seis de la tarde, pero bueno, eran situaciones puntuales. Otra ventaja podría ser que mi permanencia en la "empresa" no dependía de mi buen rendimiento ni de un trabajo bien hecho (lo que como diré más adelante es también una gran desventaja). Salvo en casos extremos, a menos que la líes muy gorda, mantienes el trabajo mientras la silla que ocupas no la reclame un funcionario con plaza por cualquiera de los medios posibles: vueltas de bajas, concursos de traslado, oposiciones… Esto es, puedes tener suerte y que te llamen para cubrir un puesto por mucho tiempo, como en el caso de plazas de nueva creación o plazas que pertenecen a gente que está con comisiones de servicio en otros destinos… O te pueden llamar para una mierda de sustitución de quince días por una operación de apendicitis… Y a mi juicio, se acabaron las ventajas.

Cuando uno entra a trabajar en la Administración como trabajador temporal, sabe cuando empieza, pero no siempre cuando acaba. Da igual que te pegues quince días que quince años defendiendo un puesto (a uno no le hacen indefinido por ley como ocurre en las empresas). Cuando te llega el momento, te pueden decir de hoy para mañana: "oye, que tu plaza se ocupa, recoge tus cosas y suerte". Y ni hablar de indemnización por despido. Por esto decía que el hecho de no tener que rendir cuentas no siempre es una ventaja. Si eres un poco perro, está bien que te dejen tranquilo y no te exijan demasiado, pero si tienes iniciativa, te esfuerzas y eres, como se dice hoy día, proactivo, a todo el mundo se la trae pendulante. Este es a mi juicio uno de los mayores cánceres del empleo público. No existe un sistema eficaz que quite de en medio a los gorrones y las sanguijuelas o incentive a la gente más capaz, salvo quizás el dedo índice del director general de turno. Recuerdo el caso de un compañero que trabajaba en explotación de bases de datos. Llevaba trabajando aquí más años que la máquina de café, y había poca gente en el servicio que dominase Transact SQL la mitad de lo que él controlaba. Sin embargo le echaron a mediados de un mes de diciembre frío como los testículos del Yeti, a las puertas de la Navidad. Bonita forma de acabar un año: entregándole tu currículo a Papa Noel. Así despacha la Administración, defensora del empleo estable, a sus empleados temporales.

El sueldo tampoco es la panacea. Si tienes una plaza fija vale, no te haces rico pero tranquiliza bastante. Pero cuando eres interino, cobras 900 euros y te largas a la calle, después de cinco años, sin indemnización, es un poco más inquietante. Por no hablar de cuando vienen las vacas flacas, entonces eres tan empleado público como los demás, y nadie se corta un pelo en congelarte o bajarte el sueldo y soplarte 500 euros de la paga extra de Navidad.

Y por último, aunque no menos importante, el prestigio. No hace falta ni decir, lo que la mayoría de la gente piensa de la lacra de los empleados públicos (incluso yo lo pienso de muchos de los tipos que me he cruzado). A la hora de formarse un perfil profesional, haber trabajado para papá Estado en cualquiera de sus variantes, resta más que suma. A veces me pregunto qué coño hago yo aquí, cuando ni siquiera me veo con fuerzas para estudiar una oposición. La respuesta llega rápido. Tuve la suerte de empezar a trabajar pronto sin necesidad de emigrar. Esto era un buen primer trabajo, me acomodé en los pros y acepté los contras. Luego formé una familia y se resintió mi movilidad. Algunos necesitamos que la vida nos de un buen par de leches para emprender nuevos caminos. Tengo que reconocer que peco de cierto inmovilismo, y teniendo trabajo y mis necesidades cubiertas, a veces prefiero quejarme en lugar de actuar. Claro que vista como está la situación cualquiera deja un trabajo, levanta el campamento y la familia y se va de aventuras a Dubai.

El caso es que hasta ahora yo he tenido suerte en la Administración, y cuando le vi las orejas al lobo y me iba a echar a la calle (porque alguien reclamaba la plaza que yo disfrutaba) me llamaron de nuevo, esta vez de operador. Esto ya era un grupo superior, una ligera mejora en el sueldo y un cambio de destino, esta vez fuera de casa. Ahora me tocaba hacer dos horas de viaje para desplazarme, había que ir a la capital del imperio y volver, tenía el mismo horario (de 8 a 3) pero además había que sumar los desplazamientos. Empecé a levantarme a las seis y comer a las cuatro. Mi calidad de vida se redujo un par de horas. Comenzaba mi historia de amor y odio con Mordor.

martes, 11 de enero de 2011

Pinceladas Autobiográficas de un SUP3IA

Mi existencia todavía dista bastante de ser digna de una biografía. Más bien se parece a un folleto de agencia de viajes cutre, con alguna anécdota mencionable. Sin embargo, creo que es una buena forma de empezar esta nueva aventurilla digital pegando unas cuantas pinceladas sobre mi vida, eso sí, sin demasiado rigor ni pretensión de continuidad, y sólo hasta donde mi memoria (traicionera) me permita.

Con esto pretendo lograr un triple objetivo. Primero: Como tengo una memoria nefasta y le tengo pavor al Alzheimer, me obsesiona dejar testimonio, por insignificante que parezca, de mis vivencias y recuerdos, en forma de palabras o de imágenes (ni se los miles de fotos que tengo). Segundo: Me gusta mucho escribir y hacerlo sobre mí es una forma sutil de satisfacer mi ego. Además me resulta cómico recordar con humor o nostalgia cosas que, en su día, fueron un verdadero calvario. Tercero: De mi temor al Alzheimer se infiere mi preocupación para que, en el futuro, mi hija pueda leer en algún sitio la clase de persona que era su padre (aunque le avergüence decírselo a sus amigas)...

Quizás, en ocasiones, me he extendido más de la cuenta escribiendo sobre algunos temas, por eso me he tomado la molestia de dividir los artículos más densos. De todas formas ya sabéis, esto lo lee el que tenga ganas, y si no hala, a leer chorraditas en Tuenti…