martes, 29 de enero de 2013

Miedo a perderla

Hace algo más de una semana falleció la madre de un sobrino de Cris. Tenía a penas 40 años. Se la ha llevado un rápido y devastador cáncer. Olga no ha llegado a conocerla; el hermano de Cris y ella se separaron hace ya años -antes de nacer la niña- y, pese a alguna conversación por teléfono, no hemos vuelto a tener contacto en todo este tiempo. Sin embargo, su muerte ha afectado a Olga a un nivel muy primario.

No pensábamos haberle dicho nada de momento, pero hace unos días Cris estaba hablando por teléfono con su sobrino y la niña quiso hablar con su primo, por el que siente mucho cariño. Como ya le habían llegado campanas de que la madre de su primo estaba "malita", le preguntó al chaval por ella, así que se hizo necesario darle alguna explicación: "La mamá del primo se ha ido al Cielo, con el abuelo Pepe"... Su abuelo Pepe no ha sido para ella más que un retrato en el salón de la abuela que le infundía cierto respeto. A penas has visto un par de fotos de él. Pero en esta ocasión hay algo diferente. La niña no conocía a esta tía suya, pero había oído hablar de ella como alguien que estaba, pero ahora ya no está. Sabía que su primo tenía una madre y que ahora no la tiene. A su manera entiende que es alguien que se ha marchado a algún sitio y que no va a volver. Y sobre todo comprende una cosa: esa persona es la mamá de alguien cercano para ella... Su cabecita y su empatía han hecho el resto, y el resultado es que estos últimos días está evidenciando una notable preocupación por el tema, y de paso está siendo un ligero quebradero de cabeza para nosotros. Otra vez está durmiendo peor por la noche y se despierta asustada. De nuevo demanda mucho más a su madre junto a ella y la desarma con interpelaciones como "Mamá, tú no te vas a morir nunca ¿Verdad?"...

Desgraciadamente la muerte es un hecho mal aceptado en nuestra sociedad. Otras culturas la asumen con absoluta naturalidad como un acontecimiento más de la vida, pero no nosotros. No por desgracia. Tengo la certeza que hay muchos motivos para esta negativa, aunque creo que la principal razón es que adolecemos de un excesivo y egocéntrico sentimiento de individualidad, un "¿Cómo va a seguir mi mundo sin mí?"... En otros casos prima el miedo a lo que habrá después -si es que hay algo-, o la angustia ante el hecho de dejar simplemente de existir. Quizás para otros es la sensación de no querer dejar nada por hacer, o la aprensión por perder definitivamente el disfrute de la materia... En fin es un tema complicado. Muy arduo y extenso.

Como engañar a la niña y decirle que nosotros no vamos a morir nunca me parece más una vileza que una forma de protección, intentamos permanecer íntegros a nuestras convicciones diciéndole, con la mejor sonrisa posible, que a todos nos llegará la hora, pero que será dentro de mucho tiempo, cuando sea muy mayor y, en cierto modo, ya no nos necesite. También esto puede ser una mentira flagrante (pues es más bien el enunciado de un deseo y no un hecho incuestionable). Pero hasta este punto de sinceridad es, por ahora, hasta donde puedo soportar su carita de pena...

miércoles, 23 de enero de 2013

La historia de las cosas

Este es un vídeo un poco antiguo, pero en su día pegó el pelotazo en Internet. Yo lo he descubierto hace poco. No es que descubra nada nuevo a la mayoría -son esas verdades ante las que casi todos cerramos los ojos a diario- pero viene muy bien refrescar la memoria de vez en cuando.

martes, 22 de enero de 2013

¡Nieve!

Ha hecho frío, mucho frío, aunque eso no ha importado, porque ha sido, en parte gracias al frío, un gran fin de semana.

Como ya he comentado en alguna otra ocasión, hemos forjado una gran relación con los padres de algunos antiguos compañeros de guardería de Olga. Gracias al hilo conductor de la amistad entre nuestros hijos, hemos encontrado personas afines con las que ya hemos pasado unos cuantos buenos momentos. Los niños ahora están desperdigados por los colegios de la ciudad, pero en un esfuerzo (nada ingrato) por que sigan viéndose, surgen estupendas ocasiones para la convivencia entre los papás.

En esta ocasión nos hemos reunido cinco familias, diez adultos y siete niños, y hemos tomado por asalto una casa rural en Hervás. No es que hayamos tenido una climatología maravillosa (de hecho hemos pasado allí el temporal de este fin de semana), pero la chimenea, la comida y una moderada ingesta de alcohol nos han proporcionado las calorías precisas.

Llegamos a la casa rural Valdeamor el viernes por la tarde. Hacía frío en Hervás, pero la vivienda, bien acondicionada, no tardó en coger temperatura con la chimenea y el bullicio de siete pequeños torbellinos. Todos nos presentamos allí con cantidades ingentes de comida y bebida, así que esa tarde celebramos -con cierta opulencia- el cumpleaños de una de las niñas; la primera de las Tres Divinas que consigue un póquer de dedos. Pasamos una tarde estupenda, pero los enanos estaban tan revolucionados que costó Dios y ayuda acostarlos. Desde luego no fue a su hora, y finalmente se durmieron más allá de las doce. Fue entonces cuando los padres pudimos "descansar" un rato, desplegando toda nuestra destreza frente a una de las WII’s que un par de mentes preclaras tuvieron el acierto de llevar. Entre tenis, boxeo, bolos, golf y cubatas acabamos más allá de las tres de la mañana.

Sin ningún tipo de consideración hacia sus padres, y ajenos al hecho de que ellos mismos se habían acostado mucho más tarde de lo habitual, lo primeros pequeños empezaron a dar señales de vida poco después de las ocho de la mañana. No quedó pues más remedio que poner el sábado en marcha. Disfrutamos de un prolongado desayuno que resultó relativamente relajado, y después trazamos el plan del día. La idea era acercarnos a Candelario y subir a la primera plataforma para que los niños pudieran disfrutar de la nieve. Después comeríamos en el pueblo.

De camino a Candelario íbamos recreándonos con las vistas de una maravillosa carretera de montaña cuando empezó a llover. Según ascendíamos la lluvia dio paso a los primeros copos de nieve y para cuando llegamos a Candelario la nevada ya era bastante respetable. Poco después de iniciar el ascenso (unos seis o siete kilómetros) hacia la plataforma, un tipo (de protección civil imagino) nos dijo que el temporal hacía muy peligroso subir y que debíamos dar la vuelta... Los críos se llevaron un disgusto monumental (y los mayores también, para qué negarlo). Allí estábamos, pertrechados con nuestras ropas de nieve recién estrenadas, abrigados hasta las orejas, digiriendo nuestra decepción en la plaza de Candelario.


Pese a todo disfrutamos de una buena comida y una bulliciosa sobremesa en un restaurante del pueblo. A media tarde volvimos a Hervás. Mientras los mayores nos relajábamos con un café, los niños se asilvestraban en una estancia abuhardillada llena de cojines en la parte superior de la casa. Nadie durmió siesta aquella tarde. Como no nos apetecía apoltronarnos demasiado decidimos aprovechar la tregua que nos brindó el mal tiempo para dar un paseo, cuando ya caía la tarde, por el barrio judío de Hervás. Más o menos una hora después, con los niños suficientemente agotados, volvimos al calor del refugio para poner en marcha una elaborada estrategia de baños y cenas, con el fin de que todos los enanos y enanas estuvieran en la cama y dormidos no más tarde de las diez.

El baño fue todo un acontecimiento. Una de las habitaciones tenía una bañera jacuzzi, así que organizamos dos tandas de garbanzos en remojo. En primer lugar se bañaron las Tres Divinas (la cuarta niña, más pequeña, se había quedado dormida en el paseo). En el segundo turno fueron los tres chicos. Luego, ya límpidos y en pijama, les dimos la cena. Un rato después estaban todos en la cama y dormidos, sólo un poco más tarde de las diez.

Los adultos disfrutamos de una estupenda y tranquila cena que se prolongó en la sobremesa hasta más allá de las doce. Como un par de horas de conversación no parecieron suficientes para arreglar el país, los papás decidimos darle una oportunidad a los juegos de mesa y nos entregamos a las intrigas de la antigua Roma jugando a Tribuno, profanando, de paso, un buen ron con bebidas gaseosas. Las mamás sin embargo pensaron que todavía podían hacer algo por el estado de la nación y continuaron con la conversación (también convenientemente regada con algún cubata). Y en esas alcanzamos, otra vez, horas intempestivas.

Ponerse en marcha el domingo fue una tarea ardua, pero alentados por un cielo parcialmente despejado y la esperanza de alcanzar la nieve en un segundo intento, nos levantamos y desayunamos ávidamente. Teníamos que dejar la casa a mediodía así que no podíamos pararnos en desayunos ceremoniosos. Antes de las doce habíamos recogido y cargado los coches. Una hora más tarde llegamos a Candelario, subimos a la primera plataforma y, esta vez sí, pisamos la nieve.



Olga y los demás críos estaban emocionados. Corrían y resbalaban de un lado a otro cogiendo puñados de nieve. La lanzaban, la amontonaban y se revolcaban en ella (bendita ropa impermeable…). Durante la tarde del sábado y toda la noche había caído una espectacular nevada, así que había varios centímetros de nieve limpia, blanquísima y blanda como una mousse de nata. El paisaje tenía un aspecto fantástico. Las vistas eran espectaculares, y grandes y pequeños disfrutamos por igual.


Por desgracia el mágico momento terminó pronto. No llevábamos allí ni tres cuartos de hora cuando arreció el viento y de nuevo comenzó a nevar. Como no queríamos llevarnos sorpresas en la carretera durante la bajada decidimos emprender la marcha. Estábamos a uno o dos grados bajo cero, y el hielo y la nieve en aquella estrecha y sinuosa carretera, con los coches cargados hasta la bandera, no eran una buena perspectiva. Así, satisfechos con el agotador e intenso fin de semana, emprendimos el viaje de vuelta a casa.

lunes, 14 de enero de 2013

Un despistillo

Me considero una persona despistada. En algún momento de mi ajetreada vida me he puesto calcetines desparejados, me he colocado una camiseta con la etiqueta pa’lante o me he calzado los calzoncillos del revés. En un par de ocasiones me he olvidado de la pizza que tenía en el horno y he terminado cenando una suculenta porción de carbón con extra de mozzarella. Alguna vez he quemado un cazo al cocer arroz o unos huevos, no lo negaré. Incluso en ocasiones olvido fechas señaladas. Qué demonios, hasta me he pasado la salida de la autovía alguna vez...

Pero lo de esta señora belga es un poco excesivo. Ir en dirección a Bruselas, desde un pueblo a 150 kilómetros, y acabar cinco o seis países más allá, a casi 1500 kilómetros, es ligeramente desproporcionado. Es como si un día, yendo a trabajar (a poco más de 60 kilómetros), en lugar de encontrarme el cartel de "Mérida Patrimonio de la Humanidad", me doy de narices con uno que diga "Bienvenue à Eurodisney", así, sin darme cuenta... Nunca he estado en el Norte y el Centro de la Europa continental, pero la señalización tiene que ser un asco...

martes, 8 de enero de 2013

El típico balance ¿positivo? del año que acabó

Hoy es día 8, un poco tarde para balances anuales pensarán los avispados lectores, pero no desde mi punto de vista. Coincidirán conmigo, los que de un modo u otro festejan las pasadas fechas, en que el día de Reyes se antoja más adecuado para cerrar el ciclo anual. ¿Qué mejor día para hacer el añal balance que el día de Sus Majestades? A fin de cuentas son ellos los implacables brazos ejecutores de la justicia divina. Son ellos los que, hasta su día de autos, toman buena nota de quién ha sido bueno y quién ha sido malo. Ellos recompensan y ellos castigan... Bueno, eso, y que hasta hoy no he tenido ni ganas ni tiempo de escribir.

Decir a estas alturas que el año 2012 ha sido un año difícil es una obviedad tal, que merecería que alguien me diera un porrazo en todos los morros. En términos económicos, políticos y sociales ha sido poco menos que un desastre (¿poco menos?). Pero como pretendo, de verdad, parecer positivo en este post, voy a tratar de enfocar el tema desde una perspectiva más cercana y personal.

A nivel personal, y en lo tocante a mi ámbito más próximo, la situación no ha sido, ni mucho menos, la peor. La mayoría de mis familiares, amigos y conocidos más cercanos se mantienen bastante a flote. Algunos tienen incluso grandes perspectivas. Hay, por desgracia, algunas excepciones muy cercanas, pero confío en que ciertas nuevas oportunidades se conviertan, para personas muy queridas, en brillantes expectativas de futuro.

En lo relativo a nosotros, mi núcleo más íntimo y cercano, el 2012 ha sido, por lo menos, laboralmente estable. Cris y yo conservamos nuestros trabajos. Yo he sido ligeramente tocado económicamente, pero por fortuna no nos ha faltado ni comida en la mesa, ni unas breves vacaciones (más modestas que otros años), ni algunos pequeños caprichos.

Otros aspectos, sin embargo, incluso han mejorado más que notablemente. Desde su operación Olga no has vuelto a coger un resfriado serio. A penas has tenido décimas de fiebre por alguna pequeña infección. Escuchar su respiración pausada y tranquila cuando duerme es un auténtico alivio para nosotros. A falta de los resultados de su último estudio del sueño (que le hicieron a principios de diciembre), me atrevería a decir que las apneas han desparecido. Es todo un placer verla corretear arriba y abajo sin que a penas se le agite el aliento...

Parece que, después de todo, los Reyes Magos SÍ que me trajeron algunas de las cosas que les pedí el año pasado...

lunes, 17 de diciembre de 2012

21/12/2012

Pues ya lo tenemos encima otra vez, el fin del mundo digo… No es que esté especialmente alarmado la verdad. Creo que la fortuna está de mi lado ya que, sólo en la última década, he sobrevivido al efecto 2000, a la venida del anticristo, a la puesta en marcha del acelerador de partículas del CERN y al primer disco de Juntin Bieber, por comentar algunas de las ocasiones más escalofriantes y amenazantes... Y ya no hablemos de paranoias cada fin de año, guerras, cambio climático... etc.

Lo cierto es que son tantos los posibles motivos que nos pueden llevar al desastre que lo mejor es asumir que ocurrirá, no el viernes, sino en cualquier momento. No se cuan seguros están los científicos de la improbabilidad de impactos de meteoritos, llamaradas solares o la explosión de un supervolcán en el parque de Yellowstone... Según los geólogos son cosas que ya han pasado en la historia del planeta, así que, por lo que a mi respecta, es pretencioso pensar que no pueda pasarnos a nosotros y la verdad es que me preocupa poco ante la improbabilidad de detener tales acontecimientos...

En cualquier caso el apocalipsis sucede cada día para millones de personas. Miles mueren diariamente de hambre, millares sufren un pequeño armaggedon en forma de guerra a las puertas de sus casas. Cientos de familias sienten que el mundo se acaba con la pérdida de seres queridos a manos de la violencia. Decenas pierden sus trabajos y sus casas y el cielo se les cae encima... Así que, de una u otra forma, el final de los tiempos llega diariamente para muchísima gente para la que, a día de hoy, un meteorito gigante será el menor de sus problemas -incluso puede suponer un alivio-.

Además existen otros muchos factores de extinción masiva, a cerca de los cuales se nos está avisando desde hace tiempo y a los que nadie hace ni puto caso (entiéndase por "nadie" a los que realmente puede hace algo a gran escala. Que yo separe el cartón, el plástico y el vidrio, a estas alturas, me parece bastante intrascendente...). Todos esos escenarios catastróficos tienen un factor común: el ser humano está metido en la mierda hasta las cejas. Siempre he pensado que a lo largo de nuestra historia hemos estado dañando sistemáticamente nuestro entorno y a nosotros mismos. El problema que yo veo es que hasta este momento de nuestra existencia jamás habíamos tenido tanta capacidad de causar daños hasta límites irreversibles. Éstas posibilidades sí me preocupan, y me preocupan porque aunque a priori parecería mucho más sencillo poner remedio, por ejemplo, a los desequilibrios sociales o a la emisión de gases de efecto invernadero, la realidad se me antoja más difícil que desviar al planeta Niburu de su trayectoria con un misil termonuclear cabalgado por Bruce Willis gritando "YIHAAA!!!..."

El deshielo de los polos, la tectónica de placas, las catástrofes naturales, las guerras y hambrunas, o incluso la voracidad de los mercados financieros –tan de moda hoy día- no son nada nuevo, y desde luego no auguran nada bueno. Así que desde luego que sería deseable, como dicen algunos, que el día 21 no se nos cayera el cielo encima, sino que se desencadenase un cambio de mentalidad, una evolución del pensamiento colectivo que llevase a la humanidad a una nueva era de conciencia e iluminación intelectual... pfff... Me temo que para eso antes tendrían que venir los alienígenas de Raticulín y desatomizar a un buen puñado de descerebrados...

¿Os parece poco fin del mundo?... En resumen, que como no se si pasaremos del 21 de diciembre, de momento me reservo lo de Felices Fiestas y Prospero Año Nuevo para dentro de unos días... Mientras tanto feliz Apocalipsis a todos.

jueves, 29 de noviembre de 2012

Bólido

Igual es una tontada, pero ha sido el contrapunto interesante para un día rutinario y cansino (cosa que desgraciadamente viene siendo habitual). Esta mañana -serían las siete menos cuarto pasadas- acababa de recoger a mis compañeros de coche -conducía yo- e íbamos camino de nuestro vía crucis diario. No haría ni cinco minutos que habíamos salido a la autovía, a esas alturas los dos de atrás ya estaban oteándose el interior de los párpados, y mi copiloto y yo íbamos hablando de temas intrascendentes. De pronto hemos visto un destello bastante grande -considerablemente más luminoso que una estrella de las brillantes- seguido de una estela, cayendo con un ángulo 30 o 40 grados respecto a la perpendicular con la superficie. Lo hemos visto durante al menos 3 o 4 segundos, después se ha apagado con un chisporroteo a una distancia aparentemente corta -quizás unos cientos de metros- de la superficie.

Lo cierto es que el avistamiento nos ha proporcionado una conversación animada durante todo el trayecto (lo que viajando a Mordor a las 7 de la mañana es de agradecer), al menos a los que íbamos delante, porque los de atrás han abierto los ojos, han dicho "¿qué es eso?" y, sin esperar una respuesta, han caído inconscientes casi al instante... Pese a que a priori resultaba la opción más atractiva, hemos descartado de inmediato la hipótesis del ovni. Leyendo a Asimov, a Hawking y a otros genios que han escrito sobre el tema de los aliens, he llegado a convencerme -no sin cierta frustración- de que, si bien es casi irrefutable la hipótesis de la vida extraterrestre, es harto improbable que exista una civilización suficientemente avanzada o cercana para que tengamos contacto... Otra opción es que tengan tal tecnología que hagan saltar por los aires todas las leyes de la física que conocemos, cosa bastante improbable... La Ecuación Drake es a la vez una gran esperanza y un completo desengaño... Y además habría sido de lo más triste llegar hasta aquí para desaparecer volatilizado sobre la dehesa extremeña, y sin llevarse por delante ya no una ciudad o un pueblo, sino una mísera encina...

Así que la posibilidad más plausible es que hayamos visto un meteoro (o un trozo de chatarra espacial). En cualquier caso ha sido un acontecimiento novedoso. Dado su tamaño y el ángulo con el que caía, daba la impresión de estar bastante cerca (quizás unos pocos kilómetros), lo que hace bastante apetecible la idea de dar una vuelta por la zona para ver si vemos algo; aunque a priori la frase "ha caído en algún lugar entre Cáceres y Valdesalor" sea demasiado difusa para localizar el emplazamiento de un pedazo de lo que sea que, de perdurar tras la caída, no será mayor de unos pocos centímetros... Pero bueno, es algo que han visto varios compañeros de otros coches y nos ha dado un tema del que hablar para olvidarnos, al menos durante un ratito, de esta dichosa migración de sistemas que lleva mortificándonos dos semanas.

Se parecía bastante a esto, pero con otro ángulo...

jueves, 22 de noviembre de 2012

Pinceladas autobiográficas: ¿Quién teme al lobo feroz...?

Hombre, pues precisamente al lobo feroz nunca le tuve demasiado respeto. Casi me daba pena el pobre animal: Se comía a una niña repelente y a su abuela moribunda y llegaba un leñador que le rajaba la barriga o un cazador que lo cosía a balazos. Se zampaba a unos cuantos cabritos y llegaba mamá cabra y lo abría en canal, le llenaba la barriga con piedras y lo cosía (todo sin que el lobo se enterase... ¡olé la cabra cirujana!). Y con los tres cerditos ni siquiera probaba bocado y acababa dentro de una olla de agua hirviendo... ¿Por qué el pobre lobo tenía que ser vegetariano por cojones y yo me podía hartar de jamón o paletilla de cordero?... Era injusto.

Por lo demás ¿A qué teme un Sup3ia? Pues a un montón de cosas, como casi cualquier ser humano supongo. A fin de cuentas el miedo es algo que llevamos codificado en los genes... La mayoría de las cosas que aun hoy me erizan ocasionalmente los pelos de cogote tienen su origen en la infancia y en la imaginación desbordante de casi todo niño. Por lo demás los protagonistas suelen ser bastante poco originales, a saber: payasos, muñecas de porcelana, cuadros que mueven los ojos o los oscuros terrores de armarios y espacios bajo la cama...

Mi hermano y yo compartimos habitación durante casi toda nuestra niñez. Recuerdo que, siendo bastante pequeños, había un payaso de trapo colgado de la pared que fue durante muchos años una auténtica tortura. Cuando surge el tema del payaso en las conversaciones familiares, mi hermano suele decir que le tuve traumatizado hasta que le salió pelo en el pecho (bueno, en realidad el no se refiere exactamente "al pecho", pero en fin...). No se si llegamos a tener pelo en el pecho (o en cualquier otra parte), pero lo cierto es que pasamos un largo periodo de nuestra infancia durmiendo arropados hasta la cabeza (me atrevería a decir que también de la adolescencia...), dejando sólo un pequeño orificio para respirar, por donde obviamente no podía pasar monstruo ni payaso alguno... -"El payaso se ha movido..."- decía yo desde la profundidad de mis sábanas blindadas anti-monstruos. -"No es verdad..."- decía mi hermano, más bien poco convencido, desde lo más hondo de su escondite (también blindado)... El cine y la literatura lo han demostrado una y otra vez, los payasos no son de fiar ¿Qué pretendían esconder debajo de toda esa pintura y ropa hortera?... Lo que no alcanzo a comprender es por qué aquel payaso estuvo tanto tiempo allí. Supongo que ni mi hermano ni yo fuimos capaces de reconocer ante nuestros padres que el absurdo muñeco nos asustaba. O quizás nunca dijimos nada por temor a las represalias del espantajo..., mis padres no eran de tirar juguetes porque sí, así que seguro que nuestro Chucky particular volvería cualquier día desde el infame cajón olvidado en que se encontrase para atormentarnos...

Mi pobre hermano ha sido copartícipe de todos mis terrores infantiles. Además, yo tenía la mala costumbre de afianzar esos miedos dándole algunos sustos terribles. Cuando recuerdo los malos ratos que hacía pasar a mi sufrido hermano pequeño, me entran unos remordimientos tremendos. Yo era el mayor, y mis padres no solían ver muy bien que le devolviese los golpes cuando nos peleábamos, así que en lugar de eso le torturaba psicológicamente ¿Qué otra cosa podía hacer? A parte de las peleas habituales entre hermanos, en general teníamos muy buena relación, así que yo, como hermano mayor, era algo así como un modelo para él y de pequeñajo me seguía a todas partes (aunque fuera perjudicial para su salud)... En cualquier momento dado yo podía salir corriendo hacia el pasillo, mi hermano tardaba poco en venir detrás de mi, pero para cuando eso ocurría yo ya estaba escondido en cualquier habitación y el avanzaba cautelosamente por el pasillo llamándome sin obtener respuesta... El susto, claro, era de dimensiones épicas. Otras veces, cuando nos peleábamos y me pegaba, me hacía el muerto. Era capaz de aguantar durante minutos -que para él debían ser eternos- tirado en el suelo sin moverme. No me imagino la angustia que debía sentir el pobre mientras escuchaba a mis padres llegar por el pasillo... De verdad que lo siento hermanito.

Como todos los niños, guardo muy buenos recuerdos del pueblo de los abuelos. Pero incluso allí la imaginación se me desbocaba y me jugaba malas pasadas (y una vez más también mi hermano sufría las consecuencias). La casa del pueblo era (es) una casa grande con dos plantas. No era una casa especialmente vieja (y después de la reforma que han hecho mis padres ha quedado estupenda), pero estaba llena de imágenes religiosas, huecos tras las cortinas, habitaciones por las que, por alguna razón, era una verdadera angustia pasar y una cámara en la planta de arriba, llena de trastos viejos, que podía albergar seres incognoscibles... Había un viejo cuadro de una gitana con una guitarra, que movía los ojos. Había una mancha en la pared que recordaba al bisabuelo muerto. Y luego estaban esos cuadros de angelitos sobre nuestras camas, mirando, precisamente, hacia abajo... No tengo nada en contra de los angelitos, pero padres y abuelos del mundo, a ver si nos metemos en la cabeza que la sensación de sentirse observado cuando intentas dormir es bastante desagradable...

Lo de las muñecas de porcelana también me viene de lejos y creo que la culpa la tuvo una peli de los setenta en la que salía una niña con una esas muñecas, bastante chunga por cierto... Ni siquiera se si llegué a ver la película completa, mis padres vigilaban bastante las cosas que veíamos en la televisión (vamos, igualito que la mayoría de los padres de ahora...). Es uno de esos recuerdos difusos pero que nunca he olvidado, y creo que, en mi caso, fue el detonante de mi fobia. De hecho aún hoy me dan bastante grima. Mi suegra tenía una de esas cosas de rostro mortecino (aun la tiene) en el dormitorio que usamos cuando vamos a visitarla. Lo primero que siempre hacía cuando entraba en la habitación era coger la muñeca y sacarla a una silla en el pasillo. Cada vez que volvíamos a pasar un fin de semana me la encontraba de nuevo en la cómoda (obviamente mi suegra la volvía a colocar allí cuando nos íbamos... eso quiero pensar). El caso es que en una ocasión, siendo Olga aún pequeña, tracé un malévolo plan... Por aquel entonces la niña todavía dormía con nosotros, y solíamos poner la cuna de viaje junto a nuestra cama. Un día acerqué la cuna un poquito más de lo habitual a la cómoda, puse la muñeca algo más cerca del borde y me senté pacientemente en la cama a observar el desarrollo de mi argucia... Al rato el plan surtió efecto, la niña cogió la muñeca y al poco la dejó caer al suelo... -"¡Cris!"- grité desde el dormitorio -"¡Tu hija se acaba de cargar la muñeca...!"- Cuando Cris llegó a la habitación primero miró a la pequeñaja. Olga le devolvió la mirada y entonces lo supe. La niña se había chivado telepáticamente... ¡Maldito vínculo del lactante!... El tiro me salió por la culata, porque la cara de la muñeca sólo se rompió en un par de pedazos y Cris me obligó a repararla con pegamento. En consecuencia ahora no sólo la muñeca sigue estando sobre la cómoda del dormitorio, sino que encima tiene una horrible cicatriz cruzándole la cara, todavía me da más mal rollo que antes y seguramente me odia...

Muñecas, payasos y cuadros de gitanas que te miran no han sido los únicos protagonistas de mis desvelos. Nunca me gustaron los armarios con puertas a medio cerrar (aún hoy voy cerrando armarios detrás de mi mujer, a quien parece no importarle las magnitud de las aberraciones que pueden ocultarse ahí dentro y que, como todo el mundo sabe, no son capaces de empujar una puerta...). Dormir con un brazo o un pie fuera de la cama, mirar profundamente hacia la oscuridad o dentro de un espejo... En fin, mil y una paranoias que, con el paso de los años, han quedado como pequeñas reminiscencias de terrores infantiles implantadas, ya no por miedo, sino por la fuerza de la costumbre y, que pese al mal rato de entonces, buscamos reproducir a través de literatura y películas (otro día hablaré del drama contemporáneo de vampiros amariconados que brillan a la luz del día en lugar de freírse como todo demonio chupasangres que se precie...).

Lamentablemente ahora los miedos son mucho menos sobrenaturales, más tangibles y, desde luego, menos estimulantes. Ocupan este blog y los de algunos amigos desde hace años, así como los periódicos y noticiarios, y no basta con encender la luz para escapar de ellos... Yo al menos me complazco pensando que no hace mucho, cuando mi hija aún no hablaba, un escalofrío me recorría la espalda cuando se quedaba mirando al techo o a un rincón y sonreía. Estoy esperando como agua de mayo la estimulante descarga de adrenalina que me producirá enfrentarme a su primer amigo imaginario...

lunes, 19 de noviembre de 2012

El mercado de las tres culturas

El pasado fin de semana se ha celebrado en Cáceres el XI Mercado de las Tres Culturas. Se podría decir que soy fiel a este acontecimiento desde su primera edición (puede que me lo haya perdido algunos años, pero no creo que más de dos o tres). Aunque este año ha sido bastante especial, sobre todo para Olga, que lo ha vivido con mucha intensidad.

Nuestro primer acercamiento tuvo lugar la tarde-noche del jueves. El mercado se inauguró sobre las seis, y nosotros lo estuvimos recorriendo con la niña desde las seis y media o las siete hasta pasadas las ocho y media. Como era jueves todo estaba bastante tranquilo. Había poca gente -aún no había llegado la saturación del fin de semana- y Cris, Olga y yo disfrutamos de un agradable paseo. En la plaza de San Juan nos encontramos con un pasacalles. Cinco músicos del medievo animaban el ambiente con sus clarinetes, gaitas y tambores. Las trovadorescas melodías de matices norteños hipnotizaron a Olga, que los observó sin pestañear mientras disfrutaba de una magdalena artesanal de tamaño familiar. Sólo logramos que se olvidara de los juglares cuando se subió en el tiovivo de manivela que nos encontramos en la Plaza de San Jorge.

Pronto llegó la hora de cenar y decidimos tomar algo en uno de los puestos de carne a la brasa en la plaza de Santa María. Unos choricitos criollos, una ración de croquetas caseras, patatas fritas y unos refrescos... un pequeño atraco, aunque menos que otros años. Será la crisis.


El día grande para la enana llegó el domingo (hubiera sido el sábado, pero la lluvia nos aguó la fiesta). Mamá se había tenido que ir a cuidar de la abuela de Coria, pero los abuelos de Badajoz estaban aquí y venían con ganas de niña y de mercado medieval. A las doce y algo ya estábamos entre tenderetes. Se notaba que el tiempo daba tregua y nos regalaba un domingo de cielo azul, sol y buena temperatura, la calle estaba repleta. Olga empezó repitiendo magdalena, aunque acababa de tomar algo de fruta y esta vez me tuve que terminar yo el dulce.


De paso por San Juan Olga exclama: -"¡Papá burritos! Me quiero montar..."- Le digo que más tarde. Acepta a regañadientes, aunque ya no dejaría de hablar de los burros en toda la mañana. De camino al Arco de la Estrella oímos un alboroto de niños y graznidos. Por ahí llegaba el paseo de las ocas. Empezamos teniendo suerte (no habíamos conseguido verlas el jueves). Olga se detiene y observa embobada como el tropel de palmípedos pasa rozándole las piernas... -"Las ocas son un poquito revoltosas papi"- me dice. Continuamos subiendo hasta cruzar el Arco y entramos en el recinto amurallado.

La parte antigua estaba repleta de gente aunque, salvo algún embotellamiento ocasional, el paseo no resultaba incómodo. Cruzamos entre los aromas de dulces y carnes a la brasa de la plaza de Santa María y subimos tranquilamente en dirección a la zona donde se asentaba la cultura árabe, la Plaza de las Veletas y San Mateo. Pasamos junto al tiovivo en San Jorge, Olga quería montar de nuevo, pero no resultó difícil disuadirla. Había una razonable cola, lo que anticipaba un rato de espera que no nos apetecía a ninguno. Vagabundeamos un buen rato entre calles y gente: Armas y yelmos de moros y cristianos, jaimas y teterías, utensilios de tortura, artesanía... Entonces llegó uno de los mejores momentos del día: en la plaza de San Mateo nos encontramos con los trovadores de días antes, los que tanto habían gustado a Olga. Nos detuvimos a verlos un rato. Tocaban animadamente rodeados de un buen grupo de gente. La niña se adelantó un poquito, después un poquito más. Estaba embelesada. Cuando terminaron de tocar le pregunté: -"¿Quieres que les compremos su música?"- Asintió con la cabeza sin dejar de mirarles. Me acerqué con la niña y les pedí un disco. Olga les dio el dinero y cogió el CD. Muy agradecidos se acercaron, cruzamos unas palabras y dedicaron caricias y sonrisas a su pequeña fan. Acto seguido rodearon a Olga y tocaron para ella -yo me mantuve a un par de metros-. La niña, alucinada, permanecía completamente inmóvil, con su CD en la mano, muy seria (como siempre). Observaba a su alrededor sin inmutarse y a penas sonriendo un par de veces... Pero su pie derecho la delataba, estaba siguiendo el ritmo... Cuando acabaron, les dimos las gracias y nos despedimos mientras unos cuantos observadores más se interesaban por el disco. Cogí a Olga en brazos y, todavía sobrecogida, me dijo: -"Papá, se me ha metido la música en la barriga..."-.


Ya bajábamos de vuelta a San Juan -para ver si localizábamos la recua de borricos- cuando un amigo, con el que nos cruzamos, nos informó de que la exhibición de animales de cetrería se hallaba junto a la antigua Facultad de Derecho. Así que nos dirigimos para allá y dedicamos unos minutos a admirar a buitres, águilas, búhos, lechuzas y otras rapaces. A unos metros estaban las ocas, esta vez en su redil, lo que hizo las delicias de Olga.

Un rato más tarde, finalizó nuestro periplo medieval en la plaza de San Juan, con la niña cabalgando a lomos de un dócil y travieso asno llamado Shrek, que se pasó los diez minutos del paseo intentando morderle la cola y las patas traseras al burro que le precedía en la cuerda. Afortunadamente los equinos iban con paso calmo y yo pude caminar junto a mi pequeña amazona sujetándola ocasionalmente por la cintura, porque de otro modo Olga se habría caído de su montura debido a un ataque de risa...

miércoles, 7 de noviembre de 2012

Un par de ejemplos de austeridad

Se que es darle más vueltas a lo mismo y que el nivel de mosqueo general es ya suficientemente elevado como para seguir toqueteando las gónadas al personal. Pero que le vamos a hacer, si sólo estoy cabreado yo no tiene la misma gracia...

He aquí dos de las noticias que hoy me han llamado la atención. Hay muchas otras -todas malas- pero estas me han encantado por la coherencia que le dan a los mensajes de esfuerzo y austeridad que nos envía el des-Gobierno.

El PP rechaza suprimir el presupuesto para traducción simultánea en el Senado. 330.000 euros –poca cosa-. Total es un gasto insignificante que por otro lado sirve para tener contentos a cuatro gilipollas que además hablan perfectamente castellano...

El gasto en la renovación del sitio web del Senado asciende a 448.820 euros. Que digo yo que la web tiene que ser la leche merengada. Entiendo que un site tan ""importante"" como el del Senado deba tener una inversión adecuada en lo mejorcito en tecnología web. Pero en el propio artículo se mencionan opciones más económicas... Claro que esto es lo de siempre: mientras seguramente el trabajo de verdad lo haya hecho un pobre becario por 900 euros al mes, el amigo de alguien se habrá embolsado una buena prima sutilmente enmascarada con palabras bonitas y muy técnicas, y caras licencias de software... No es que sea lo mismo, pero conozco informáticos que montan portales web completos por 300 euros, claro que ellos no están tan bien relacionados... 

Y todo esto en un momento en el que, precisamente, gran parte de la sociedad y del mundo de la política se está cuestionando la utilidad de una institución como el Senado...

ACTUALIZACIÓN (27 de Noviembre de 2012)

Un ingeniero crea un clon de la web del senado sin gastar un euro en licencias... Ahora vas y lo cascas...