Cualquiera podría decir que esta entrada va sobre Halloween, pero no, va sobre Semana Santa, y a continuación me explico. Para Olga, con sus recién cumplidos tres años, esta es la primera Semana Santa en la que ha sido consciente de que "pasaban cosas extrañas" a su alrededor. Y eso que no hemos hecho nada especial, no hemos ido a ningún sitio -a penas hemos estado un par de días Coria-, y yo he estado otra vez fastidiado –aun lo estoy- con una laringitis que nuevamente me ha dejado fuera de combate (no se que me pasa últimamente, que cada vez que pillo un catarro se me agarra a la laringe y me deja sin voz varios días...). Pero al menos la niña ha visto alguna procesión (no sin cierto recelo) y nos ha regalado alguna de sus perlas (de esas que nos dejan a los padres en evidencia).
Salimos el Viernes Santo a visitar los monumentos de algunas iglesias de Coria (lo que parece ser una tradición). Después de estar en la iglesia del barrio y en la Catedral, nos pareció mejor idea visitar otros monumentos -en jarra y con tapa- y nos fuimos a tomar algo con un primo de Cris, su mujer y su hija -prima de la misma edad que Olga-. Por el camino nos encontramos con una procesión (creo que era la del Santo Entierro). Nos hallábamos esperando a pasos y penitentes en una de las puertas de la muralla. La comitiva venía hacia nosotros por una de las estrechas calles del casco histórico de Coria. Los tambores retronaban cada vez más cerca y Olga se agarraba a mi cuello, más bien disgustada con la percusión. Por fin la convencimos para que se pusiera en primera fila con su prima (que por cierto se mostraba bastante más entusiasmada que nuestra hija). De pronto paran los tambores y justo frente a nosotros se detiene el paso del Santo Sepulcro. Reina un silencio solemne. Entonces la niña señala a los nazarenos de la Cofradía del Cristo de la Salud -que visten capuchas blancas- y grita: "¡mira fantasmas!". Inmediatamente Cris le tapa la boca a la enana, me dedica una media sonrisa y los dos miramos de reojo a nuestro alrededor. Se ven muchas sonrisas y alguna cara ajada de disgusto. Bueno, no pasa nada, son cosas de niños...
El desfile reanuda su marcha aun en silencio y entonces pasan frente a nosotros unos cuantos cofrades del Cristo de los Afligidos, con sus austeras túnicas marrones y una capucha -sin capirote- que les cubre la cabeza y parte del rostro. Olga los mira y exclama sobresaltada: “¡mami son brujas!”...
–"Cris, coge a la niña y vámonos de aquí..."- susurro -"No me gusta como nos está mirando el nazareno de la cruz grande de hierro... Y se acabaron los cuentos donde salga cualquier cosa que no sea una princesita hortera y un pony rosa... "-. Claro que quién puede reprochárselo a la niña, siempre he pensado que ciertas tradiciones y estéticas de estas fechas son, cuanto menos, pelín siniestras.



