miércoles, 21 de noviembre de 2018

Bichejos

Creo que ya lo he mencionado en alguna ocasión: me encanta nuestro piso. Vivimos en una zona residencial tranquila, alejada del centro (lo cual sería muchísimo mejor si los transportes públicos funcionaran de otra manera...). Tenemos el privilegio de disfrutar de un gran patio con fantásticas vistas a una enorme finca donde a menudo pasta el ganado. Por allí el silencio y la calma son la tónica general, sólo rotos ocasionalmente por algún vecino ruidoso, algún otro de gustos musicales un tanto cuestionables o el zumbado que de vez en cuando escucha el fútbol, con la radio a toda pastilla, en su propio patio o terraza... Pero por lo demás nada de tráfico, aire más fresco y limpio, noches apreciablemente más estrelladas... Campo, rumiantes y pajarillos... Puro bucolísmo vaya... Menos cuando llegas a casa y a un metro de la rejilla de TU lavadero te encuentras bichos como estos...
He pisado en un par de días más de una docena de estas... ¡ARG!
Y este colega medía sus buenos 10 o 12 centímetros...
Entonces la idea de mudarte a un piso, lo más alto posible, en el puñetero e insano centro, se te pasa fugazmente por la cabeza...

martes, 31 de julio de 2018

Verano de 2018. Edimburgo.

Corre el verano de 2018. No es de los peores en cuanto al calor, pero en Extremadura el calor del verano, por suave que resulte en contadas ocasiones, siempre se me antoja demasiado..., así que, como ya viene siendo habitual en nuestras escapadas estivales, buscamos destinos más septentrionales. Este año, por cierto, es la vez que más nos hemos acercado al septentrión de todos nuestros viajes: nos hemos dejado caer por Escocia.

Nuestra estancia se ha limitado principalmente Edimburgo, aunque uno de los días hicimos una excursión en la que disfrutamos de un rápido tour panorámico por Glasgow y dimos un pequeño mordisco a las Highlands, con sus lagos y castillos.

Edimburgo me ha parecido una ciudad fantástica (creo que se ha convertido en mi favorita entre las capitales europeas que conozco...). Además, contra todo pronóstico, hemos disfrutado de un tiempo estupendo, con buena temperatura y un par de esporádicas y breves apariciones de eso que los anglosajones llaman "gentle rain".

Día 1

Llegamos a la capital escocesa el día 15 de julio. Nuestro avión aterrizó sobre las seis y cuarto de la tarde, pero entre traslado al hotel, check-in y acomodamiento en la habitación, nos dieron casi las siete y media cuando quisimos salir a la calle... A esas horas podíamos hacer poco más que dar una vuelta por el West End (la zona por donde se encontraba nuestro hotel, el Hampton by Hilton, en Fountainbridge St.) y mimetizarnos con los lugareños cenando tempranito. Así pues, tras un breve paseo que nos llevó hasta las inmediaciones de los jardines Princes Street, entramos a cenar en un interesante lugar llamado Bread Meats Bread en Lothian Rd.

Vista de Castle Rock desde Princes Street.
Día 2

El lunes 16 empezó nuestro periplo por la ciudad. Como de costumbre, nuestra primera referencia fueron los autobuses turísticos (sí, ya sé que no es la forma más bohemia y aventurera de viajar, pero cuando viajas con peques hay que jugar sobre seguro...). Preparando el viaje habíamos tenido conocimiento de una opción muy interesante: el Royal Edinburgh Ticket. Esto es un pase de 48 horas que te permite viajar de forma ilimitada en las tres líneas de buses turísticos que recorren la ciudad y que incluye las entradas al Castillo de Edimburgo, al Palacio de Holyroodhouse y al Royal Yacht Britannia. Además te hacen descuentos en otro montón de sitios... Es un poco caro, pero echando cuentas lo cierto es que compensa y garantiza dos días de despreocupación en cuanto a desplazamientos y visitas. Además creo que es una alternativa genial para ubicarse en la ciudad y luego patear por tu cuenta... Total que cogimos nuestros tickets en Waverley Bridge y subimos al primer autobús.

Nos bajamos del bus en la Royal Mile, la calle más emblemática de la Old Town. Royal Mile une el Castillo con el Palacio de Holyroodhouse y es la calle más antigua de la ciudad. Nuestro objetivo inicial era haber subido directamente al Castillo, pero de camino nos encontramos con el edificio de la Camera Obscura y tuvimos que cambiar los planes. La Camera Obscura es un curioso artefacto construido en el siglo XIX que emplea lentes y espejos para proyectar imágenes de Edimburgo en tiempo real sobre una pantalla horizontal. Además el edificio alberga la exposición World of Illusions, donde se puede disfrutar de toda suerte de efectos e ilusiones ópticas que nos tuvieron entretenidos durante más de una hora. Como guinda, el edificio tiene un magnífico mirador que permite disfrutar de estupendas vistas de la ciudad.

Royal Mile.
Vista desde el mirador de la Camera Obscura.
Más tarde continuamos nuestro ascenso hasta la explanada del Castillo, pero se había hecho tarde e iba siendo hora de comer algo. La visita a la fortaleza requería más de dos horas, así que decidimos postponerla y volvimos a la zona de Princes Street, donde comimos -un poco regular- en un Pizza Hut (quizás fue la peor experiencia culinaria del viaje, luego la cosa fue a mejor...).

Una cosa bastante significativa de Edimburgo hoy día es su relación con la conocida saga de libros y películas de Harry Potter. J.K. Rowling ha escrito la mayoría de los libros en Edimburgo y de hecho la ciudad está llena de lugares que al parecer le sirvieron de inspiración... Dado que Olga ha leído varios de los libros y ha visto todas las películas podría decirse que es una fan, así que por la tarde, después de un tranquilo café, tocó hacer nuestro pequeño tour de Harry Potter...

Vista del Castillo desde Grassmarket.
Fuimos en autobús hasta Grassmarket y desde allí subimos por Victoria Street (justo en la intersección de estas dos calles está la fuente medieval de West Bow). Parece ser que Victoria Street sirvió de inspiración para el famoso callejón Diagón de los libros de Harry Potter, de hecho hay varias tiendas que venden todo tipo de artilugios relacionados con las historias del famoso mago; una de ellas es además un pequeño museo (que obviamente tuvimos que visitar). En su parte más elevada Victoria Street desemboca en George IV Bridge, donde está The Elephant House, una cafetería que se ha hecho famosa porque J.K. Rowling solía pasar muchas horas allí escribiendo. Siguiendo hacia el sur por George IV Bridge se llega al cementerio de Greyfriars Kirkyard. Dicen que este camposanto sirvió también de inspiración a la escritora para sus novelas y que las inscripciones del ciertas lápidas dieron nombre a algunos de los personajes... Lo cierto es que este cementerio ya era uno de los más conocidos de la ciudad por sus historias paranormales (Edimburgo está impregnada de historias sobre fantasmas y leyendas siniestras) y por el pequeño perrito Bobby (del que se puede ver una pequeña estatua de bronce frente a la entrada del cementerio). Se cuenta que el perrete -un Skye Terrier- permaneció catorce años junto a la tumba de su amo (un policía que murió de tuberculosis a mediados del siglo XIX, según algunas versiones). Este ejemplo de lealtad perruna ha hecho del can uno de los símbolos más queridos de la ciudad... Finalmente, desde el cementerio, a lo lejos, tras una gran reja de hierro, está la escuela de George Heriott, que sirvió de inspiración para Howgarts, pero no pudimos visitarla porque por estas fechas todavía hay alumnos allí.

Victoria Street.
Cementerio de Greyfriars Kirkyard.
Después de dedicar un buen rato a callejear buscando los pasos del niño mago volvimos a la Royal Mile donde, tras un pequeño paseo, pusimos el broche de oro al día cenando en Deacon Brodie's Tavern, uno de esos pubs típicos, típicos, donde nos zampamos un merecido Fish & Chips.. Después de eso vuelta al hotel a morir hasta la mañana siguiente.


Día 3

El martes -17 de julio- amaneció muy nublado y algo más fresco, incluso llovió suavemente en un par de ocasiones durante la mañana; pero nuestra determinación para aprovechar el día a tope era firme. De camino a la parada del bus nos detuvimos en un Tesco Express y compramos unos sandwiches para el almuerzo. A esas alturas de nuestra estancia ya estábamos completamente imbuidos de las costumbres gastronómicas anglosajonas, a saber: un tempranero desayuno continental en el hotel, un ligero almuerzo a media mañana (sin parar demasiado) y una buena cena no muy tarde. Estas pautas nos permitían no perder mucho tiempo y adaptarnos mejor a los horarios de los lugares que queríamos visitar. Después de abastecernos, cogimos el bus que nos dejó en Royal Mile, a unos metros de la subida al Castillo.

Vista desde el Castillo.
El Castillo de Edimburgo se asienta sobre un tapón volcánico conocido como Castle Rock. Esta fortaleza es el lugar turístico -de pago- más visitado de Escocia. Recorrer todos los puntos de interés sin muchos aprietos lleva entre dos y tres horas. Tiene un montón de lugares interesantes y unas vistas increíbles de la la ciudad. Además una de las cosas más chulas que tienen, pensada para los peques, es un cuestionario con fotos y dibujos para que se entretengan durante un buen rato explorando la fortaleza. Al salir, si quieres, el personal de la entrada (super amable) revisa el quiz y dan un pequeño obsequio a los niños.

Castillo de Edimburgo: The Honours of Scotland.
Castillo de Edimburgo: The Scottish National War Memorial.
Como nuestro plan para la tarde era visitar el Royal Yacht Britannia, cogimos un bus hasta el barrio portuario de Leith. Nos bajamos en un bonito centro comercial, el Ocean Terminal, donde también se encuentra el centro de atención a visitantes del Britannia y el acceso al buque. Con la visita al Castillo y el desplazamiento hasta Leith nos habíamos pasado bastante de la hora a la que teníamos pensado comer (serían como las tres de la tarde), así que nos apresuramos a zamparnos los sandwiches junto al centro comercial y luego embarcamos.

El Britannia es un buque de Estado que la familia real británica ha utilizado durante más de 40 años para viajes oficiales. Tras un millón de millas recorridas y más de 1000 visitas oficiales, el barco ha sido retirado del servicio (aunque la reina todavía lo usa en algunos actos oficiales) y ha quedado permanentemente atracado en Edimburgo. El paseo por las estancias del barco es bastante interesante y dota de completo sentido a la expresión "vivir como un rey".

Royal Yacht Britannia.
Tras la visita al barco dimos una vuelta por el Ocean Terminal, tomamos una café y unos dulces en una cafetería Costa y nos volvimos al centro. Como aún era algo temprano para cenar, dimos otro buen paseo que nos llevó hasta el parque de The Meadows (al Sur de la Old Town). Luego volvimos sobre nuestros pasos para cenar en MUMS Great Confort Food. Comida muy típica: pasteles de carne, puré con salchichas, el popular haggis escocés... muy bien cocinado y en abundancia. Cenamos muy bien, casí demasiado, así que decidímos finalizar el día dando un buen paseo de regreso al hotel (lo que nos llevó una media hora).


Día 4

Nuestro cuarto día en las tierras de William Wallace también dió mucho de si. El tema de los sandwiches del día anterior había funcionado bien, así que decidimos repetirlo. Tras un buen desayuno y la posterior parada en el Tesco, cogimos un autobús en dirección a Holyrood para ver el palacio y sus inmediaciones.

Palacio de Holyroodhouse.
A ver, el palacio es eso, un palacio. Está lleno de tapices, pinturas, muebles lujosos... Es como el Royal Yacht, cosa de reyes... A mi me gustan este tipo de visitas porque te enseñan una parte de la historia y de vez en cuando te enteras de anécdotas truculentas y trapos sucios de los poderosos. Lo que pasa es que a veces tanta ostentosidad y pompa cansan un poco... Vaya, que no es apto para antimonárquicos. Y aunque uno sea capaz de abstraerse al contexto histórico es normal sentirse algo incómodo a poco que tengas un ligero sentido de la justicia... Lo que desde luego me encantaron fueron las ruinas de la abadía del siglo XII -junto al palacio- y los jardines. Esa forma en que se mezclan las viejas piedras y el verde frondoso de los alrededores tiene algo muy especial.

Abadía de Holyroodhouse.
Abadía de Holyroodhouse.
Jardines de Holyroodhouse.
Debimos estar por Holyrood como un par de horas; luego decidimos volver al centro caminando tranquilamente por la Royal Mile. De camino nos topamos con el Museo de la Infancia así que también tuvimos que dedicarle unos momentos de nuestro tiempo. En este museo se hace un recorrido por la historia de los juguetes desde el siglo XVIII. Es un sitio agradable para pasar un rato si viajas con niños (menos en la terrorífica sala de las muñecas de porcelana... ¡arg!). Hay varias cosas con las que pueden jugar y entretenerse. Se cuenta que al fundador del museo, un coleccionista de juguetes llamado Patrick Murray, ni siquiera le gustaban los niños... Habría que ver la cara que hubiera puesto al observar la obra de su vida invadida por una legión de pequeñajos toqueteándolo todo...

Hacia el mediodía nos encontrábamos en Bistro Square, al Sur de Royal Mile, muy cerca del Museo Nacional de Escocia (que era nuestra próxima visita); así que nos sentamos en unos bancos a comernos nuestros sandwiches frente a la la bonita Teviot Row House y al McEwan Hall de la Universidad de Edimburgo. Luego nos dirigimos al museo, pero como nosotros lo del café después de comer lo llevamos muy a rajatabla, nos detuvimos en una agradable pastelería en George IV Bridge, la Patisserie Valerie (junto al The Elephant House) y nos tomamos nuestros cafés con algún que otro caprichillo.

Catedral de St. Giles en la Royal Mile.
El Museo Nacional de Escocia, es uno de eso sitios en los que podrías pasarte un día entero sin aburrirte. Hay todo tipo de galerías sobre Ciencias de la Naturaleza ( Fauna, Flora, Geología, Astronomía...), Tecnología, Historia, Cultura, Moda... ¡Incluso tienen a la Oveja Dolly disecada! Además es tremendamente interactivo; durante nuestra visita había varias actividades científicas para los peques en el hall de la planta principal, y hay montón de cosas en las exposiciones para tocar y enredar con ellas. Te encuentras carteles de "Please Touch" y cajones donde pone "Please Open" por todas partes... Está absolutamente pensado para estimular la curiosidad y el aprendizaje de los más pequeños. Olga estaba encantada. En un par de horas esa tarde pudo hacer experimentos de física, jugó con poleas y engranajes, programó un robot, enredó con un brazo robótico, tocó enormes meteoritos de millones de años, diseño bicicletas con una aplicación interactiva, se disfrazó (varias veces), le hicieron pruebas físicas "como las que hacen a los astronautas", vió esqueletos y reproducciones de animales actuales y prehistóricos y un montón de cosas más... Y el acceso es gratuito. Uno se marcha de allí satisfecho, con ganas de más y encantado de dejar unas cuantas libras en la urna de donaciones...

Esa tarde cenamos temprano (repetimos en Bread Meats Bread) y nos fuimos pronto al hotel para estar descansados al día siguiente. Habíamos decidido realizar una excursión fuera de Edimburgo y esto requería pegarse un buen madrugón. Al principio habíamos pensado hace un tour que nos llevaba hasta las Highlands y el lago Ness, pero tras asesorarnos un poco y averiguar que Nessie no estaba por allí en esta época del año, nos convencieron para hacer otro que nos llevaba un poco más cerca, nos hacía madrugar un poquito menos y era algo más económico... Contratamos con una empresa de chicos españoles, Viajar Por Escocia - Tours en Español, y la jornada del jueves 19 nos asomamos brevemente a Glasgow, paseamos a la orilla de los lagos Lomond y Katrine y visitamos el Castillo de Doune.

Día 5

Salimos en bus desde el punto de encuentro, en la Royal Mile, sobre las ocho y cuarto en dirección a Glasgow (aproximadamente una hora de viaje). La estancia en Glasgow fue bastante efímera: un tour panorámico desde el autobús y un par de paradas breves: en la Catedral de Glasgow (s. XII) y en el Museo de Kelvingrove. En la cripta de la Catedral nos encontramos sin esperarlo con una fascinante exhibición de obras del artista Warren Elsmore ¡hechas con Lego!... Pasajes históricos, las Siete Maravillas del Mundo, hitos científicos... Así que nos costó arrancar a Olga de allí y lamentamos no poder disfrutar de aquello más tiempo... La parada en el museo no dió tampoco mucho de si, "...para hacer un pis y poco más..." en palabras de nuestro guía. Sin embargo pudimos ver algunas obras de arte curiosas y otras muy conocidas, como el Cristo de San Juan de la Cruz, pintado por Dalí, algún pequeño Picasso y algún Monet...

Catedral de San Mungo. Glasgow.
A algo menos de una hora hacia el norte está el lago Lomond, que determina algo así como el límite entre las Lowlands y las Highlands. El lago está emplazado en el Parque Nacional de los Trossachs, donde se encontraban las tierras del famoso héroe escocés Rob Roy. Es el lago más extenso de Escocia (creo que el Ness es el más profundo) y el emplazamiento es realmente idílico, aunque el ambiente turístico le resta parte de su encanto (claro que, quién soy yo para hablar de influencias negativas del turísmo si he viajado casi 3000 Km para ver aquello...¡Porras, soy un cínico!).

Lago Lomond.
Nuestra segunda parada fue el lago Katrine. A mi juicio, este lago (también localizado en los Trossachs) es más bonito que el Lomond. Se dice que junto a sus orillas fue donde vivió Rob Roy. Tras dar un paseo junto al lago nos dirigimos al pueblo de Aberfoyle, donde paramos un rato para comer.

Lago Katrine.
Aberfoyle es un pequeño y típico pueblo escocés ubicado en un marco incomparable (en medio del Parque Nacional). La villa está relacionada con varios personajes históricos de Escocia: María Estuardo, el ya mencionado Rob Roy... y el más curioso, el párroco Robert Kirk, de quien se dice que desapareció misteriosamente tras hablar más de la cuenta del mundo de las hadas, elfos y gnomos (cuya entrada al parecer está en algún lugar cercano a esta localidad) en su libro ‘The Secret Commonwealth’.

Para almorzar el guía nos recomendó acercarnos a Aberfolyle Delicatessen and Trossachs Butcher. En esta carnicería de nombre tan rimbombante (y página web un tanto desafortunada...), además de venderte productos frescos de mucha calidad, te cocinan unos pasteles de carne de morirse... Disfrutamos de nuestro almuerzo en unos merenderos junto a The Scottish Wool Center, en cuyo aparcamiento estaba nuestro autobús. Este centro cuenta con un recinto con diferentes animales (cabras, ovejas, ponies, patos...), zona de juegos infantil y en general un entorno muy agradable.


Por la tarde, tras un pequeño incidente de carreteras cortadas (que nos hizo ir por vías ya no secundarías sino cuaternarias por lo menos...), llegamos al Castillo de Doune. Hay que decir que la visita a esta pequeña fortaleza (del siglo XIII), más allá de la curiosidad de aparecer en la serie "Juego de Tronos" o en la pelí de los Monty Phython "Los Caballeros de la Mesa Cuadrada", me pareció un tanto anodina... Pero bueno, resultó curioso escuchar algunas historias sobre el castillo y recorrer sus estancias.

Castillo de Doune
Llegamos a Edimburgo pasadas las seis y media, así que tras un paseo decidimos buscar un sitio para cenar. Nuestros pasos nos llevaron hasta el extremo más al Este de Princes Street, a los pies de Calton Hill. Allí nos encontramos con un pub muy chulo, The Newsroom, donde entramos. Nos recibió una camarera muy simpática que nos comentó que sólo podía darnos mesa si acabábamos antes de las nueve (después de esa hora no se permiten niños en los pubs); como serían las siete y media nos quedamos, y cenamos muy bien y sin prisas.


Dado que nuestro vuelo salía sobre las once de la mañana del día siguiente, tocaba asumir (con mucha pena) que nuestra estancia en la ciudad tocaba ya a su fin. Decidimos despedirnos de Edimburgo subiendo a Calton Hill (era un breve paseo desde donde nos encontrábamos) para echar un último vistazo a la capital de Escocia desde uno de sus emplazamientos más representativos: el Monumento a Dugald Stewart.

Monumento a Dugald Stewart. Calton Hill.

sábado, 31 de marzo de 2018

¡Ni una procesión, oiga!

Que yo recuerde, desde que tengo uso de razón, creo que es la primera vez que no he visto ni una procesión de Semana Santa, ni siquiera me he cruzado con una. Todo lo más escuché algún redoble de tambores en la lejanía, pero nada más. No ha sido algo premeditado, de hecho podría haber visto alguna pues me he tomado toda la semana de vacaciones y hemos estado en lugares de arraigada tradición, pero no, la peque no ha preguntado por ellas y nosotros ni nos hemos acordado. 

Ha sido una semana tranquila que empezó cargada de grandes intenciones. Hasta última hora yo había estado mirando posibles escapadas, pero al final resultó que Cris tuvo que trabajar de lunes a miércoles, con lo que la cosa ha quedado en un par de excursiones de mochila y bocadillo y una jornada de cervezas, tapas y tartas lujuriosas en Badajoz... Con todo, ha sido una Semana Santa relajada pero con suficientes actividades familiares como para resultar provechosa.

Nuestra primera escapada fue a la nieve, a sabiendas de que gracias a las generosas precipitaciones de las últimas semanas habría un buen montón. Así que nos preparamos unas mochilas con bocadillos y bebidas, cogimos la ropa de nieve y el trineo, y nos fuimos a Candelario. Hacía un tiempo espléndido y en la Primera Plataforma pudimos disfrutar durante unas horas de una buena cantidad de centímetros de nieve. Las estimaciones para la estación de esquí de la Covatilla hablaban de más de 2 metros de nieve; allí en la plataforma de Candelario no habría menos de un metro en algunas zonas, de hecho yo llegué a meter literalmente la pata hasta la rodilla en algún mal paso...


El Jueves Santo estuvimos en Badajoz con mi hermano y mis sobrinos. Pasamos un día estupendo paseando y comiendo por el centro, primero cervezas y tapas, después cafés y unas tartas riquísimas en La Galería. Este local de aspecto acogedor, cuenta con personal muy amable, una interesante carta de tartas caseras y una "tarifa plana" de 3'50€ por porción. Además exponen obras de artistas locales, lo que termina por dotarlo de ese toque cool que necesita un negocio que quiera diferenciarse. Parece ser que casi siempre tienen gente esperando en la puerta, y es la única pastelería que he conocido que tiene un portero, de los de traje y pinganillo: un tipo amable que iba gestionando a la gente que esperaba y las mesas que iban quedando libres.


El sábado volvimos a preparar mochilas y bocadillos y nos fuimos al Parque Nacional de Monfragüe. Hizo un bonito día, con algunas nubecillas que iban y venían, lo cual era de agradecer, porque cuando aparecía el Sol pegaba de lo lindo... Hicimos una preciosa ruta de unos 8 kilómetros, Aunque nos lo tomamos con bastante calma, parando a comer y disfrutando del entorno natural, que tras las lluvias de las últimas semanas estaba en uno de sus mejores momentos.


Estas mini-escapadas cerca de casa, junto con varios escarceos culinarios con amigos y restaurantes locales, han hecho de esta Semana Santa un periodo que, si bien no ha sido lo que yo tenía planeado, ha resultado plenamente satisfactorio.

jueves, 22 de febrero de 2018

Cosas que me incomodan de otros seres humanos (por decirlo finamente) cuando voy en coche...

Llevo una época emocionalmente un poco reguler, así que mi primera intención al escribir esto era vomitar durante unos cuantos párrafos y de forma poco controlada toda la rabia que siento a veces contra un elevado porcentaje de seres humanos. De hecho el primer nombre que había pesado para esta entrada era "El ser humano apesta"... El problema es que las ideas estaban saliendo de mi cabeza sin filtro, y me daba lo mismo hablar del miserable desequilibrado que se ha cargado a 17 personas en la matanza más reciente, de los psicopatas que están orquestando masacres desde cómodos despachos, de la panda de políticacos megalómaniacos e impresentables que nos repesentan, o del imbécil que esta mañana me ha metido los faros en el cogote poniéndose a medio metro del culo de mi coche mientras yo estaba adelantando a 130 km/h... Quería matarlos a todos (o en su defecto encerrarlos en un agujero infecto...), pero luego me ha parecido que igual tenía las emociones un poco desbocadas y que eso no estaba bien.

Así que, a fin de canalizar tanta ira, he decidido -no sé lo que me durará el arrebato- escribir una entrada un poco más organizada y menos visceral, y quién sabe, quizás dar lugar al comienzo de una serie que podría llamarse "Lo que me incomoda de otras personas cuando...". Lo sé, lo sé, suena un poco a panfleto de autoayuda, pero ¿qué es este blog sino eso? intento autoayudarme a no perderme en el pesimismo... No parece que me esté sirviendo de mucho, pero ahí estamos, orbitando en el horizonte de sucesos, viendo el agujero negro del negativismo más negro, pero sin llegar a caer en él... (¡Joder! Menuda metáfora me he marcado...).

¿Y qué mejor manera de empezar con mi alegato de descarga para hoy que con el señor del coche de esta mañana?... A ver tonto del ciruelo ¿Te has parado a meditar sobre las palabras "distancia de seguridad"?¿tú sabes dónde te puedes dejar los dientes si por lo que sea yo tengo que frenar?... Verás, lo que a ti te pase me da bastante igual, pero con los años le he cogido bastante aprecio a mi pellejo (y al de los que viajan conmigo). Para lo tuyo hay por ahí un montón de muros de hormigón, pilares de puentes y árboles bien recios, así que ánimo...

Lo bueno de hablar de carreteras y viajes en coche es que hay fauna para despacharse a gusto durante un buen rato. Coger el coche todos los días es lo que tiene, que después de todos estos años ya te has cruzado con animales de todo pelaje y los arcángeles han bajado a verte más de una vez... Por ejemplo, a ver a quién no le ha pasado esto: vas tranquilamente por la autovía, tienes tu control de velocidad (o mantienes la presión en el acelerador) a unos saludables 130 Km/h. Te dispones a adelantar a ese conductor ejemplar que va a 120. Miras el retrovisor, el carril izquierdo está libre. Pones tu intermitente, sales al carril izquierdo e inicias la maniobra de rebasamiento... De pronto, cuando estás en paralelo con el otro coche, ves a uno en el retorvisor que viene a 190 y pegándote ráfagas con la larga, como si su puñetero coche no tuviera frenos... Así que tienes dos opciones: o aprietas a ver si te puedes quitar pronto de en medio, o templas los nervios y rezas lo que sepas para que el cohete de ese tipo efectivamente tenga frenos -y haya cambiado las pastillas-, pero por tus santas narices no tocas el acelerador...

También puede pasar que el carril izquierdo permanezca seguro y libre de kamikazes, pero entonces el adelantado, ese al que creías un conductor modélico, empieza a pisar el acelerador, como si tu adelantamiento supusiera una mancha en la honra de su familia... Nuevamente estás obligado a apretar el acelerador si quieres terminar de rebasarle o, te resignas, levantas el pie y vuelves a colocarte detrás. Entonces, dependiendo de grado de imbecilidad del otro, le verás alejarse triunfante hacia el horizonte o, salvada ya su honra y la de sus muertos, tendrás que soportar que vuelva a reducir la velocidad para -consciente o inconscientemente- volver a tocarte las narices...

Cuando te ves avocado a viajar por carretera a diario, te acabas poniendo un poco quisquilloso con muchas cuestiones. A fin de cuentas estamparme a esas velocidades por culpa del despiste o la imprudencia de otro no está entre mis deseos más inmediatos, y que conste que nadie estamos libre; es decir, no creo que yo sea un conductor inmaculado, meto la pata como cualquiera, pero procuro que todos mis actos sobre ruedas se rijan por el sentido común y un mínimo de solidaridad. Por eso, el despiste de otros me preocupa, pero la insolidaridad, la temeridad y la imprudencia me joden...

El tipo que viene por la autovía con la larga, porque cree que estando a 300 metros no molesta (o simplemente no le importa). El de las luces antiniebla en una noche clara de cielo estrellado. El que da el acelerón para adelantar primero al camión que TÚ tienes delante y que te obliga a abortar tu maniobra y a pegar un frenazo. El que se te mete en una rotonda cuando tú ya estás circulando dentro y ni te mira (o te mira y hace aspavientos como si fuera tu culpa que hubieras estado a punto de meterte en su maletero)... Y suma y sigue.

Siempre me ha gustado conducir aunque, de un tiempo a esta parte, le estoy cogiendo un poco de tirria... He de admitir que unas pocas veces es por el hecho de llevar catorce años recorriendo la misma pu#@ carretera casi a diario; pero en la mayoría de las ocasiones es porque al bajar del coche creo que soy un poco peor persona por sentir animadversión y desprecio por más seres humanos de lo mentalmente saludable... Menos mal que hasta ahora siempre estoy consiguiendo llegar sano y salvo a mi destino; unos días más cabreado que otros, pero bueno... Tras la dura prueba para los nervios y el humor, ya sólo queda aparcar. Con suerte hoy no me encontraré con el anormal que necesita dos aparcamientos para su Ford Fiesta...

lunes, 11 de diciembre de 2017

De acueductos y murallas

La semana pasada ha sido exáctamente como debe ser una semana ideal: dos días de trabajo y cinco de fiesta. Como casi cada año, el cumple de la Constitución y la fiesta de la Inmaculada se juntan en la misma semana y, con un poco de suerte, es posible componer un interesante puente si tenemos la fortuna de haber guardado algún día de vacaciones. En mi caso he agotado el último de mis días el 7 de diciembre, así que he podido disfrutar de unas cuantas jornadas de descanso reparador y un poquito de turismo, gastronómico y del otro...

Hace un par de fines de semana estábamos merendando en casa con unos amigos, charlando de ocio, de viajes y de la vida en general, cuando salió el tema de los lugares "cercanos" a los que nos gustaría ir y dijo Cris: "Pues uno de estos días nos tendríamos que acercar a Segovia, tengo muchas ganas de ir con la peque...". En seguida llegó la primera réplica por parte de nuestros contertulios: "Pues eso cogemos los coches uno de estos días, nos metemos un cochinillo entre pecho y espalda en el Mesón de Cándido y nos volvemos..."."¿Por qué no este puente?" dijo alguien... Y yo, que no necesito que me toquen mucho las palmas, puse la guinda: "Sí, pero ir y volver en el día va a ser un palizón ¿Y si hacemos alguna noche?..." Total que ahí estábamos, a tres días del puente, buscando alojamientos para pernoctar en Segovia (o cerca). Obviamente todo estaba lleno hasta la bandera o con precios prohibitivos, pero tuvimos la suerte de encontrar habitación -moderadamente asequible- en un hotelito entre Segovia y La Granja de San Ildefonso.

Llegamos a Segovia el miércoles 6 a eso de las 13h. Soltamos el poco equipaje que llevábamos en el hotel y nos fuimos a dar una vuelta por la histórica ciudad. Callejeamos un rato para abrir boca y sobre las dos y media subíamos las estrechas escaleras de madera a la búsqueda de nuestra mesa en uno de los vetustos comedores del famoso Mesón de Cándido... Al otro lado de la ventana, a escasos metros, el impresionante acueducto romano. Sobre la mesa, a escasos centímetros, el delicioso cochinillo de piel dorada y crujiente... Alguien nos dijo que el cochinillo es mejor comerlo en cualquier otro sitio y probablemente es cierto (yo mismo no como en la Plaza Mayor de Cáceres si puedo evitarlo). Probablemente en sitios menos conocidos y más alejados del la emblemática arquería lo hubieramos encontrado igualmente rico y más económico, pero ¡qué demonios!...


Por la tarde seguimos paseando por la capital y recorrimos las inmediaciones de la Catedral y el Real Alcazar. Después, tras un café caliente en la Plaza Mayor, dejamos la ciudad.

Quisimos acabar el día dando una vuelta por La Granja de San Ildefonso, pero ya era de noche y pudimos hacer poco más que pasar frío y tomar algo en un pequeño restaurante: primero un consomé para entrar en calor; luego unas cervezas y unas tapas... Y es que de verdad hacía bastante fresco. De hecho las carreteras y las calles estaban salpicadas de los restos de la nevada de unos días antes... Claro que los críos no necesitaron mucho más que estos vestigios de nieve para olvidar el frío y hundir las manos en cada montoncito que veían...

Al día siguiente dejamos el hotel, pero antes de partir para Ávila (donde habíamos decidido pasar el día y comer) quisimos hacer alguna actividad cultural con los niños, así que -descartado el Palacio Real de la Granja- decidimos visitar la Real Fábrica de Cristales, lo que resultó grátamente interesante (yo no tenía grandes espectativas, pero la cosa funcionó muy bien).


Nuestros objetivos en Ávila eran dos: Un paseo por su famosa Muralla y una digestión pesada con su famoso Chuletón (bueno, esto fue idea más bien de la parte patriarcal de las familias...). Aunque finalmente cambiamos el chuletón por un Telepizza -cosa que los peques y nuestros bolsillos nos agradecieron- y nos quedamos con el paseo sobre la muralla abulense (añadiendo unos cafés con dulces en la Plaza de Santa Teresa de Jesús para compensar el déficit calórico por ausencia de chuletón...).


Salimos de Ávila en dirección a Cáceres cuando casi había anochecido, pero todavía con la perspectiva de un largo fin de semana por delante y unas cuantas gratas experiencias en la retina y en el estómago.

sábado, 9 de septiembre de 2017

Galicia, verano del '17

Pues se acabó. Efímero como cada año -o más efímero cada año..., según el nivel de pesimismo de cada momento- termina el verano del '17. Ha sido otro de esos, calurosos como el infierno, en el que hemos querido hacer mucho y al final hemos hecho poco. En el asunto de las vacaciones este año no hay grandes alardes, aunque al menos hemos fragmentado bastante los periodos de descanso. Parece que metiendo unos cuantos días de parón cada dos o tres semanas el verano y sus jornadas laborales se hace algo más llevaderas... La mayor parte del tiempo no nos hemos alejado de casa más allá de la distancia que nos separa de la piscina municipal. Aún así, en la tercera semana de julio, hemos disfrutado de nuestra pequeña escapada.

Siguiendo con nuestra costumbre de huir del calor como si se tratase de la peste bubónica, en esta ocasión hemos acabado en la costa occidental gallega (benditas y fresquitas costas las de las regiones del norte...). Nos hemos alojado en un pequeño y agradable hotel -"El Molino", a pie de playa- en A Guarda, a tiro de piedra de Portugal (literalmente), en la provincia de Pontevedra. Mínimas de 14º y máximas de 24º, playas casi sin gente, aguas claras y frías, mariscazo y albariño...

Emprendimos el viaje hacia costas celtas el lunes 17, sin prisas y con varias pausas. Se trata de un viaje largo y cansado y, aunque fuimos principalmente por autovías, conviene tomarlo con calma. Llegamos bastante entrada la tarde, y en aquel momento lo único que nos apeteció ya fue saltar a la arena de la playa y pegarnos un primer remojón en el Atlántico. Más tarde degustamos unas cervezas y unas tapas en la magnífica terraza del hotel, y dedicamos el resto de los sentidos a ver, escuchar, oler y palpar, el mar que teníamos a 30 metros...


Al día siguiente, 18 de julio, nos levantamos temprano aunque sin prisas, y después de desayunar bien en el bufé del hotel, nos dirigímos al monte de Santa Tecla. En este lugar, que se encuentra a sólo unos pocos kilómetros del hotel, está el Castro de Santa Tecla -restos de un poblado prerromano fortificado- que es Monumento Histórico Artístico y Bien de Interés Cultural desde los años 30. Allí no sólo disfrutamos de las piedras, también de unas vistas enviadiables del océano Atlántico y de la desembocadura del Miño.



Desde allí nos fuimos a La Guardia (A Guarda) con la intención de comer algo por el puerto. Al final comimos en una marisquería llamada "Casa Olga" (a donde llegamos por razones obvias...). Como no podía ser de otro modo allí nos recibió la señora Olga, una peculiar y simpática gallega de 84 añazos, llena de vitalidad, que estuvo encantada de que hubieramos llegado a su restaurante gracias al nombre de nuestra hija... Y una cosa llevó a la otra: langostiña, pimientos de padrón y albariño, se llevaron buena parte del presupuesto de comida para toda la semana... Pero ¡qué demonios! menudo gustazo...



Después de aquello decidimos hacer un puñado de kilómetros más y acercarnos a Bayona (o Baiona como dicen allí). En este pueblo cercano a Vigo está el Castillo de Monterreal, que actualmente es un Parador Nacional. Allí tomamos un tranquilo café y luego dimos un largo paseo por su extensa muralla salpicada de viejos cañones, disfrutando de las vistas del océano y el puerto, donde un día llegó Martín Alonso Pinzón a bordo de La Pinta -de la que se puede visitar una réplica- anunciando el descubrimiento del Nuevo Mundo.


Tengo que reconocer que al día siguiente metimos un poco la pata, y fue por mi culpa: En principio habíamos restringido nuestro radio de acción a una hora de coche como mucho, ya habíamos hecho un buen montón de kilómetros para llegar a Galicia y el propósito del viaje era, sobretodo, descansar. Sin embargo a mi me apetecía conocer Santiago de Compostela y me puse un poco denso con el tema... Total que el miércoles 19, con la excusa de quedar con un primo de Cris que también estaba por Galicia (y que además tiene una niña de la edad de Olga) nos metimos dos horitas de carretera para ir a "conocer" la ciudad del Apostol (y otras dos horas para volver claro...). La experiencia resultó ser un poco decepcionante, porque la fachada de la Catedral, en la plaza del Obradoiro, estaba totalmente cubierta de andamios, cosa que deslucía bastante el espectáculo... Pero bueno, comimos muy bien y en buena compañía en un bonito restaurante llamado "O Sendeiro"...


Lo que más me molestó del asunto del viaje a Santiago es que podíamos haber empleado ese tiempo en Vigo o en Pontevedra, y habría sido, probablemente, más interesante a nivel turístico... Aunque bueno, Galicia es un lugar al que vamos a volver más pronto que tarde...

Como el miércoles había sido un poco paliza, decidimos tomarnos el jueves con más calma. Pasamos gran parte de la mañana en la Playa de Camposancos (la que está junto al hotel), paseando, remojándonos y buscando caracolas con la peque. Luego comimos tranquilamente en el hotel. Ya por la tarde decidimos movernos un poco y fuimos a conocer Tui. Paseamos por su precioso casco histórico y por su paseo fluvial, relajados y sin prisas. Incluiso cogimos uno de esos trenecillos turísticos que nos dio un paseo -entre intensos traqueteos- por el vecino pueblo portugués de Valença, al otro lado del río. Más tarde reposamos nuestros doloridos traseros en un restaurante italiano de la parte antigua de Tui, donde disfrutamos de una merecida cena.


El viernes nos levantamos con muchas ideas: que si una ruta por Os Muiños do Folon, que si mejor vamos a Pontevedra... Aunque lo cierto es que estábamos bastante perezosos y relajados, y no nos apetecía movernos demasiado... Así que finalmente nos quedamos cerquita del hotel y de la playa. Sólo dimos un corto viaje en ferry hasta Caminha (otro pequeño pueblo portugués al otro lado del río...). Luego comimos nuevamente en el puerto de La Guardia (en un agradable restaurante con vistas al mar, "Os Remos"). Acabamos la jornada pasando la tarde tranquilamente en la playa, haciendo castillos de arena y buscando cangrejos.


El sábado por la mañana nos despedimos de Galicia con bastante pena, El viaje de vuelta fue tranquilo, aunque cierto desasosiego fue haciendo presa en nosotros a medida que los grados iban aumentando con los kilómetros recorridos...

A estas alturas la escapada a Galicia y el descanso de aquellos días está prácticamente olvidado. El verano termina, empieza el cole y volvemos a nuestras rutinas... Y el trastero que ibamos a ordenar, las sillas del patio que ibamos a pintar y los arreglos en casa que nos habíamos propuesto para estos días, tendrán que esperar al próximo arrebato de responsabilidad doméstica...

martes, 20 de junio de 2017

Horror, llegó el momento de empezar a dar explicaciones...

Hay determinadas situaciones a las que los padres, por amigables que pretendan ser con sus hijos, y por bien documentados que estén sobre las últimas tendencias educativas, siempre temen enfrentarse. Una de esas situaciones es una conversación sobre sexualidad. Siempre me he jactado de hablar con mi hija sin preámbulos ni medias tintas, con claridad y todo el rigor científico que me permiten mis modestos conocimientos (y obviamente tratando de adaptar el lenguaje a su edad en cada momento...). El problema es que la mayor parte del día está en un entorno que ni su madre ni yo controlamos, y está expuesta a la desinformación y a las barbaridades que otros críos sueltan por sus bocazas... Niños que eschuchan a otros más mayores, padres con criterios educativos, digamos, más relajados..., y todo un amplio y lamentable abanico de lenguaje soez y expresiones inadecuadas para su edad que están por todas partes... Llamadme anticuado, pero cuando mi hija de ocho años llega contándome que algunos compañeros del cole usan expresiones como chúpamela y que un niño dice que follarse a alguien es algo así como juntar lo del uno con lo del otro y no sé que más, pues a mi me saltan las alarmas... Afortunadamente, por el momento, mi hija me lo cuenta todo, y eso me proporciona cierto margen de reacción.

El caso es que hace un par de días la niña llegó diciendo precisamente eso, que un niño les había ""explicado"" que era eso de follarse a alguien... Reaccioné con toda la entereza que pude, tratando de que no se me notase en la cara que tenía ganas de partile la boca al susodicho niño y de paso a sus padres. Le conté a la peque, sin alarma y sin darle demasiada importancia, el porque de las diferencias anatómicas entre mujeres y hombres, y que palabras como follar y otras semejantes era una manera bastante desagradable y maleducada de referirse al proceso mediante el cual los papás hacían bebés... Lo cierto es que lo tomó muy bien y con naturalidad (lo que me indica que salí bien del paso y que en general no lo estamos haciendo mal en temas de confianza y comunicación)... Sin embargo la última pregunta de la niña sobre el asunto, por lógica y previsible, no pude anticiparla y me dejó descolocado durante unos pocos segundos: "¿Entonces mamá y tú habéis hecho eso?"... La respuesta tuvo que ser un obvio "Sí" acompañado de la coletilla "Pero eso es cosa de los mayores cuando quieren ser papás"... Me miró con su habitual perspicacia, me sonrió y siguió jugando con sus Legos .

lunes, 19 de junio de 2017

Sobre olas de calor, políticos y sus ideas

"¡Últimas noticias!: Recientes estudios han demostrado que el exceso de calor puede afectar negativamente al rendimiento intelectual de las personas y a su capacidad para elaborar juicios de valor basados en la razón y en la sensatez..., menos a determinados políticos que han demostrado, sin ningún género de dudas, que son gilipollas a temperaturas normales, dado que hablan desde despachos bien climatizados..."

En la última semana y pico -cuando ni siquiera ha llegado todavía el verano- una tremenda ola de calor está causando estragos en toda España. Algunos de los principales afectados son los alumnos y profesores de un buen número de centros educativos, la mayoría de los cuales no cuentan con climatización en las aulas. En el colegio de mi hija se han medido temperaturas de más de 30º en algunas clases, y los servicios de emergencias han tenido que atender, al menos, a un par de críos...

Según el Real Decreto 486/1997 (BOE 23-4-97), entre las condiciones que debe reunir un centro de trabajo (y un colegio debería tener tal consideración) se considera que la temperatura para una situación de confort mínimo aceptable debe estar en un rango entre 17 y 27 grados. Poco más se puede decir a este respecto.

Mientras determinados personajes, tan seriamente vinculados a la sanidad y la educación, se permitan el lujo de decir sandeces y patochadas cuando se les demandan soluciones para situaciones como la mencionada más arriba (con el agravante de tener sus despachos bien fresquitos y en muchas ocasiones infrautilizados...), los ciudadanos de a pie podremos exigir, sin ningún tipo de pudor, que nos den lecciones de responsabilidad energética cuando pasen siete horas en una sala a 32º y rodeados de otras 25 personas, y que mientras tanto se metan sus abanicos de papel por donde les quepan.

lunes, 24 de abril de 2017

San Jorge 2017

Ojeando las entradas del blog me he encontrado con la reseña que hice el año pasado sobre la fiesta del patrón de Cáceres y he decidido hacer otro pequeño apunte este año.

Básicamente quiero incidir en un par de cuestiones: La primera es que el dragón de nuestro cole lo ha vuelto a petar y la segunda es que el desfile de esta edición ha servido para resarcir -en parte- el despropósito del Ayuntamiento el año pasado.

En cuanto al primer punto, lo que más lamento es no haber participado activamente en esta versión 2.0 del Dragón del Colegio Prácticas. Está siendo un año bastante loco de actividades vespertinas, y eso, sumado a una sensación de cansancio perpetuo, me han mantenido bastante alejado del evento, de las manualidades y de todo el ajetreo social que collevan... Pero tengo que decir que el dragón a quedado todavía más espectacular (mayormente gracias a los mismos artífices del año pasado).

En cuanto al desfile, creo que la organización ha sido bastante mejor: No hubo largas esperas, fue menos largo y pesado que el año pasado, y en esta ocasión todos los dragones llegaron hasta la Plaza Mayor y recibieron los aplausos que, tanto las obras como los niños y padres implicados, se merecían. A eso hay que sumar que los niños que desfilaban no tuvieron que sufrir las aglomeraciones ni el agobio de la muchedumbre, y que la participación de los colegios ha sido mayor en cantidad y calidad (Aunque obviamente el dragón del Prácticas ha sido el que ha dado más que hablar..., aunque esté mal que yo lo diga).

En esta ocasión las comitivas infantiles que acompañaban a los dragones llegaron la plaza por la calle Gran Vía y la cruzaron en dirección a Gabriel y Galán. En nuestro caso nos desviamos con los niños del cortejo principal nada más atravesar la plaza, y nos reencontramos con el dragón en el colegio, donde el AMPA había preparado unas cuantas viandas para que cenaran los pequeños cristianos y sarracenos. Los padres a penas pudimos arrebañar los restos (los enanos llegaron con hambre voraz y arrasaron con casi todo...) mientras los peques jugaban -ya pasadas las once de la noche- en el patio del cole.

Pese a mi escasa participación este año -que a penas se ha limitado a poner cola a dos colmillos y joder una grapadora- he tenido el agotador placer de acompañar nuevamente a nuestras tropas como uno de los fotógrafos pseudo-oficiales. Gracias a un puñado de padres y madres desinteresados, nuestros pequeños tienen ocasión de vivir esta fiesta de forma especial... Y puede que sea una apreciación personal, pero quiero pensar que nuestro terrorífico dragón negro del pasado año ha reactivado el interés de muchos colegios cacereños que han empezado a ponerse las pilas... Aunque nuestra criatura se pueda comer con patatas a todas las demás (:P)...


viernes, 24 de marzo de 2017

La host family y la tortilla francesa

Cualquiera que cocine mínimamente sabe que una tortilla francesa es una de las cosas más simples de hacer. En su expresión más sencilla (huevo batido, aceite y una pizca de sal) es un plato sin chispa, sin gracia, incluso aburrido diría yo... Y que conste que me gusta la tortilla francesa, pero siempre acompañada con algún relleno: jamón, una loncha de algún fiambre, queso, incluso alguna combinación simpática de hierbas y especias..., en fin, algo que anime un poco la experiencia culinaria...

Hechas las pertinentes aclaraciones para que nadie malinterprete posteriores metáforas gastronómicas, os cuento de que va esto...

Hace unos meses, una amiga francesa, que es profesora, nos pidió ayuda para localizar hogares en Cáceres que quisieran acoger a algunos de sus estudiantes durante un par de semanas, pues venían a realizar prácticas en pequeños negocios de nuestra ciudad. En principio no nos planteamos ser nosotros mismos una host family, pero después de hablarlo, dado que tenemos una habitación libre, nos pareció que un pequeño intercambio cultural de este tipo seguramente nos aportaría una experiencia interesante y a nuestra hija le encantaría. Hablamos con nuestra amiga y le dijimos que contara con nosotros.

Hace un par de semanas la estudiante, una muchacha de 18 años, llegó a nuestras vidas, y hace unas horas la dejamos en la estación de autobuses para que iniciara su regreso a tierras galas... Y tengo que decir que es, probablemente, unas de las experiencias más anodinas que he vivido en mis cuarenta tacos...

La cosa ya me escamó cuando la recogimos hace catorce días. Sabíamos que la muchacha a penas entendía español, pero nos dijeron que se apañaba con el inglés..., sin embargo la realidad ha sido bien distinta. Yo, que sí que me defiendo en inglés, a penas he logrado hacerme entender y ella no ha usado con eficacia más de diez o doce palabras en ese idioma mientras ha estado con nosotros... Total, que el rato de conducir hasta casa estuvo adornado por infructuosos intentos por nuestra parte de entablar una sencillísima conversación sobre su viaje, y por monosílabos y caras de estupor por la suya... "Será tímida" me dije "estará cansada, pero ya cogerá confianza y se arrancará a hablar"... Pero no.

Lamentablemente hemos vivido esa situación durante dos semanas. Fíjate que yo ya me había resignado a que mi móvil echara humo con el Google Translator, pero por no hablar, la tía no hablaba ni en francés. Hasta tal punto ha llegado la cosa que incluso hemos quedado a comer un par de veces con amigos que hablaban su idioma bastante bien... Han intentado sacarle conversación hasta el aburrimiento, sólo les ha faltado zarandearla y gritarle "PARLE, PAR DIEU!", pero su interacción se ha limitado a monosílabos y frases cortas...

Ni con alcohol lo hemos conseguido oiga: buen vino en algunas comidas, medio litro de cerveza otro día que nos la llevamos a comer de tapas... Nada. Se ve que eso de que el alcohol suelta la lengua no funciona con los franceses...

Bromas a parte (aunque no hay otra forma de tomárselo), la experiencia ha sido muy decepcionante. Por más que nos hemos esforzado en hablar con ella, en hacerla sentir cómoda desde que llegó, la mayor parte del tiempo que ha pasado en casa ha estado encerrada en su habitación, hablando por teléfono y partiéndose el culo a carcajadas delante del móvil o del portatil (viendo alguna chorrada de vídeos tipo Rubius a la francesa..., vamos, digo yo; de otro modo no me lo explico...). En los ratos de más frustración he estado a punto de bloquearle la wifi, pero como por momentos he llegado a pensar que estaba un poco tocada del ala, me daba miedo que se le fuera la olla...

Han sido dos larguísimas semanas en las que nuestra huesped no ha mostrado ni el más mínimo interés por entablar una conversación (en ningún idioma que remótamente pudiera sonarle...). No se ha esforzado ni un ápice en convivir ni en saber algo de nosotros. No ha manifestado curiosidad por nuestra ciudad o por nuestras costumbres. Tampoco creo que haya logrado grandes experiencias a nivel profesional. Ni siquiera ha pretendido hacerse una foto con nosotros como recuerdo... No se me ocurre una forma más triste de perder el tiempo y desperdiciar una oportunidad en un país que no es el tuyo, donde además se te han dado todas las facilidades.

En definitiva ha sido poco más o menos lo mismo que tener un ficus ocupando toda una habitación y comiendo comida de humanos; está ahí, no causa problemas, pero aporta más bien poco... O dicho de otro modo, ha sido algo así como comerse una de esas tortillas sin gracia de las que hablaba al principio..., aunque al menos la tortilla quita el hambre...

Aunque quizás lo que más me ha dolido es como se ha portado con la niña, En dos semanas se pueden contar con los dedos de una mano las palabras que ha cruzado con ella. La peque estuvo haciendo esfuerzos durante varios días y sólo obtuvo como respuestas monosílabos y sonrisas bobaliconas. Más de una vez, al llegar a casa, ha pasado por delante del cuarto de Olga mientras la niña estaba allí jugando, y ni siquiera la ha saludado antes de encerrarse en su habitación... ¡Menuda experiencia cultural le hemos dado a nuestra hija!... Al final, el otro día, cansado de decirle a mi hija que la chica francesa es un poco tímida y callada, me senté junto a la niña y le dije "fíjate bien cariño, así es como NUNCA debes portarte si algún día viajas y alguien te ofrece su casa...".