martes, 20 de septiembre de 2011

Parece que me ha mirado un tuerto

He aquí otro dicho popular que podría tacharse también de ofensivo y discriminatorio contra un colectivo; pero bueno, los zurdos estamos igualmente castigados por la cultura popular desde hace siglos y no digo na’, así que si algún tuerto se ofende, le invito, desde el más profundo respeto, a que se joda.

La última: el compresor del frigorífico, 250 euros.

Esto empieza a parecerse a un anuncio de Master Card: "Radiador de coche, 400 euros. Alternador, 600 euros. Compresor del combi 250 euros. Acabar el verano con en culo como un donut, no tiene precio..."

Ains que dolor de Visa tengo...

Actualización (26/09/2011).

Las buenas noticias sobre mis avatares -aunque completamente intrascendentes para la humanidad-, son también una razón de ser para este blog. Así que os informo: ¡El seguro del hogar me ha cubierto la reparación del frigorífico! No es una Primitiva pero está muy bien ¡qué diablos!...

Por cierto tuertos ofendidos, disculpar mi anterior acritud (pero apartar la mirada)...

viernes, 16 de septiembre de 2011

Vacaciones veraniegas 2011: Aveiro y Oporto

El verano casi toca a su fin, ya hemos vuelto a nuestra vida cotidiana de madrugones, horarios rígidos y trabajo, y estamos metidos de lleno en pleno síndrome postvacacional (aunque algunos duden de su existencia).

Lo cierto es que ha sido un verano bastante agitado, las historietas de los coches y sobretodo un par de sustos con Cris y la niña han hecho que la tranquilidad no sea precisamente la protagonista. Sin embargo, entre las idas y venidas a casas de padres/suegros/abuelos, hemos sacado unos días para hacer una pequeña escapada a tierras lusas, y digo pequeña por que ha sido algo menos de una semana (aunque habíamos juntado casi un mes empalmando días de vacaciones con fines de semana, fiestas nacionales y fiestas locales). Los gastos imprevistos y la que está cayendo con la economía, nos han hecho moderar muestras expectativas.

Esta vez la propuesta nos llegó por parte de unos amigos, que plantearon hacer un pequeño viaje a Portugal, cosa que aceptamos encantados. Ellos tienen tres niñas, por lo que nuestro ritmo de salidas y horarios era parecido (el de ellos ligeramente más estresante. ¿Valientes o temerarios? No sabría decir...). Al final el destino elegido fue Aveiro, una pequeña y encantadora ciudad en la región norte, bastante cerca de Oporto y Coimbra, y a pocos kilómetros de las playas atlánticas. Aveiro se caracteriza por sus canales navegables, que le han granjeado el sobrenombre de "la Venecia portuguesa". Sus calles y callejuelas estrechas, llenas de vetustas casas y azulejería, y el olor a mar de sus canales la dotan de un encanto especial –ese toque bohemio y decadente de las pocas ciudades lusas que conozco-. La verdad es que nosotros nos circunscribimos sólo al centro histórico, nuestro hotel, el Meliá Ria, estaba al pie de un canal y a un corto paseo del centro, así que no tuvimos que movernos demasiado. Pero me pareció un lugar agradable y tranquilo, lo que viajando con cuatro niñas pequeñas (de uno a seis años) es de agradecer.


Como suele pasar en estos casos –sobre todo viajando con niños-, es más lo que se pretende hacer que lo que al final se hace. Sin embargo cubrimos bastante bien las expectativas, ya que además de patear bastante por Aveiro, conseguimos ir uno de los días a la playa, pasar una jornada estupendo en Oporto e incluso disfrutar una tarde de la piscina climatizada y el spa del hotel.


Lo de la playa fue más por cabezonería que otra cosa, porque la verdad es que, pese al clima agradable, no fueron días de playa precisamente. Sin embargo, nos empeñamos en ir una tarde a visitar el Atlántico y los temerarios papás nos metimos –a no más de diez o doce metros de la arena- en las frías aguas del océano y con una flamante bandera roja ondeando a 30 metros... Y claro, pasó lo que tenía que pasar. Mientras las mamás y las niñas jugueteaban en la orilla con la última caricia de las olas, los papás, con el agua por la cintura, nos enfrentábamos a las envestidas de esas mismas olas que, a pocos metros de la arena, rompían con violencia y nos tiraban y volteaban una y otra vez. Tras diez minutos de baño, salimos de la mar salada, fatigados y con el culo lleno de arena, pero sonrientes...


A Oporto decidimos ir en tren desde Aveiro, ya que no nos apetecía complicarnos la vida con los coches. Era más o menos una hora de viaje, a un precio muy económico y además el tren nos dejaba en la céntrica y espectacular estación de San Benito. La decisión fue un acierto, ya que nada más salir de la estación nos encontramos con la oficina de turismo; allí nos dieron planos y algunas recomendaciones, y contratamos un tour en uno de esos trenecitos turísticos tan horterillas como útiles, con lo que pudimos tener una primera aproximación a la ciudad sin darnos una paliza empujando carritos y sin agotar demasiado a las niñas.


Tras el paseo en tren comimos en un lujoso McDonald’s en la Praça da Liberdade (de verdad, parecía más el hall de un hotel que un restaurante de comida rápida…). Caminamos un poco y nos tomamos un café en la famosa cafetería Majestic, en la calle comercial de Santa Catarina. Después de aquello sí que tuvimos nuestra buena dosis de carritos y calles empinadas. Lo que pudimos ver de Oporto, en la misma línea bohemia y decadente que ya he mencionado, nos gustó mucho, lo suficiente como para querer volver con más calma. Son destacables la Catedral, la torre de los Clérigos y la preciosa librería "Lello e Irmao" (filmada en películas como Harry Potter). Y sobre todo son espectaculares las vistas de la ribera del Duero, que nosotros disfrutamos desde el mirador del imponente puente de Don Luís I, donde llegamos tras un paseo en el Metro do Porto... En fin, una breve pero intensa estancia para repetir más sosegadamente.


El balance de esos días en Portugal ha resultado muy positivo, ha sido la primera salida de Olga al extranjero y es motivo de celebración el no haber tenido que visitar ningún centro de salud lusitano. Eso, junto al buen comportamiento de la enana, nos ha animado bastante a dar el próximo paso (cuando las vacaciones y la economía nos lo permitan): meternos con ella en un avión.

martes, 13 de septiembre de 2011

La vuelta al "cole"

Existe un dicho popular, algo políticamente incorrecto, que dice que tener un coche es como tener un hijo tonto. Como lo último que quiero es ser irrespetuoso con la enfermedad mental, quisiera que esto se leyese en tono peyorativo para referirse a la desgracia de tener en casa, por ejemplo, un vago redomado, o uno de esos ni-ni tan de moda, que de enfermedad mental no tienen un ápice, pero que es igualmente una tragedia para una familia, al menos en lo tocante a la economía doméstica, que es lo que pretendo ilustrar en estos párrafos... ¡Uf! Es agotador ser políticamente correcto, no quiero ni pensar lo que tendría que sufrir hoy Arévalo para contar uno de sus chistes de tartamudos...

En fin, gracias a Dios, mi hija de momento parece bastante lista (lo que sin embargo no es ninguna garantía para el futuro), y pese a las cuotas mensuales de la guardería y un gasto moderado a principio de curso, todavía come poquito, y la cosa no llega a ser un drama. Sin embargo hijos tontos, es decir coches, tengo, por desgracia y necesidad, dos. Y encima de ser tontos, parece que este verano les haya tenido que pagar un master en la Universidad Europea de Madrid... Desde luego el año no comenzó demasiado bien, porque además de un par de revisiones rutinarias tuvimos que cambiar varios neumáticos y un par de amortiguadores, pero fue llegar el verano y la cosa se puso realmente dura y desgarradora.

Desde hacía un tiempo veníamos observando que uno de los coches, en ocasiones muy contadas, parecía dejar una pequeña manchita bajo el motor. Lo llevamos a revisar y en principio no le dieron demasiada importancia, le cambiaron un tapón que parecía estar flojo y me dijeron que lo observara... y como lo observé, al final resultó que el radiador estaba jodido y tuvieron que cambiarlo. En aquella ocasión la fortuna estuvo de mi parte y la reparación entró en garantía. Me libré de pagar unos 400 €. Pero entonces el otro coche -el más pequeño- que ha perdido protagonismo en los últimos años, dijo muy dolido: "¿¡Qué!? ¿Le cambiáis el radiador a ese y a mi que llevo mucho más tiempo, fiel como un pastor alemán, no me echáis ni agua para el limpiaparabrisas?...". Así que, herido en su orgullo, dejó tirada a mi mujer camino de Coria. Mira por donde, el radiador también. Ése sí que tuvimos que pagarlo, y encima dando gracias de que no jorobamos la junta de la culata (me encanta este nombre, aunque no se ni que forma tiene la pieza), porque en ese caso habríamos frito el motor y ahora tendríamos un coche menos (lo que bien pensado igual no sería tan malo...).

Pasó una nefasta primera quincena de agosto, nos fuimos de vacaciones y fuimos felices durante un breve periodo de tiempo con nuestros radiadores nuevos. Y entonces llegó la vuelta al cole, mi vuelta al cole. Ayer día 12 de septiembre, me tocaba incorporarme a mi poco amado -pero enormemente valorado- puesto de trabajo en Mordor, y ayer, día 12 de septiembre, tuve una revelación: Dios existe y además tiene un sentido del humor irritante… Iba yo pensando en mis cosas, a punto de salir a la autovía cuando un deseo cruzó fugazmente mi mente: "ojalá no tuviera que ir hoy a trabajar...". En ese momento se empezaron a encender luces en el salpicadero. Primero la de la batería, luego la del ABS, la del motor y algunas más. Finalmente la dirección se puso durísima, me acojoné, me fui al arcén y paré el motor. Cuando intenté volver a arrancarlo no hizo ni intención… Cualquiera que entienda algo de coches dirá: "Ah, eso es que se te ha ido el alternador...". Yo sin embargo no tengo ni puñetera idea de mecánica, así que tuve que esperar, con mi chaleco reflectante, mis triángulos perfectamente ubicados y mi estupefacción, al señor de la grúa, por cierto muy amable, para que me hiciera tal observación. El diagnóstico me fue confirmado en el taller, y mi deseo, atendido de forma tan peculiar por la Providencia, nos ha costado la friolera de 600 pavos… Encima me pasé la mañana intentando contactar con compañeros del trabajo y de recursos humanos; y la tarde encabronado practicándole la reanimación cardio-pulmonar a mi tarjeta VISA; así que ni siquiera disfrute de mi deseo. La frase "Cuidado con lo que deseas" hoy se me antoja especialmente esclarecedora.

jueves, 11 de agosto de 2011

El colmo

Si preguntase cuál es el colmo de un calvo, todo el mundo contestaría: "que le regalen un peine" (léase prolongando las vocales, como cuando se contesta a la pregunta "¿Cómo están ustedeeeeees...?"). Casi todo el mundo sabe también que el colmo de un carnicero es que le salga un hijo chorizo. Los más avezados en chistes añejos saben incluso que el colmo de la confianza son dos caníbales haciendo un 69... ¿Pero a ver quién es el espabilao’ que me dice cual es el colmo de un pirómano?

miércoles, 10 de agosto de 2011

¿Un problema de memoria o simplemente otro gilipollas?

Cuando esta mañana ojeaba el periódico, un titular me ha saltado de ojo: Barack Obama: 'Cuando hay problemas en España acaban por llegar a EEUU'... Tócate las narices. Da la impresión de que Mr. Obama ha sufrido un ligero resbalón memorístico, porque parece no recordar pequeños percances con apelativos tan chulos y castizos como hipotecas subprime y nombres tan "españoles" como Lehman Brothers, Bearns Stearns, Fannie Mae o Freddie Mac...

Igual el Mister President debería hacer un poco de memoria leyendo artículos como éste o, por lo menos, dejar de considerar imbéciles a la mayoría de los mortales y cerrar la puñetera boca... Lo que hay que oír (o leer).

viernes, 5 de agosto de 2011

Anda que no queman pasta esos informáticos...

Notición del Periódico de Extremadura: La Junta prevé ahorrar entre 100 y 200 millones con unificación informática... Pues sí, cien kilos arriba, cien kilos abajo..., la diferencia estará en si me echan a mi o no... Ya les vale...

Eso sí, si alguien (que no es de Informática) no revisa una puta carta de seis páginas antes de lanzar 14.000 copias -unos 84.000 folios, a unos dos céntimos la copia, calculo que algo menos de 1.700 €uros (ignoro el coste en árboles) -, aquí no pasa na'...

Esto es la monda...

viernes, 29 de julio de 2011

¿Una cuestión de ego?

Otro tipo que tampoco anda descalzo. Al jeque Hamad Bin Hamdan Al Nahyan, miembro de la familia que gobierna Emiratos Árabes Unidos, se le estima una fortuna de más de 21.000 millones de dolares, y como tiene sus necesidades básicas cubiertas y nada mejor en lo que gastar el dinero, pues se da estos caprichillos ocasionales...

Cómo encabronarse de cara al fin de semana

¿Cuántas veces nos habremos preguntado quién tiene el dinero? Pues lo tienen (entre otros) estos, estos y estos... A ver, yo no estoy en contra del libre mercado, todas son empresas privadas y pueden hacer lo que quieran con sus beneficios (otra cosa son las repercusiones éticas y sociales, aunque hoy no quiero extenderme). Pero entre los que piden ayudas estatales para afrontar los ""problemas económicos"", los que practican EREs escudándose en ""pérdidas"" y los que nos calientan la cabeza -y la visa- con la ""crisis energética"", el tocamiento de gónadas es ya casi obsceno... 

lunes, 18 de julio de 2011

Matalascañas o El Regreso de la Maldición Vacacional

La semana pasada unos amigos (también con niños pequeños) nos llamaron para hacer una escapada de fin de semana a la playa, por eso de desconectar un par de días ante las vacaciones "oficiales" del verano; vacaciones que se antojan distantes todavía, allá por la segunda quincena de agosto.

Así que seguimos recorriendo los destinos vacacionales más cañi de la península, a la búsqueda de sol y playa, y sobre todo diversión para la pequeña... Esta vez le ha tocado a Matalascañas. Un hotel algo antiguo, pero bien reformado, con un buffet bastante respetable, un par de piscinas, muy cerca de la playa -donde además te llevan en trenecito- y muchas opciones de entretenimiento para los niños (tienen un recinto con castillos hinchables, camas elásticas, caballitos, un pequeño tren y otros cacharros). Así que, a priori, la cosa no pintaba mal para un par de días.

Claro que cometimos la ligereza de no contar con nuestra particular maldición vacacional. Y no hablo de la imprudencia de emprender un viaje a la costa en plena operación salida -lo que nos condenó a más de dos horas de retenciones-. Tampoco me refiero a la playa hipersaturada, donde entre mi toalla y la del vecino no cabía el bigote de una gamba... Hablo de mi pobre hija, que ha tomado por costumbre obligarnos a visitar el servicio de urgencias más cercano en el destino vacacional de turno, sin mala intención por supuesto, ya que a fin de cuentas ella es la más perjudicada.

En esta ocasión ha sido una gastroenteritis de caballo, que después de dos días de vómitos y diarrea, tiene a la enana agotada y bastante irritable. La verdad es que es una pena, porque pese a lo nada exótico del destino, podríamos haber pasado un par de días bastante agradables. Al final, el ratito de playa el sábado por la tarde, dos breves incursiones en la piscina del hotel y un buffet digno, pero amenizado con vómitos y llantos, han arrojado un balance ligeramente negativo. A ver si cuando nos vayamos de vacaciones de verdad en agosto, podemos romper ya con esta pequeña maldición familiar, porque sino voy a optar por quedarme en casita, bien cerca del pediatra.

miércoles, 13 de julio de 2011

Septuagenario encerrado en un fornido cuerpo de 35 años

De verdad, al próximo que me diga eso de "Al menos tienes salud" le voy a tener que soltar alguna fresca. Vale que no esté aquejado de nada terminal, pero menuda temporada llevo. Al menos hace un año podía echarle la culpa a la niña diciendo aquello de "Es que nos cogemos todas las mierdas que se trae de la guardería...", pero lo cierto es que en los últimos meses he estado continuamente enfermo, mientras que ella, a lo sumo, se ha pillado un resfriado.

Esta mañana a las seis y media, mientras me tomaba un café recalentado antes de coger el coche, he mirado el rinconcito de la encimera de la cocina donde están, perfectamente ordenadas, todas las cajitas de medicamentos que actualmente estoy tomando. Por un momento me ha venido a la cabeza el aspecto de un rinconcito de encimera similar, en casa de mis padres, donde mi difunta abuela apilaba sus medicinas... Me he sentido un poco raro. No son cosas para la tensión ni para los huesos, pero ahí están: Ibuprofeno, Flutox, Flumil, Auxina, un tubo de Lizipaina y las recetas con las dosis correspondientes... En las últimas cinco o seis semanas he tenido que ir al médico tres veces (yo, a quien le caducaban las tarjetas sanitarias sin conocer siquiera al médico que me habían asignado...). La última, ayer, la doctora dijo que me iba a tener que dar de baja, y yo, imbécil de mi, le dije que me diera una semana más para recuperarme con el tratamiento, y si no mejoraba entonces hablábamos lo de la baja, que ahora me venía bastante mal por el trabajo.

El caso es que a penas hace un mes terminé un tratamiento con antibióticos, antes de eso estuve otra vez con antiinflamatorios y mucolíticos, y ahora estoy liado, tomando otras cuatro o cinco cosas diferentes tres veces al día, por lo que parece ser una faringoamigdalitis que me deja sin voz a media mañana. En los últimos tiempos he acumulado, además de esta faringoloquesea, una faringitis, una laringitis, un principio de bronquitis, algún que otro catarro común y mucha frustración y mala leche.

Desde hace algún tiempo me da la impresión de que mi cuerpo ha perdido toda capacidad combativa y regenerativa. He reducido mi actividad física a mínimos vergonzosos, vamos, que sudo lo mínimo para no enfriarme. Evito exponerme a aires acondicionados (aunque en el trabajo es inevitable) y he renunciado a la horchata bien fría tan propia del verano. Y aún así, parece que la más mínima brisa veraniega, o el batir de las alas de un mosquito, revientan mis defensas, saltan todas las barreras y se apalancan en mi tracto respiratorio dejándome bien jodido durante semanas... ¡Cómo para no sentirse mayor!