martes, 20 de junio de 2017

Horror, llegó el momento de empezar a dar explicaciones...

Hay determinadas situaciones a las que los padres, por amigables que pretendan ser con sus hijos, y por bien documentados que estén sobre las últimas tendencias educativas, siempre temen enfrentarse. Una de esas situaciones es una conversación sobre sexualidad. Siempre me he jactado de hablar con mi hija sin preámbulos ni medias tintas, con claridad y todo el rigor científico que me permiten mis modestos conocimientos (y obviamente tratando de adaptar el lenguaje a su edad en cada momento...). El problema es que la mayor parte del día está en un entorno que ni su madre ni yo controlamos, y está expuesta a la desinformación y a las barbaridades que otros crios sueltan por sus bocazas... Niños que eschuchan a otros más mayores, padres con criterios educativos, digamos, más relajados..., y todo un amplio y lamentable abanico de lenguaje soez y expresiones inadecuadas para su edad que están por todas partes... Llamadme anticuado, pero cuando mi hija de ocho años llega contándome que algunos compañeros del cole usan expresiones como chúpamela y que un niño dice que follarse a alguien es algo así como juntar lo del uno con lo del otro y no sé que más, pues a mi me saltan las alarmas... Afortunadamente, por el momento, mi hija me lo cuenta todo, y eso me proporciona cierto margen de reacción.

El caso es que hace un par de días la niña llegó diciendo precisamente eso, que un niño les había ""explicado"" que era eso de follarse a alguien... Reaccioné con toda la entereza que pude, tratando de que no se me notase en la cara que tenía ganas de partile la boca al susodicho niño y de paso a sus padres. Le conté a la peque, sin alarma y sin darle demasiada importancia, el porque de las diferencias anatómicas entre mujeres y hombres, y que palabras como follar y otras semejantes era una manera bastante desagradable y maleducada de referirse al proceso mediante el cual los papás hacían bebés... Lo cierto es que lo tomó muy bien y con naturalidad (lo que me indica que salí bien del paso y que en general no lo estamos haciendo mal en temas de confianza y comunicación)... Sin embargo la útima pregunta de la niña sobre el asunto, por lógica y previsible, no pude anticiparla y me dejó descolocado durante unos pocos segundos: "¿Entonces mamá y tú habéis hecho eso?"... La respuesta tuvo que ser un obvio "" acompañado de la coletilla "Pero eso es cosa de los mayores cuando quieren ser papás"... Me miró con su habitual perspicacia, me sonrió y siguió jugando con sus Legos .

lunes, 19 de junio de 2017

Sobre olas de calor, políticos y sus ideas

"¡Últimas noticias!: Recientes estudios han demostrado que el exceso de calor puede afectar negativamente al rendimiento intelectual de las personas y a su capacidad para elaborar juicios de valor basados en la razón y en la sensatez..., menos a determinados políticos que han demostrado, sin ningún género de dudas, que son gilipollas a temperaturas normales, dado que hablan desde despachos bien climatizados..."

En la última semana y pico -cuando ni siquiera ha llegado todavía el verano- una tremenda ola de calor está causando estragos en toda España. Algunos de los principales afectados son los alumnos y profesores de un buen número de centros educativos, la mayoría de los cuales no cuentan con climatización en las aulas. En el colegio de mi hija se han medido temperaturas de más de 30º en algunas clases, y los servicios de emergencias han tenido que atender, al menos, a un par de críos...

Según el Real Decreto 486/1997 (BOE 23-4-97), entre las condiciones que debe reunir un centro de trabajo (y un colegio debería tener tal consideración) se considera que la temperatura para una situación de confort mínimo aceptable debe estar en un rango entre 17 y 27 grados. Poco más se puede decir a este respecto.

Mientras determinados personajes, tan seriamente vinculados a la sanidad y la educación, se permitan el lujo de decir sandeces y patochadas cuando se les demandan soluciones para situaciones como la mencionada más arriba (con el agravante de tener sus despachos bien fresquitos y en muchas ocasiones infrautilizados...), los ciudadanos de a pie podremos exigir, sin ningún tipo de pudor, que nos den lecciones de responsabilidad energética cuando pasen siete horas en una sala a 32º y rodeados de otras 25 personas, y que mientras tanto se metan sus abanicos de papel por donde les quepan.

lunes, 24 de abril de 2017

San Jorge 2017

Ojeando las entradas del blog me he encontrado con la reseña que hice el año pasado sobre la fiesta del patrón de Cáceres y he decidido hacer otro pequeño apunte este año.

Básicamente quiero incidir en un par de cuestiones: La primera es que el dragón de nuestro cole lo ha vuelto a petar y la segunda es que el desfile de esta edición ha servido para resarcir -en parte- el despropósito del Ayuntamiento el año pasado.

En cuanto al primer punto, lo que más lamento es no haber participado activamente en esta versión 2.0 del Dragón del Colegio Prácticas. Está siendo un año bastante loco de actividades vespertinas, y eso, sumado a una sensación de cansancio perpetuo, me han mantenido bastante alejado del evento, de las manualidades y de todo el ajetreo social que collevan... Pero tengo que decir que el dragón a quedado todavía más espectacular (mayormente gracias a los mismos artífices del año pasado).

En cuanto al desfile, creo que la organización ha sido bastante mejor: No hubo largas esperas, fue menos largo y pesado que el año pasado, y en esta ocasión todos los dragones llegaron hasta la Plaza Mayor y recibieron los aplausos que, tanto las obras como los niños y padres implicados, se merecían. A eso hay que sumar que los niños que desfilaban no tuvieron que sufrir las aglomeraciones ni el agobio de la muchedumbre, y que la participación de los colegios ha sido mayor en cantidad y calidad (Aunque obviamente el dragón del Prácticas ha sido el que ha dado más que hablar..., aunque esté mal que yo lo diga).

En esta ocasión las comitivas infantiles que acompañaban a los dragones llegaron la plaza por la calle Gran Vía y la cruzaron en dirección a Gabriel y Galán. En nuestro caso nos desviamos con los niños del cortejo principal nada más atravesar la plaza, y nos reencontramos con el dragón en el colegio, donde el AMPA había preparado unas cuantas viandas para que cenaran los pequeños cristianos y sarracenos. Los padres a penas pudimos arrebañar los restos (los enanos llegaron con hambre voraz y arrasaron con casi todo...) mientras los peques jugaban -ya pasadas las once de la noche- en el patio del cole.

Pese a mi escasa participación este año -que a penas se ha limitado a poner cola a dos colmillos y joder una grapadora- he tenido el agotador placer de acompañar nuevamente a nuestras tropas como uno de los fotógrafos pseudo-oficiales. Gracias a un puñado de padres y madres desinteresados, nuestros pequeños tienen ocasión de vivir esta fiesta de forma especial... Y puede que sea una apreciación personal, pero quiero pensar que nuestro terrorífico dragón negro del pasado año ha reactivado el interés de muchos colegios cacereños que han empezado a ponerse las pilas... Aunque nuestra criatura se pueda comer con patatas a todas las demás (:P)...


viernes, 24 de marzo de 2017

La host family y la tortilla francesa

Cualquiera que cocine mínimamente sabe que una tortilla francesa es una de las cosas más simples de hacer. En su expresión más sencilla (huevo batido, aceite y una pizca de sal) es un plato sin chispa, sin gracia, incluso aburrido diría yo... Y que conste que me gusta la tortilla francesa, pero siempre acompañada con algún relleno: jamón, una loncha de algún fiambre, queso, incluso alguna combinación simpática de hierbas y especias..., en fin, algo que anime un poco la experiencia culinaria...

Hechas las pertinentes aclaraciones para que nadie malinterprete posteriores metáforas gastronómicas, os cuento de que va esto...

Hace unos meses, una amiga francesa, que es profesora, nos pidió ayuda para localizar hogares en Cáceres que quisieran acoger a algunos de sus estudiantes durante un par de semanas, pues venían a realizar prácticas en pequeños negocios de nuestra ciudad. En principio no nos planteamos ser nosotros mismos una host family, pero después de hablarlo, dado que tenemos una habitación libre, nos pareció que un pequeño intercambio cultural de este tipo seguramente nos aportaría una experiencia interesante y a nuestra hija le encantaría. Hablamos con nuestra amiga y le dijimos que contara con nosotros.

Hace un par de semanas la estudiante, una muchacha de 18 años, llegó a nuestras vidas, y hace unas horas la dejamos en la estación de autobuses para que iniciara su regreso a tierras galas... Y tengo que decir que es, probablemente, unas de las experiencias más anodinas que he vivido en mis cuarenta tacos...

La cosa ya me escamó cuando la recogimos hace catorce días. Sabíamos que la muchacha a penas entendía español, pero nos dijeron que se apañaba con el inglés..., sin embargo la realidad ha sido bien distinta. Yo, que sí que me defiendo en inglés, a penas he logrado hacerme entender y ella no ha usado con eficacia más de diez o doce palabras en ese idioma mientras ha estado con nosotros... Total, que el rato de conducir hasta casa estuvo adornado por infructuosos intentos por nuestra parte de entablar una sencillísima conversación sobre su viaje, y por monosílabos y caras de estupor por la suya... "Será tímida" me dije "estará cansada, pero ya cogerá confianza y se arrancará a hablar"... Pero no.

Lamentablemente hemos vivido esa situación durante dos semanas. Fíjate que yo ya me había resignado a que mi móvil echara humo con el Google Translator, pero por no hablar, la tía no hablaba ni en francés. Hasta tal punto ha llegado la cosa que incluso hemos quedado a comer un par de veces con amigos que hablaban su idioma bastante bien... Han intentado sacarle conversación hasta el aburrimiento, sólo les ha faltado zarandearla y gritarle "PARLE, PAR DIEU!", pero su interacción se ha limitado a monosílabos y frases cortas...

Ni con alcohol lo hemos conseguido oiga: buen vino en algunas comidas, medio litro de cerveza otro día que nos la llevamos a comer de tapas... Nada. Se ve que eso de que el alcohol suelta la lengua no funciona con los franceses...

Bromas a parte (aunque no hay otra forma de tomárselo), la experiencia ha sido muy decepcionante. Por más que nos hemos esforzado en hablar con ella, en hacerla sentir cómoda desde que llegó, la mayor parte del tiempo que ha pasado en casa ha estado encerrada en su habitación, hablando por teléfono y partiéndose el culo a carcajadas delante del móvil o del portatil (viendo alguna chorrada de vídeos tipo Rubius a la francesa..., vamos, digo yo; de otro modo no me lo explico...). En los ratos de más frustración he estado a punto de bloquearle la wifi, pero como por momentos he llegado a pensar que estaba un poco tocada del ala, me daba miedo que se le fuera la olla...

Han sido dos larguísimas semanas en las que nuestra huesped no ha mostrado ni el más mínimo interés por entablar una conversación (en ningún idioma que remótamente pudiera sonarle...). No se ha esforzado ni un ápice en convivir ni en saber algo de nosotros. No ha manifestado curiosidad por nuestra ciudad o por nuestras costumbres. Tampoco creo que haya logrado grandes experiencias a nivel profesional. Ni siquiera ha pretendido hacerse una foto con nosotros como recuerdo... No se me ocurre una forma más triste de perder el tiempo y desperdiciar una oportunidad en un país que no es el tuyo, donde además se te han dado todas las facilidades.

En definitiva ha sido poco más o menos lo mismo que tener un ficus ocupando toda una habitación y comiendo comida de humanos; está ahí, no causa problemas, pero aporta más bien poco... O dicho de otro modo, ha sido algo así como comerse una de esas tortillas sin gracia de las que hablaba al principio..., aunque al menos la tortilla quita el hambre...

Aunque quizás lo que más me ha dolido es como se ha portado con la niña, En dos semanas se pueden contar con los dedos de una mano las palabras que ha cruzado con ella. La peque estuvo haciendo esfuerzos durante varios días y sólo obtuvo como respuestas monosílabos y sonrisas bobaliconas. Más de una vez, al llegar a casa, ha pasado por delante del cuarto de Olga mientras la niña estaba allí jugando, y ni siquiera la ha saludado antes de encerrarse en su habitación... ¡Menuda experiencia cultural le hemos dado a nuestra hija!... Al final, el otro día, cansado de decirle a mi hija que la chica francesa es un poco tímida y callada, me senté junto a la niña y le dije "fíjate bien cariño, así es como NUNCA debes portarte si algún día viajas y alguien te ofrece su casa...".

miércoles, 8 de marzo de 2017

8 de marzo

Un día como el de hoy, 8 de marzo, pero hace más de siglo y medio, un grupo de mujeres que trabajaban en la industria textil se echó a la calle para denunciar sus condiciones laborales. Un montón de años después (1910) en Copenhage, se comenzó a celebrar el Día Internacional de la Mujer Trabajadora -Hoy acortado como Día Internacional de la Mujer-.

Siempre me he considerado bastante igualitario en todo lo referente al género de las personas. He tenido la suerte de crecer en un hogar en el que el respeto ha sido siempre fundamental y las reponsabilidades han estado repartidas con ecuanimidad; así que durante el tiempo que ésta fue mi principal referencia he visto el problema de las desigualdades de género con un poco de distanciamiento. Ya un poco más mayor, cuando salí de la burbuja, empecé a prestar atención a las noticias, al comportamiento de otras personas y a la sociedad en general. Empecé a tener una relación más cercana con compañeras y amigas en otros ámbitos y la situación se me empezó a revelar con más profundidad...

Aunque la auténtica catarsis tuvo lugar cuando vi por primera vez a mi hija recién nacida. Después de romper a llorar de alegría y emoción abrazado a mi padre, me sobrevino una sensación de vértigo. Uno de mis primeros pensamientos fue "Va a ser un trabajo duro, más que si fuera un niño...", En aquel momento tuve la impresión de ver terriblemente claros todos los obstáculos a los que tendría que enfrentarse en su vida.

Y desde entonces, cada vez que veo alguna noticia, leo algún artículo o simplemente mi hija viene molesta del colegio diciéndome que algún niñato de siete años no la ha dejado jugar al fútbol -o a cualquier otra cosa- porque es una chica, no puedo evitar pensar en el jefe misógeno, el novio gallito o el cabrón tarado con complejo de inferioridad con los que quizás algún día tendrá que bregar... Y me obsesiono con la idea de dotar a mi pequeña de las herramientas y las armas necesarias para desenvolverse en este mundo que aún es muy machista (por mucho que creamos haber avanzado).

Por eso aquel primer pensamiento fue que éste iba a ser un trabajo duro, porque desgraciadamente mientras esta sociedad sea la que es, mientras otras familias no eduquen de verdad en igualdad, yo tendré que recordar cada día a mi hija que no es menos que nadie, que no pueden obligarla a ser, a pensar y a actuar de forma diferente a como ella quiera, que ningún chico es mejor que ella por el hecho de ser niño y que nadie puede tomarse ninguna prerrogativa por razón de su sexo... Ayudar a crecer con seguridad y autoestima a un niño varón no se me antoja tan arduo... Así que vale, acepto lo de tener a una princesa, pero si es de las guerreras mucho mejor.

viernes, 17 de febrero de 2017

Spending my time...

... como decía aquella canción un poco moñas de Roxette...

Como suele ocurrir cada vez que pasan media docena de meses, últimamente me he preguntado varias veces si voy a ser capaz de continuar con este pequeño proyecto. Nuevamente hace tiempo que no escribo nada (y tengo igualmente desatendidos mis otros blogs)... Finalmente he decidido no preocuparme demasiado por ello, aunque tengo que reconocer -ya lo he dicho otras veces- que en ocasiones me agobia un poco dejar a medias todas estas iniciativas para mi memoria histórica (también llevo un retraso terrible con los libros de fotos, esos que me había propuesto hacer cada año para legárselos a mi hija)... Y para qué negarlo, a veces tengo la acuciante necesidad de gritar "¡Eh, estoy aquí!...". Además, de alguna parte tendrán que sacar material para reconstruir mi personalidad en un robot dentro de 100 años; no sé a quién podrá interesarle tal dispendio de recursos, pero vaya usted a saber... En cualquier caso no es que las cosas hayan cambiado mucho en los últimos tiempos; como apuntaba hace ya más de un año -en otra de estas pseudo-crisis virtuales- la rutina es casi siempre la misma, si bien lo cierto es que es una rutina bastante llena de cosas.

Para empezar está la inevitabilidad (por el momento) de esas mañanas en Mordor. Obligado como estoy por el dichosos presentismo, debo estar allí más de la mitad de mis horas aprovechables (que no siempre aprovechadas...) del día. Hay jornadas de mucho trabajo, otras no tanto, y algunas son insufriblemente vacuas. El único hecho invariante -y por momentos molesto- es que desde que salgo de casa a las seis y media de la mañana, cuando mi mujer y mi hija aún duermen, hasta que recibo sus primeros besos y abrazos del día, pasadas ya las cuatro de la tarde, transcurren casi diez horas que a veces parecen mil.

Pero claro, un trabajo que ocasionalmente es alienante no es suficiente para una vida plena y un intelecto inquieto, así que esto debe ser complementado con cosas que a uno le gusten y le enriquezcan... Y bueno, una de las cosas que más me han enriquecido desde hace casi quince años es ese enigmático arte marcial, el Aikido. Hay pocas cosas que me ayuden a "resetearme" emocionalmente como eso. Además, desde que el año pasado empecé a impartir clase disfruto todavía más intentado transmitir lo que a mi me aporta, y observando con orgullo que de lo que cuento y enseño (que no es mucho) algo queda en los niños y jóvenes.

Mi adicción a los MOOC es otra historia. En los últimos meses he hecho cursos de Metodologías Ágiles, de Diseño de Juegos y Gamificación, de Python, de Ruby, Java, JavaScript... Estoy un pelín obsesionado. Llevo tanto tiempo enfrascado en VB.Net y en SQL que tengo la continua sensación de que la única forma de evitar que me sodomicen cuando tenga que cambiar de trabajo es ser capaz de reaccionar en un tiempo prudencial ante cualquier tecnología de desarrollo... Pero la verdad es que lo único que estoy consiguiendo es tener nociones de un montón de sintaxis y un cacao de cojones. No creo que mis habilidades como desarrollador hayan mejorado (así que me sodomizarán igualmente...), pero es que no puedo parar... Aunque al menos estoy entretenido y con el cerebro en niveles menos dramáticos de abotargamiento...

Como sea que las clases de Aikido -como alumno y como profe- y mi compulsión por los cursos online no parecen suficientes, este año me he apuntado inglés. Cuando estuvimos viendo academias donde llevar a la peque para este curso, me dio el punto y pregunté por los grupos de adultos. Las lecturas y las series en versión original no me parecen suficientes, tengo algunos problemas con los listening y mi fluidez hablando es muy mejorable, así que me pareció que unas cuantas horas a la semana con profes nativos era una buena idea... Total que ahora tengo una teacher irlandesa, muy simpática, pero con un acento endemoniado, un montón de deberes para casa y exámenes de preparación para el First Certificate de Cambridge...

Pero oye, aun queda algo de tiempo. Todavía veo alguna serie o película de vez en cuando y leo un poquito, aunque no tanto como me gustaría... ¡Ah! y salimos a comer ocasionalmente y también juego con mi hija... ¡Vaya! bien pensado yo sí que sé sacarle jugo a la vida (¡minipunto para el optimismo!)... Cuando empezó el curso y añadí el inglés a mi rutina, creía que todo este ajetreo iba a lastrar el tiempo que pasaba con mi familia, especialmente con la niña; pero lo cierto es que tenemos momentos -de esos que llaman paternofiliales- de mucha calidad. Cuando jugamos un rato al baloncesto en las pistas cercanas a casa, cuando echamos una partida a algún juego de mesa (vale, también a los Playmobil..., em... y a los Lego..., a veces), o incluso cuando hacemos juntos los deberes de inglés, tengo la sensación de que el día se completa.

viernes, 16 de septiembre de 2016

Vive la France!

Estas vacaciones finalmente hemos saldado una deuda que teníamos pendiente con el país vecino y con unos buenos amigos. Desde que conozco a nos bons amis français, ellos han estado en Cáceres tres veces (la última este mismo verano). Ya era hora de que les devolviéramos la visita.

Ya el verano pasado -que también estuvieron- tomamos la determinación de viajar a Francia este año. No teníamos muy claro en que momento, pero estaba claro que éste era el año. La cosa fue más o menos así: Estos amigos tienen una hija y un hijo; la chica es la mayor, 13 o 14 años, y este curso empezaba a estudiar español (aunque algo le suena ya, porque su madre es profe de español...); así que hablamos de que este verano nos la enviarían unos días para que le perdiera el miedo y fuera haciendo oído. El caso es que a la hora de la verdad a los padres les dió miedo enviarla sola, así que Cris tuvo que picarles un poco (no hizo falta mucho, la verdad...) para que la trajeran ellos y se quedaran unos días con nosotros. La novedad con respecto a otros años es que a la vuelta nos iríamos con ellos.

Y así ha sido como a mediados de agosto nos hemos aventurado en un road trip en toda regla, y nos hemos metido pal' cuerpo más de 1.200 kilómetros a la ida y otros tantos a la vuelta...

Tanto al ir como al volver hemos hecho el viaje en dos etapas. Cuando subíamos, paramos a hacer noche en Lesaka, un pequeño y precioso pueblo navarro, cerca de San Sebastián. Cuando volvíamos lo hicimos en Vitoria.

La mayor parte de nuestra estancia en el país galo hemos estado alojados en casa de nuestros amigos, en Les Landes-Genusson, un pequeño pueblo de la región de La Vendée (al oeste), y desde allí nos hemos movido por la zona. Sin embargo en nuestra primera estancia en Francia no quisimos dejar de lado a su capital, y pese a la distancia (casi 400 kilómetros) decidimos pasar un par de días en París.

Salimos de Cáceres el día 17 de agosto y cruzamos la frontera el 18 por la mañana, aunque hasta Les Landes-Genusson nos faltaba aún un largo trecho que además nos tomamos con bastante calma. Así pues llegamos a casa de nuestos amigos ya bien entrada la tarde y, como teníamos una paliza considerable, decidimos dedicar el resto de la jornada sobre todo a descansar.

Fue al día siguiente cuando empezó el "turisteo" propiamente dicho. El viernes (día 19) estuvimos en Clisson. Este plácido pueblo, atravesado por el río Sévre, tiene preciosas vistas y rincones de los que disfrutar paseando. Su castillo (construido entre los siglos XII y XVI), el puente de piedra o su iglesia del siglo XIV, evocan el medievo europeo. El día estaba gris y lluvioso, pero aún así disfrutamos mucho de sus calles y de una estupenda comida en Le Croque Mitaine.

Clisson.
El sábado 20 estuvimos en Saumur. Esta ciudad está regada por las aguas del río Loira y es patrimonio mundial de la Unesco, principalmente debido a su hermoso castillo y a una famosa escuela de caballería. Comimos estupendamente en un restaurante troglodita: La Table des Fouées... Aquí probablemente sea necesaria una aclaración... No estuvimos degustando mamut crudo servido por camareros peludos y primitivos vestidos con pieles. Cuando escuché por primera vez que en la región del Loira había muchos asentamientos trogloditas que se habían convertido en hoteles, casas rurales y restaurantes, lo primero que me vino a la cabeza fueron los humanos prehistóricos; sin embargo, si tiramos de RAE, troglodita quiere decir "que habita en cavernas". Estos trogloditas en concreto eran homo sapiens hechos y derechos que comenzaron a habitar en cuevas -o a excavarlas- utilizando técnicas de arquitectura y aclimatación más o menos modernas, no se sabe muy bien cuando, pero creo que no más allá de los últimos mil años o así... Algunas de estas cavernas eran simplemente minas, que luego se usaron para cultivar champiñones (muy típicos por la zona) y más tarde se convirtieron en bodegas, como era el caso del restaurante en cuestión... Bueno, no vimos pinturas rupestres ni comimos carne cruda, pero fue una experiencia muy buena...

Restaurante troglodita La Table des Fouées.
Por la tarde continuamos un rato más en Saumur para visitar su precioso castillo. La fortaleza actual, de estilo gótico, se construyo en el siglo XII, sobre los restos de un baluarte del siglo X, y ofrece una interesante visita y unas magníficas vistas del río y la ciudad.

Castillo de Saumur.
Vista de Saumur.
En el camino de vuelta nos detuvimos en Montreuil-Bellay para echar un vistazo a otro hermoso castillo. Y para acabar la jornada dimos una vuelta por otra pequeña población, Doué-la-Fontaine, donde prácticamente nos colamos en una boda para visitar su Arena (un antiguo anfiteatro excavado en la roca) y las cuevas trogloditas aledañas, que están en la propiedad privada de un restaurante o algo así.

Montreuil-Bellay.
Cueva troglodita en Doué-la-Fontaine.
El domingo (día 21) tocaba acercarse a la costa así que nos fuimos a la isla de Noirmoutier. Esta isla está unida al continente por un puente desde los años 70 y, lo que es más interesante, por una calzada sumergible -de unos cuatro kilómetros- desde el siglo XVIII. Adivinad por donde cruzamos nosotros...

La calzada se inunda con las mareas altas y ha habido casos de ahogamientos y gente que ha perdido sus coches. La cosa es como sigue: cuando baja la marea, en las marismas, junto a la carretera, es posible recoger una buena cantidad de ostras, mejillones y otros mariscos, así que este es un hobby muy extendido por la zona. Es curioso ver los coches aparcados a los lados del camino, en la zona que poco antes estaba inundada por el agua; y la gente con sus cubos y redes a la caza de la cena.... Claro que cuando estás mariscando el tiempo pasa volando y un despiste lo tiene cualquiera... Es por eso que desde hace tiempo hay un indicador de las horas de las mareas antes de acceder a la zona inundable. También hay torres de salvamento a lo largo del recorrido por si el agua te pilla por sorpresa. Eso sí, ve llamando al seguro del coche para ver si la idiotez te la cubre tu póliza (:P)... En cualquier caso nosotros no paramos, y aunque íbamos sobrados de tiempo cruzamos todo lo ligerito que nos permitía el tráfico.

Indicador de mareas de camino a Noirmoutier.
Torre de salvamento en calzada inundable. Noirmoutier.
En la isla hay varias localidades que prácticamente tocan unas con otras, así que, una vez en la isla, estuvimos dando un agradable paseo por L'Herbaudière y su bonito puerto deportivo. Más tarde comimos de picnic en una playa de L'Grand-Vieil. Y finalmente tomamos unos cafés y unos helados en el puerto de Noirmoutier-en-l'Île.

Hasta el momento nos habíamos estado moviendo con nuestros amigos, pero llegó el lunes (día 22) y sus vacaciones tocaron a su fin. Decidimos acercarnos a un pueblo cercano, Tiffauges. Esta es una pequeña villa que a penas llegará a 2000 habitantes, pero tiene un castillo que, si bien conoció épocas mejores, cuenta con varios atractivos interesantes: una zona de juegos medievales para peques y mayores, tiro con arco o ballesta, recreaciones de entrenamientos de caballeros y justas, un pequeño cine en 3D... Y una inquietante historia, la de Gilles de Rais, un noble y presunto psicopata francés del siglo XV (que al parecer lucho junto a Juana de Arco en la guerra de los Cien Años) y que inspiró al escritor Charles Perrault en su cuento "Barba Azul". Ni la historia ni el cuento tienen desperdicio...

Representación de una justa. Tiffauges.
Por la tarde decidimos quedarnos en casa, descansando y disfrutando de la piscina. Al día siguiente nos esperaba un largo viaje en bus. Destino París.

El día 23, por la mañana temprano, nuestra amiga nos acercó hasta Nantes, donde cogimos un autobús hacia la capital francesa. El viaje fue largo, pero el bus era confortable y no se hizo excesivamente pesado. Llegamos a la estación a muy buena hora, tomamos el metro sin mayores complicaciones, y antes de las dos y media de la tarde estabamos en nuestro alojamiento: un pequeño y agradable apartamento en el centro de París... Y cuando digo centro quiero decir CENTRO; estábamos a cinco minutos del río Sena, en la orilla norte y a diez minutos de la Catedral de Notre Dame (cruzando por el Pont d'Arcole). Así que por la tarde, después de comer algo en un Pizza Hut -en la Rue des Innocents-, comenzamos a caminar.

París es una ciudad espectacular. Dos días -que es lo que estuvimos- es absolutamente insuficiente, así que intentamos optimizar nuestro tiempo (a costa de un pequeño esfuerzo de nuestros bolsillos) para obtener una visión de conjunto, y de paso no darle una palizón a nuesta hija. Además tuvimos algo de mala suerte en la climatología; los días que hemos estado en París hemos sufrido temperaturas de 36 o 37 grados (cuando lo habitual en esta época son unos 25º), así que ha hecho calor (mucho). Por tanto, buscando huir del calor y aprovechar las horas al máximo, decidimos que teníamos que hacer, al menos, un crucero por el Sena, y coger uno de esos autobuses Hop On Hop Off  que tan tradicionales son ya en nuestros viajes... Y como de costumbre fue un acierto.

Notre Dame. París
El mismo 23 por la tarde hicimos nuestro crucero fluvial. Tras dar un paseo por los alrededores de nuestra zona, estuvimos en la Isla de la Ciudad, donde está la Catedral de Notre Dame. Junto a uno de los puentes cercanos compramos los tickets para el último barco de la tarde, y disfrutamos de un relajante viaje, adornado por unas vistas fantásticas, incluida la iluminación de la torre Eiffel, que fue el momentazo estrella del día. Tras un corto paseo, cuando ya había anochecido, compramos algunas cosas en un pequeño comercio y tomamos una ligera cena en el apartamento.

Torre Eiffel. París.
Vista desde el Sena. París.
Al día siguiente (miércoles 24) nos levantamos relativamente temprano y tras desayunar sin prisas nos fuimos en busca del mentado bus turístico. Lo cogimos cerca del Pont des Arts, junto al Louvre. Aunque podíamos subir y bajar tantas veces como quisieramos a lo largo del día, decidimos primero hacer un tour completo, y más tarde, en una segunda vuelta, ir deteniéndonos en los sitios más interesantes. La compañía de buses cuenta con dos rutas: la clásica, de color rojo, y la de Montmartre, de color azul, que se aleja un poco de los circuitos convencionales hacia el norte de la ciudad. La clásica -que es la que hicimos primero- tiene un recorrido de casi dos horas y media por todos los lugares más emblemáticos de la ciudad. Después del paseazo nos bajamos en el Louvre y allí, buscando la sombra y remojando los pies junto a la pirámide de cristal, almorzamos estupendamente unos bocadillos.

Museo del Louvre. París.
Tras el merecido descanso, cogimos de nuevo la línea roja en dirección Plaza de la Concordia; recorrimos por segunda vez los Campos Elíseos y nos bajamos en el Arco del Triunfo para admirar de cerca la mole de 50 metros de altura. Luego volvimos al bus y nos bajamos unos minutos más tarde a los pies de la Torre Eiffel para sentirnos como unos pequeñajos bajo los 324 metros de hierro de esta abrumadora obra de ingeniería.

Arco del Triunfo. París.
Torre Eiffel. París
Ya para terminar y hacer la jugada completa (y rentabilizar al máximo nuestra inversión) nos hicimos el circuito de hora y pico que ofrecía la línea azul. Así pudimos echar un vistazo -muy de pasada- a los barrios del norte, los más bohemios de París según dicen. Estaba bien entrada la tarde y estabamos bastante cansados, así que en este recorrido no hicimos ninguna parada. Por desgracia no pudimos subir a la colina Montmartre, donde está la bonita basílica del Sacré Coeur; ni pasear por el Barrio Rojo, para ver de cerca el famoso Moulin Rouge -que vimos desde el autobús-... Aunque bien pensado, el Barrio Rojo está lleno de salas de striptease, prostíbulos y sex shops (con enormes escaparates), así que igual nos ahorramos un buen número de preguntas complicadas por parte de Olga...

Moulin Rouge. París.
Aunque el día había sido largo y el cansancio ya hacía mella, teníamos una promesa que cumplir a Olga: Cerca del Museo del Louvre hay un gran parque, los Jardines de Tuileries, donde había montada una feria que pudimos ver desde el autobús. Cuando la niña la vió por primera vez, por la mañana, nos preguntó si podíamos ir un ratito; le prometimos que si se portaba bien iríamos por la tarde... Y vaya si se portó bien. En realidad casi siempre lo hace, pero en esta ocasión, con la paliza de día que llevábamos, no había protestado ni se había quejado por nada, y se había portado como una campeona, aguantándonos el ritmo a su madre y a mí, pese al trajín y al calor. Así que nos acercamos a la feria y estuvimos por allí un buen rato. La peque se pudo montar en varias atracciones y más tarde, después de un breve paseo por los jardines cuando ya caía el Sol, nos fuimos caminando tranquilamente para el apartamento, disfrutando de los alagos de nuestra hija, para la que en aquel momento éramos los mejores padres de la galaxia...

El día 25 nos marchábamos de París, pero nuestro bus no salía hasta por la tarde. Como teníamos que dejar el apartamente a las doce y media y, tras desayunar tranquilamente y preparar nuestro equipaje, aún nos quedaban más de dos horas hasta ese momento, nos fuimos a dar un paseo por los alrededores y a comprar algunos recuerdos.

Llegamos a la estación de Bercy muy temprano (demasiado). La verdad es que no ajustamos muy bien los tiempos entre dejar el apartamento y la hora de salida del autobús, así que las últimas horas en la capital se hicieron un poco largas y en cierto modo poco provechosas... Pero bueno, comimos en plan picnic en el Parc de Bercy -rodeados por nuestros bolsos y mochilas- y más tarde tomamos un lago café junto a la estación, hasta que por fin subimos a nuestro bus de vuelta a Nantes donde, horas más tarde, nuestra amiga nos recogería para llevarnos a su casa en Les Landes-Genusson.

El día 26 (el día antes de nuestro regreso a España) resultó ser un poco decepcionante. Resulta que nuestro coche -por no variar- decidió darnos un pequeño disgusto que evitó que nos pudieramos mover práctimente en todo el día. Por alguna razón (que aún no hemos averiguado) la batería se había quedado seca después de tres o cuatro días sin arrancarlo. Por la tarde pudimos ponerlo en marcha con las pinzas y la batería de uno de los coches de nuestros amigos. Así pues la jornada se limitó a que Olga disfrutara un poco más de la piscina -mientras yo maldecía en arameo-, a movernos por los alrededores con el coche para cargar la batería y a ir a un supermercado a comprar provisiones para el viaje de vuelta (y mis propias pinzas de batería... por si acaso).

El sábado 27 nos levantamos temprano, ligeramente acojonados por si el coche no arrancaba, pero arrancó a la primera y pudimos emprender la vuelta. La primera etapa del viaje, hasta Vitoria, transcurrió sin problemas. Llegamos por la tarde temprano, así que aprovechamos para pasear, comprar algunas cosas y cenar relajadamente en un centro comercial. El domingo nos levantamos sin prisas (el apartamento donde hicimos noche era muy agradable) y, después de desayunar, iniciamos la segunda etapa de nuestra particular operación retorno, que acabó felizmente unas horas más tarde en nuestro hogar.

lunes, 4 de julio de 2016

El SUP3IA ya es un cuarentón

Finalmente ha llegado; ya está aquí la crisis de los cuarenta... Hoy 4 de julio de 2016 he pasado, con más pena que gloria, de "ñero" a "tón", o como me gusta decir a mí, he cambiado de prefijo...

¿Por qué más pena que gloria?, bueno, por algún extraño error de cálculo (o porque soy tonto del ciruelo) resulta que después de una semana de vacaciones me he incorporado al trabajo precisamente en tan señalado y dramático día. Así que me he pasado la mañana de mi 40 cumpleaños mirando la pantalla de un ordenador y lidiando con consultas en SQL mientras se precipita sobre mi la angustiosa certeza de la senectud... Vale, vale, no es para tanto, pero tendréis que reconocer que no es la mejor manera de celebrar un cumpleaños: levantarse a las 6 de la mañana, tomarse un café recalentado, salir zumbando para Mordor y pasar siete horas y media sentado en una sala mal ventilada -y de aromas cuanto menos reprobables-, frente a un monitor...

Nunca me ha afectado en exceso el hecho de cumplir años. Todos esos quebraderos de cabeza que dicen que llegan con la cuarentena, como cuestionarse el sentido de la existencia, replantearse la trayectoria personal y profesional, preocuparse por los abdominales (o la ausencia de ellos)... etc, son cuestiones que llevan revoloteando por mi vida desde hace más de una década, así que no me afectan más que antes de cumplir las cuatro décadas. Por lo demás -en las cuestiones más banales- creo que la crisis de los 40 está sobrevalorada. Más bien me parece un pretexto para justificar las cosas que algunos llevan queriendo hacer desde los 20: aprender a tocar la guitarra, comprarse una moto, tirarse en paracaídas o incluso echar un polvete extramarital con una desconocida... Parece que si dices que es por la crisis de los 40 la gente se muestra más permisiva...

Sin embargo hay que reconocer que la culpa no es sólo de los hombres maduritos a los que los años nos caen encima de improviso. A poco que veamos un rato la tele "sabremos" que después de los 40 el colesterol ya no lo paras sólo con dieta equilibrada y ejercicio, tus erecciones ya no son tan vigorosas y duraderas, los abdominales desaparecen para siempre, y tu corazón, tu colon y tu prostata se convierten de la noche a la mañana en tus peores enemigos... Que no digo yo que no, que es verdad que hay que cuidarse y no tomar los temas de salud a broma, pero parece que si al día siguiente de cumplir los 40 tacos no sales echando leches a hacerte un reconocimiento médico, electro y colonoscopia incluidos, estás perdido...

Luego están esas fiestas. Tu familia o tus amigos te organizan un fiestón a lo bestia, consiguen reunir a cien personas (algunas de las cuales no veías desde hacía quince años), mucho alcohol, comida, regalos caros y un vídeo con musiquita nostálgica... Lo respeto mucho, pero he vivido alguna y le pedí a mi mujer que por favor no me preparara nada parecido; no por nada, es que no me gusta ser el centro de atención hasta esos extremos y claro, también soy un tipo un poco asocial. Además difícilmente consigo quedar de vez en cuando con un par de amigos a cenar, así que si cien personas hicieran el esfuerzo de reunirse en mi honor para agasajarme me daría mal rollo, como si dijeran "pobre, vamos a hacer algo que merezca la pena antes de que se vaya al hoyo"... Ojo, no me malinterpretéis, siempre me ha gustado reunirme con mi familia y amigos en mi cumpleaños; comer, beber y poner música; pero en los últimos años la cosa ha ido bastante en declive, así que prefiero evitar artificios porque este año sean 40, y no 39 o 41...

Otra, no menos culpable, es la sintaxis. El cambio de treintañero a cuarentón es una auténtica putada sintáctica -además de fonética-. Sólo hay que escuchar como suena cada palabra. Treintañero suena juvenil, musical, vigoroso... Cuarentón es como... "estás perdido chaval, y te digo lo de chaval por hacertelo más llevadero"... ¿Cuál sería el problema de usar cuarentañero? no veo que suene mal, ni resulta impronunciable, el sufijo le va igual de bien a treinta que a cuarenta. He buscado cuarentañero en la RAE, no existe. Y si buscas un sinónimo más amable para cuarentón te aparece cuadragenario... No sé que es peor, con ese adjetivo sólo puedo imaginarme dentro de la vitrina de un museo, entre un homo erectus y un homo antecessor...

En fin, que cuarenta años no son nada, sobre todo cuando uno está tan lozano como el que suscribe. Además no falta quien me suba el ánimo, hoy mi peque me ha dicho que parezco muchísimo más joven, "como de 38 o 39..."; así que de crisis nada..., al menos no más de lo habitual.

sábado, 2 de julio de 2016

Granada

Acabamos de agotar nuestra primera semana de vacaciones veraniegas. Ha sido un periodo lamentablemente efímero que hemos aprovechado, sólo en parte, con una breve escapada a otra preciosa ciudad andaluza: Granada.

Aprovechando la oferta de una amiga que nos ha ofrecido su casa estuvimos en la capital nazarí desde el viernes 24 al lunes 27, aunque los días de máximo aprovechamiento han sido el sábado y el domingo, ya que el viernes llegamos algo tarde y sólo tuvimos tiempo de soltar el equipaje y pegarnos un pequeño homenaje de cervezas con sus generosas tapas, y el lunes salimos bastante temprano de Granada porque queríamos bajar a la playa antes de emprender el viaje de vuelta a casa.

El sábado fue un día caluroso, pero pudimos patear bastante por la ciudad. Como íbamos con la peque cogimos los tickets para el día completo en un tren turístico. Éste tenía numerosas paradas por los lugares más emblemáticos de la ciudad, pasaba frecuentemente y podíamos subir y bajar tantas veces como quisiéramos; así que pudimos recorrer todos los lugares de interés, pero ahorrándonos la penitencia del considerable calor y las calles escarpadas.

Debido al caracter algo improvisado de este viaje, ni siquiera teníamos entradas para La Alhambra; y puesto que en las ventas online y telefónica estaban agotadas desde hacía por lo menos un mes, mis esperanzas de ver el monumento estaban puestas en que por las mañanas, antes de la apertura, siempre se pone a la venta un número límitado de tickets en taquilla. El problema era que había que estar allí antes de las 7am si quería tener alguna oportunidad, así que no las tenía todas conmigo... Sin embargo, en la oficina de turismo, una señorita muy amable nos dijo que estuvieramos atentos esa tarde a la web de Ticket Master, porque en ocasiones sacaban a la venta un lote de entradas que se agotaban enseguida. Cris se tomo la recomendación muy en serio, y después de comer empezó a comprobar la web cada quince minutos; y he ahí que a media tarde, mientras caminábamos junto al río Darro por el Paseo de los Tristes, pudimos comprar nuestros pases para el segundo monumento más visitado de Europa.


El domingo hizo bastante calor, aunque no tanto como para hacer mella en nuestro ánimo, así que pasamos un día muy agradable en La Alhambra. No había demasiada gente y pudimos disfrutar con tranquilidad y sin aglomeraciones prácticamente de todo el complejo palatino andalusí: los Palacios Nazaríes, la Alcazaba, el Generalife, los jardines, las magníficas vistas...


Por la noche nuestra amiga nos llevó a cenar a un restaurante-cervecería, el Bajo de Guía, donde repusimos nuestros electrolitos a golpe de birra, tomamos unas tapas espectaculares (especial mención merece una tapa de atún rojo, que hubiera pasado por una ración de las caras en muchos sitios...) y disfrutamos de la mejor fritura de pescado que yo recuerdo...

El lunes por la mañana nos despedimos de Granada capital, pero permanecimos un poco más en la provincia, pues bajamos a un pequeño pueblo en la costa, La Herradura, donde comimos a pie de playa y nos refrescamos en unas aguas cristalinas. Con esto dimos por terminada la breve escapada, ahora sólo quedaba una pequeña paliza de coche -de cinco horas y pico- para volver a casa.

sábado, 4 de junio de 2016

Sevilla

A las puertas del verano de 2016 nos ha parecido una buena idea despedir el mes de mayo con una pequeña escapada. Lo cierto es que es algo que llevamos preparando desde hace un par de meses (al contrario que cualquier otra plan para próximas fechas estivales...). El pasado fin de semana (último de mayo) hemos estado en Sevilla con algunos de nuestros habituales compañeros de viaje y sus hijos.

El viernes, por la mañana temprano, salimos camino de la capital hispalense. Cerca del mediodía llegábamos a la Cartuja, donde habíamos decidido pasar el día en Isla Mágica. No nos andamos con tonterías y fuimos directamente al parque de atracciones..., ya iríamos al hotel cuando estuviéramos derrotados al final de la jornada...

Pasamos un día magnífico con los peques, y si bien Isla Mágica no es un parque de atracciones de los más grandes, hay que decir en su favor que está bien acondicionado y la oferta de entretenimiento para los pequeños (al menos con las edades de los nuestros) es amplia. Los niños pudieron montarse en todo lo que quisieron, y aunque en algunas atracciones debían ir acompañados, en otras iban y venían con total autonomía. Si a eso le sumamos que no había demasiada gente y que las colas eran más bien escasas, el resultado es que en algunos cacharros repitieron una docena de veces, mientras los adultos comíamos o tomábamos un café relativamente tranquilos.

No fue hasta última hora de la tarde cuando nos fuimos en busca de nuestro hotel, el céntrico y agradable Novotel Marqués de Nervión. Ya en nuestro alojamiento, nos pegamos una ducha reparadora y cenamos en un restaurante cercano: El Aguador. Después de unas ricas viandas nos arrastramos como pudimos hasta nuestras camas para poder morir hasta la mañana siguiente.

El sábado nos levantamos sin prisas y desayunamos relajadamente en el hotel. El día había amanecido lluvioso, y poco después de salir a la calle tuvimos que refugiarnos en una cafetería, donde aguantamos estoicamente un par de chaparrones. Cuando el tiempo mejoró -sólo durante un rato- cogimos el metro y nos fuimos a disfrutar del centro sevillano. Hacía la hora de comer la lluvia volvió a ser notable; afortunadamente (casi de milagro diría yo...) conseguimos mesa en un restaurante que nos habían recomendado, el Pintón, así que hicimos un pausado y agradable avituallamiento.


Por la tarde, habíamos prometido a los niños montar en coche de caballos, así que después de un pequeño paseo alquilamos un par de calesas y disfrutamos de un agradable circuito por Sevilla a la manera más tradicional. Después de los coches de caballos todavía pateamos un buen rato las calles de la ciudad; pero al final, después de unas cuantas carreras, juegos y saltos por la magnífica Plaza de España, los peques llegaron a su límite y volvimos a las inmediaciones del hotel, donde después de cenar algo en una tapería cercana, nos tomamos nuestro merecido descanso nocturno.


El domingo amaneció apacible y despejado, y como no teníamos que dejar el hotel hasta por la tarde, desayunamos tranquilamente para luego volver al centro en metro. Dimos un largo paseo por la rivera del Guadalquivir y finalmente cruzamos el río hacia el barrio de Triana.

Comimos temprano (para evitar las aglomeraciones) en un pequeño restaurante "de los de toda la vida", Las Golondrinas. Tras otro buen paseo, cruzamos el río de vuelta; y después de cafés y helados junto al metro de Puerta de Jerez, volvimos al hotel a por nuestros equipajes y coches, y emprendimos el viaje de vuelta a Cáceres.

Siempre que hemos estado en Sevilla ha sido de paso (la estancia en la Expo hace... ¡ARG!¡Hace casi 24 años!... no cuenta...). Tengo que reconocer que siempre me ha dado un poco de pereza, pero después de la breve y agradable escapada he de decir que he sido muy injusto con esta joya andaluza.